¿Cómo no somos eso que creíamos ser?, a propósito de ¿cómo construir un nuevo ser del hombre?, y la muerte de Freud

Lenin Torres Antonio

Hemos querido juntar mente y cuerpo, pensando que eso era posible, construirles las demandas al cuerpo, construirles sus fines, y pensamos que eso era posible, pero el cuerpo tiene sus propias demandas, su propia lógica, su propio infierno, su propio paraíso, y esto en demasiadas ocasiones son contrapuestas a la prótesis que hemos inventado y que llamamos: “alma”, “sociedad”, “racionalidad”, “civilidad”, “humanidad”, “felicidad”, “verdad”, “bondad”, “Apolo”, entre otros; pasamos desapercibido que ese contubernio entre el cuerpo y la mente no era posible. Incluso experimentamos falsas fórmulas para lograr tal conciliación, falsas esperanza conceptuales, como que era posible una armoniosa relación entre lo público y lo privado, entre Creonte y Antígona, pensando que podríamos incorporar las diferencias sin anularlas, las razones privadas a las razones públicas; pero no, la voz de Antígona nunca fue escuchada, como la voz del cuerpo nunca fue bien interpretada, he ahí el fracaso de nuestra era, una era sorda y muda.
Hemos ocupado mucho tiempo en esa conciliación, en ese contubernio imposible, y la guerra la hemos perdido. Libramos una encarnizada lucha interna y externa, ontogenética y filogenética, y al final los auténticos “señores de la guerra” ha salido victoriosos: pasión, deseo, maldad, muerte, sexo, goce, pasión, Dionisio, Belcebú, Aqueronte, infierno, la nada. Y aun escudriñamos en los libros de nuestros ilustres y difuntos sabios: Platón, Aristóteles, Sócrates, Descartes, Kant, Locke, Rousseau, Hegel, las respuestas a nuestro fracaso; y si es posible seguir insistiendo en esa idea de hombre, mundo y sociedad que hemos defendido a ultranza, aunque a cada rato la realidad pusional del animal llamado “hombre” nos escupa a la cara.
Dejemos de luchar contra nuestra naturaleza, los dique se rompieron, las olas tumultuosas de nuestras pulsiones azotan gran parte de nuestro cuerpo social e individual, vayamos a construirle una nueva teoría al hombre más acorde a su naturaleza, nunca podremos domeñarla, nuestra ingenuidad nos ha atrapado, “despierta alma dormida…Pero no es tarea fácil hacerla despertar. Acurrucada entre acolchados cobertores de dogmas, de consignas, de explicaciones,…amodorrada de ciencia…¡con qué escalofrío saca la punta del pie de su embozo para calibrar la temperatura glacial que reina allí donde la coherencia acaba y los razonamientos más razonables comienzan a enarbolar una sonrisilla demente. Vuelve a tu sopor,… hasta que lo irremediable venga a buscarte y te alcance (mío)” (Savater), y ya nos alcanzó, los tiempos en que la letra entraba con sangre se acabaron, una nueva letra tiene que surgir de las cenizas de nuestra civilización, despertemos, tenemos enfrente el aciago demiurgo.
Pero esta historia no es reciente, puesto que tan pronto hacemos memoria, la historia del hombre ha sido la historia de sus guerras, de sus conflictos, de sus pasiones, de sus muertos, de sus locos héroes. La historia del hombre no es ilustre, es bárbara.
El filósofo alemán Johann Gottfried von Herder nos explicaba en su teoría del lenguaje, que los hombres comenzaron a asignarles sonidos a las cosas para comunicarse, y esos sonidos se convirtieron en palabras, en lenguaje.
Conforme se volvía problemática la vida humana, sus relaciones implicaban más cosas, las palabras se desprendieron de las cosas concretas, y pasaron a referirse a abstracciones con las que estábamos de acuerdo. Y así fuimos elevándonos del piso, hasta construir un mundo totalmente abstracto, hoy totalmente virtual.
