Siguiendo el cartabón establecido por la costumbre, Duarte de Ochoa alegará su presunta inocencia y quizá prosiga en su reiterada afirmación sobre las tres propiedades registradas en su declaración, audazmente repetida en la 3de3. Al margen de su capacidad histriónica, lo único cierto es que la sociedad veracruzana y la opinión pública nacional, y hasta la internacional, ya emitieron su veredicto al calificarlo como el más corrupto de México, un baldón nada envidiable para quien tuvo la oportunidad de servirle a los veracruzanos y la desperdició lastimosamente. Hace seis años, Duarte de Ochoa cubrió los desmanes de su antecesor cumpliendo a la perfección los motivos por los que fue escogido para esa tarea, y sin atributos para el servicio público ni capacidad de operación política sus actos de desmesurada avaricia lo condujeron al sitio en que ahora se encuentra. Los méritos de su detención son para la PGR, que operó la persecución, de la Auditoría Superior de la Federación, que anticipó la corrupción de la elite política de Veracruz y, por supuesto, del gobernador Yunes Linares, quien exhibió con datos duros el acrecido patrimonio del duartismo.