No pocos mexicanos y uno que otro xalapeño padecen insomnio por temor a una conflagración mundial que de suscitarse terminaría con la vida en este planeta, tal como ahora la conocemos. Sin descartar que todo es posible, no está de más recordar la perversidad con la que se conducen los gobernantes de las grandes potencias y la muestra más explícita la encontramos en las guerras contra Sadam  Hussein (en 1991, con aquella llamada “tormenta del desierto”, y en 2003 la “guerra relámpago”); o contra Yasser Arafat y de igual manera como terminaron con Gadafi el gobernante Libio. ¿Quién podría asegurarnos que la bomba en Afganistán no oculta la estrategia de distraer la atención sobre las presuntas relaciones entre Putin, de Rusia y Trump, de los Estados Unidos, ahora que se investiga ese asunto? Ni Corea del Norte, ni China, ni Rusia, ni mucho menos Estados Unidos, padecen locura extrema para acercarse al precipicio. Quien debe poner sus barbas a remojar es el presidente Sirio, ya le echaron el ojo.