David Quitano Díaz
28 de abril de 2017
Liderazgo, no es lo mismo que dominio
Josep S. Nye, Jr

La teoría moderna del comercio exterior, nos muestra que es un error pensar que es malo el déficit comercial, y que con borrarlo automáticamente se crearían empleos.

Durante la campaña presidencial, Donald Trump consideraba que aislarse y emprender una política proteccionista, eran los mecanismos justos y perfectos, para recobrar la grandeza de su país, a pesar de que la ciencia e historia económica desacreditan esas ideas.

Sobre todo, ahora que el comercio internacional no es un juego de suma cero, donde hay déficits “malos” y superávits “buenos”.

La realidad es contraria a estas ideas simplistas. Las naciones no comercian entre ellas, lo hacen sus habitantes. Unos, por un lado, si les interesa a los del otros, le entran por otro lado. Esas elecciones, comprar algo importado o vender en el exterior, se llevan a cabo, solo si ambas partes en la transacción la consideran que será benéfica.

Sobre todo, cuando el déficit comercial con México de EU no es resultado del libre comercio, es la casa que construimos, basada en la movilidad social y la diversificación del consumo del estadounidense, que racionalmente invierte o consume lo producido en México; por cierto, EU tiene un déficit mayor con Asia y Europa con quienes no tiene tratado.

Cabe destacar que, por ejemplo, en 2015, el comercio bilateral entre México y Estados Unidos superó los 532 mil millones de dólares. El intercambio comercial entre México y Estados Unidos en 2015 fue mayor a la suma del comercio de Estados Unidos con Japón, Alemania y Corea del Sur ($483 MMDD) en ese mismo año. En ese periodo, México compró 1.2 veces el valor de las exportaciones estadounidenses a Francia, Alemania, Japón y Reino Unido en conjunto ($198 mil MMDD).

Estados Unidos se ha consolidado como el primer socio comercial de México (concentra el 64% del comercio total y el 80% de sus exportaciones).

México es el tercer socio comercial de Estados Unidos (14% del comercio total), luego de China (16%) y Canadá (15.4%). Las exportaciones a México son mayores que las que realizan ese país a China y Japón en conjunto. Nuestro país, es el primero, segundo o tercer mercado de 30 de los 50 estados de Estados Unidos.

Sin embargo, pese a la aguda relación económica con Estados Unidos, México atraviesa tiempos sobre los que se descargan las contradicciones de una transición marcada por el desgaste y el bajo perfil de la discusión de su nuevo mandatario.

Cabe destacar que justo el 26 de abril de 2017, Trump no agrietó la casa, dijo que había que renegociar el TLCAN. Por lo que quiero destacar, que llega en buen tiempo, ya que permitirá calibrar este tratado trilateral con respecto a las necedades del país en un contexto internacional mixto.

Y que, además, nos abre espacios, para que la renegociación que toque aspectos con los cuales podamos realizar todo lo que nos faltó, y de esa manera aprovechar verdaderamente la integración Norteamericana.

Para lo anterior, es necesario como menciona Joseph S. Nye, Jr, (profesor de la Harvard School of Government), que las élites políticas que quieren apoyar el proceso de globalización y la economía abierta, presten más atención a la desigualdad económica, ayudar a los afectados por los cambios y estimular un crecimiento económico de base amplia.

Ya que, de seguir las ideologías propagadas en forma encendida, acabarían por incinerar a México, un país balcanizado, mermado, con una nula carta de navegación, que nos dé rumbo.

En este marco, la elección y la renegociación del tratado por parte de México, parece condensar los sufrimientos del trayecto de nuestro país a la democracia, ya que exhibe los sinsabores de la apatía y la desconfianza que nuestro largo viaje democrático ha generado.

El solo hecho de que se dijera ¡sí!, a la renegociación, es una ventaja de oportunidad. Hay que hacerla nuestra, y en función de la misma, impulsar una política nacional de fomento económico con miras al exterior.