Marcelo Ramírez Ramírez

El juicio de Jesús fue un intenso drama religioso con trasfondo político, cuyo epílogo en el Gólgota, fue a la vez el inicio de un nuevo ciclo histórico de la humanidad. En Jerusalén, turbulento rincón del imperio romano, la historia se partió en dos; la cruz, símbolo infamante en el que se castigaba a los peores criminales, se trasforma en símbolo de redención, de la trascendencia divina, de una justicia por primera vez anunciada a los hombres, que contradecía y sigue contradiciendo la idea antigua de justicia como compensación material por el daño recibido y como venganza. La justicia cambia cualitativamente: postula un ideal inalcanzable: amarse los unos a los otros y, lo más objetable para los egoístas que somos la inmensa mayoría de los hombres, incomprensible.

Cualquiera ama a su familia, ayuda a los amigos y coopera con los socios; lo que no se entiende es considerar hermanos a los desconocidos y perdonar a quienes nos ofenden. Esto contraviene el instinto de autodefensa que gobierna la vida. Si bien el ideal es por esencia algo lejano y nuestras fuerzas nunca son suficientes para alcanzarlo, perseguirlo es válido, pues cada paso hacia él da sentido a lo que hacemos; no andamos sin rumbo por la vida como suele decirse. Ese camino da testimonio de logros más o menos importantes en la persecución de riqueza material, reconocimiento y poder, que son las pasiones que gobiernan a los humanos. Dejo de lado el amor, porque rige estratos más profundos de nuestro ser e incide –o puede incidir- en nuestra vida, orientándola hacia objetivos de supremo desinterés, en una dimensión también más profunda de la existencia.

Entonces, si tomamos en consideración la condición humana “normal”, resulta incomprensible, por absurdo, el ideal que nos exige la renuncia de nuestros deseos más imperiosos, como lo hace la doctrina de Cristo. Ese llamado que contraría la tendencia natural de los hombres al egoísmo, la vanidad, la venganza, la supremacía y el deleite en los goces materiales, les pareció irreal y sedicioso a los guardianes del orden, configurado por elementos políticos y religiosos íntimamente entreverados. Más todavía, porque quien lo expresaba, lo hacía ¡en nombre de Dios mismo!; hablando con autoridad según afirmarán después los Evangelios. La misma impresión causará el mensaje evangélico al mundo pagano y no se diga a los miembros de la clase intelectual formada en las distintas escuelas filosóficas opuestas entre sí, pero deudoras todas ellas del racionalismo griego. ¿Cómo concebir un Dios creador del mundo, si de la nada no puede provenir nada según la inflexible lógica parmenidea respetada por la cosmología? Esto en lo relativo al origen del mundo; en cuanto a la ley moral, ya se ha dicho, el mal ha de castigarse de acuerdo a una regla de proporción y no hay más; esta ley puede conocer atenuantes, incluso favores o complicidad del que manda, pero no conoce la caridad, ni busca la salvación del culpable.

Esta incomprensibilidad absoluta de la justicia que pretende instaurar Jesús es el tema de Pär Lagerkvist (1891-1974) en su intrigante libro Barrabás, obra de fácil lectura y difícil comprensión, lo cual prueba una de las mayores cualidades del nobel de literatura en 1951, capaz de unir hondura y claridad.

De Barrabás, personaje legendario del drama cristiano se sabe muy poco, casi nada. Tal vez era un zelota, un patriota exaltado enemigo del dominio romano, considerado, en la óptica del poder establecido, simplemente un criminal fuera de la ley. Dedicado a sobrevivir, su mundo se reduce a la violencia. En la reconstrucción literaria de su vida, Lagerkvist lo imagina un hombre sin fe, entregado a los instintos, para quien la libertad de acción es lo más importante: libertad del animal que odia y teme la soga y el látigo. Libertad para respirar, comer, dormir, satisfacer los apetitos del cuerpo. Se trata de las aspiraciones de la vida en su nivel más bajo; por ello son en Barrabás aspiraciones poderosas. Este es el hombre para quien la muchedumbre, manipulada por los sacerdotes, pide a gritos la gracia del indulto que concede la ley judía en la fiesta de la Pascua. La elección del criminal puede parecer grotesca, y muy acorde con la farsa del juicio, pero esta apreciación es superficial, pues lo realmente importante es el hecho de que estamos ante un designio establecido desde el principio de los tiempos o, con mayor rigor, desde la eternidad. Por tanto, Jesús quiere ser crucificado para cumplir la voluntad del Padre. La crucifixión será el momento culminante del drama de la salvación y es, por tanto, necesaria e inevitable. El cambio de Jesús por Barrabás no es fortuito, es simbólico: Cristo toma su lugar y muere por él y por todos los hombres, aunque el Barrabás de Lagerkvist no lo comprende ni lo comprenderá nunca. En todo caso, si murió por alguien, piensa Barrabás, murió por él al tomar su lugar. Barrabás es un ser maldito; es el producto de la violación de una mujer por un hombre brutal. Ya en el vientre de la madre, sintió el rechazo; será siempre un rechazado, un solitario. Producto del odio, de la violencia, queda condenado a ignorar el amor. A su mundo oscuro no llega la luz de la inteligencia para ver las verdades más profundas; tampoco su corazón conoce los sentimientos de la solidaridad humana. Cuando trata a Pedro, el apóstol, y recibe del discípulo de Cristo el mensaje salvador, no ve sino simplicidad y estulticia en ese judío robusto de mirada ingenua. Barrabás es también ignorante, pero tiene la experiencia de la vida y sabe que sólo los fuertes triunfan. No entiende a ese Mesías del que le hablan; él espera, como tantos, al Mesías guerrero que humillará a los enemigos de Israel; que cumplirá la promesa hecha al pueblo de Abraham restableciendo la gloria de los tiempos de Salomón. No hay otra manera de entender el poder: si el poder no es fuerza para vencer a los enemigos, no es nada. ¿Qué clase de Dios es ese que nos manda amar a los semejantes, cuidar a los desvalidos y enfermos, defender a las viudas? ¡La economía del mundo descansa en última instancia en la fuerza y todo orden no obedece más principio que la fuerza!

En diversos momentos del relato, Pär Lagerkvist hace notar un rasgo anatómico de Barrabás: tiene los ojos demasiado hundidos y pequeños; la mirada se pierde en el rostro inexpresivo, afeado por una cuchillada. Un hombre así no revela interioridad. Acosado por las dudas, cavila obsesivamente en el hecho de haberse salvado de morir, pero la luz no llega a su conciencia. Barrabás quiere creer, pero no puede. Él conoce la verdad del mundo y ésta es incompatible con la supuesta verdad de la “buena nueva”. La idea del Mesías será para él, hasta el último momento, la del guerrero invencible que pondrá término a la injusticia aquí en el mundo; así, muere en Roma acusado de incendiario, en una cruz que no lo redime. Este Barrabás trágico, ¿Puede considerarse representante de la condición humana? ¿Y la gracia por la que Dios llega al corazón de los hombres, tomando la iniciativa para su salvación? Si Dios lo quiere, los hombres pueden salvarse, pero ni el perdón ni la gracia aparecen en la obra de Pär Lagerkvits; sólo la predestinación trágica de un ser condenado. Tal vez, en otro sentido, el Barrabás de Lagerkvits pueda, más bien, ser la figura representativa de la condición humana en el mundo de nuestros días tras “la muerte de Dios”.