La ficción se convirtió en real; y esas palabras cobraron vida, concreción, por eso dolían, alegraban, molestaban, construían, desplegaban nuestra dominio sobre el cuerpo y sobre la tierra. Con la tierra la relación era clara, porque ella no admitía apelación, cuando ha dicho que no, es no, y su autonomía es respetada y temida; pero en cuanto a lo que llamamos “vida en sociedad”, las cosas se complicaron, porque fuimos construyendo esos diques reprimiendo nuestro cuerpo, arrinconando nuestra naturaleza nómada a una gregaria, y la única manera de hacer real la ficción de la sociabilidad y la racionalidad era construirle una consciencia que le dictara esos parámetros conceptuales, un acuerdo a fuerza que le hiciera recordar y así respetar la palabra empeñada, pero a través de un terrible proceso de dolor y sufrimiento, la letra comenzó a entrar en nuestra memoria a sangre. El paraíso se pospuso a un tiempo posterior.
Pero las demandas del cuerpo, de nuestras pulsiones agresivas, sexuales, y egoístas, siempre han tenido otros planes; si bien es cierto, nos han hecho creer que obedecían con docilidad los dictados de nuestra razón, la verdad es que siempre han estado pertrechados esperando alcanzar sus metas. Por mucho tiempo ha venido funcionado esa realidad humana de racionalidad y sociabilidad, aunque la historia nos cuenta que ha sido a expensas de mucho sufrimiento y muertos.
En el pasado mes, específicamente el 23 de septiembre del año 1939 murió Sigmund Freud, el sabio que hizo de la Viena una isla en un continente, justo antes la segunda guerra, acontecimiento que abonaría a probar que las conclusiones de su teoría del inconsciente era reales, y sumamente peligrosas para la casta que nos ha vendido ese paraíso por-venir a cuenta de sacrificar nuestra felicidad, y así continuar el proceso de explotación de la mayoría de los seres vivientes de este planeta, usando un campaña milenaria del terror; con consignas, ¡tienes que sacrificar tu libertad a cambio de tu seguridad!, que aún hoy nos retumba al oído.
El sujeto del inconsciente freudiano era contrapuesta a la teoría del hombre socrática-aristotélica-descartiana del hombre, la mayor de nuestra operaciones mentales son inconscientes, y el hombre no es dueño de sí mismo, en suma el cogito ergo sum no garantiza la certeza del saber de si del hombre, puesto que hay un sujeto que sólo se conoce en un momento posterior. Marx cobraría vigencia y eternidad con esta teoría, la plusvalía cobraría re-significación. A cuenta de reprimir las pulsiones del hombre, se le construiría un alma a modo del medio de producción (propiedad de la clase dominantes, ascetas) para continuar el proceso de explotación. Si bien es cierto que esto se mantenía con cierta equilibrio, es decir, la represión era acompañada por cierto compensación ideal o real, y en cierta forma, eso mantenía cierto equilibrio para que no se desbordara las pulsiones, y la guerra de los cuerpos hiciera su aparición. Los ideales paulatinamente han sido insuficiente, diría que ha habido un desgaste de la letra a esa ficción o una realidad a ese engaño; por ello estos tiempos son tiempo del sin sentido, de la no palabra, del suicidio.
Incluso si volteamos a nuestras historias cercanas, la de nuestros pueblos, podemos ver como esa idea de mundo, de hombre y sociedad poco a poco se han erosionados, las paredes de nuestras casas son muros infranqueables que no nos permite saber del otro que está al otro lado, podemos ver como ese folclor, ese misticismos, esa tradición, esa religión, se han vuelto trámites pueriles, y espacios para el embotamiento y la anulación de toda alegría, saber, filiación y hermanamiento. El sentido se personifica en un sin-sentido. Dionisio luce alegre y feliz, al bacanal de la noche no se llega, porque antes del mediodía te encuentras tumbado a mitad de la calle, es preferible no ver ni saber, lo mejor es adelantar el silencio.
Un link te lleva de la mano a infinidades de link, y tu mundo se desliza de acorde a la velocidad de tus dedos para presionar el mouse, la vida nunca se estaciona, tu semblante se pierde, y solo quedan destellos de que pasaste por aquí.
Hace un buen tiempo les he estado escribiendo, dirigiéndoles retahílas de ideas, sentimientos, delirios, resentimientos, dudas, dolor, y muy poca alegría. Quizás por mi estructura neurótica y paranoica. No confió ni de mi sombra.
