Son muchas las culpas de Javier Duarte de Ochoa, desde las de carácter político, social y económicas hasta las preñadas de delincuencia malhechora. En primer término, es culpable de dejar a su estado natal en bancarrota, con acentuados retrasos sociales porque pudiendo hacerlo jamás puso atención en resolverlos, o al menos disminuir su impacto; políticamente porque traicionó a su partido, el que sirvió como trampolín e inmerecidamente lo encumbró. Por estos ya lo ha juzgado la sociedad calificándolo de pésimo gobernador. Pero la justicia lo juzgará por peculado, por desapariciones forzadas, por haber convertido a Veracruz en un “fosario”; por haberle robado a los enfermos la atención de salud que merecían; los abogados de su defensa ganarán buen dinero por una causa perdida porque Duarte es indefendible.