Fue bastante elocuente la secuencia de fotografías que muestran a Javier Duarte de Ochoa esbozando una sonrisa inmediatamente después de ser detenido por la policía guatemalteca; no pocos la interpretan de burlona atribuyéndole una hipotética seguridad de librarse de la embarazosa situación en que se encuentra. Pero no hace falta pertenecer al colegio de siquiatría o ser especialista de la conducta humana para deducir que el origen de esa sonrisa expresa un nerviosismo incontrolable; y cómo no si es un hombre a punto de perder a su familia, de ingresar a un reclusorio en el que permanecerá por muchos años, después haberle provocado a sus hijos un daño moral incuestionable. Salvo que padezca una severa patología psicológica, la sonrisa de Duarte no pudo ser de felicidad.