Algo de alegría me ha aportado saber que me leen, aunque no sé para qué, ni por qué. He tratado de darme una idea, aunque siempre termino por no responder. A lo máximo he pensado que están igual que yo, a la expectativa de lo que ocurra en los asuntos humanos, teniendo la esperanza que se cumplirá a pie juntillas el proceso dialéctico, ¿seguirá la paz después de ésta guerra que libramos? Yo no lo sé.
Lo que sé que son tiempos de escribir algo diferente en los asuntos de la naturaleza humana. Que son tiempos de agotar la esperanza en lo que hemos escrito y creído del hombre, todo eso de lo racional, social, de esa certeza de que cuando menos “si pienso luego existo” (cogito ergo sum), puesto que cada vez que pienso no sienta que exista, puesto que parece que la certeza viene de un “otro” que nos determinaba y no de nuestros pensamientos. El “otro” ahora es un extraño, y por lo consiguiente nos hace extraño a nosotros mismos, el asunto de la existencia representa un grave problema: la duda por nuestra condición existencial ahora es el primer problema filosófico que debemos enfrentar. Hace un tiempo escribí en un primer exhorto de la lamentable condición humana:
“Vivimos tiempos oscuros, los presagios apocalípticos se cumplen a pie de la letra: desordenes, violencia, mafias ecológicas, silencio, muerte.
Tiempos en que el sexo ha dejado ser el narcótico que nos salvaba de vez en cuando.
Tiempos en que las religiones aportan los personajes para las revistas de Comic.
Tiempos que en Ala-Mahoma, Dios-Jesús cristo, Jehová, y Buda son señores de la guerra, o impasible observan el espectáculo de exterminio de nuestra civilización, será que no pueden hacer nada, o no quieren, o ni quieren ni pueden, en fin.
Tiempos en que nuestros niños han perdido toda referencia ideal, sus héroes de antaño, Superman, Batman, la Mujer Maravilla, etc., el Imperio de la Justicia, han perdido poderes, eso en occidente, no sé en otras latitudes, y la figura paterna luce débil y pobre.
Tiempos que demandan nuevas letras para hablar de la naturaleza humana, del lazo social.
Tiempos en que la pulsión busca esquizofrenica algún lugar para aparcar, y respirar segura que tiene un nuevo rostro.
No podemos continuar ilusos, la vanagloria de la configuración de lo público ha fracasado, el estar los unos frente a los otros, o es una ilusión, o simplemente tarde que temprano se elimina al otro simbólicamente o realmente.
No hay tiempo, o el castigo divino-natural nos alcanza sin abrazarnos, o los últimos tiempos de nuestras vidas la vivimos alegres y creyendo de nuevo.
Descanse en paz nuestra civilización”
He pensado que podemos volver sobre nuestros pasos, y reconstruirnos, y si estamos dispuestos a pasar por todo ese sufrimiento y sangre que ha costado nuestra historia, eso sería posible, pero creo que nadie está dispuesto a hacerlo. ¡Reconstruir al Frankenstein jamás!
Tengo algunas ideas sobre lo que hay que hacer en cuento a “lo público”:
En primer lugar, creo que debemos entender que el ideal de la globalización es otro de los estruendosos fracasos de nuestra civilización, la diferencia no puede anularse, y no estoy hablando de nacionalismos ni de culturas, sino de lo que vamos construyendo desde ese lugar para tener una idea de mundo y sociedad que podamos creer y compartir de manera sentimental y conceptual.
En segundo lugar, la idea de un Hombre Universal con la caída de los procesos de globalización es otro mito que debemos descartar, no hay Hombres Universales, hay Individuos Singulares que se diferencian entre sí, en relación de su posición ante la falta que estructura la subjetividad, y por ende, la inter-subjetividad.
En tercer lugar, podemos organizar nuestra vida pública a partir de una nueva ciencia política-demográfica, Esto quiere decir que necesitamos explorar la nueva organización social y política a partir de las parte mínimas tomando en cuenta la demografía, estoy pensando en la República Municipal.
En cuarto lugar, es innegable que el hombre no puede prescindir de sus mitos y dioses, para ello hay que trabajar en un Nuevo Evangelio en el caso judeo-cristiano, en las otras religiones habría que pensar.