A propósito de la pacificación de México
Lenin Torres Antonio

Antígona se situaba en los márgenes de lo correcto e incorrecto, el debate le obligaba a justificar su posición de hermana, a quien le asistía el derecho de honrar y dar sepultura a su hermano muerto, aunque también las exigencias de Creonte no era infundadas, y le obligaba a respetar lo público, la ley, y dejar a quien habían atentado contra el bienestar general, que su cuerpo sea devorado por los perros, y animales de rapiña, era la obligación de quienes había aceptado vivir en comunidad, en la polis, seguridad por castración individual.
Traigo a propósito el tema que se debate en la tragedia de Sófocles, lo público y lo privado, la ética individual, y la ética pública, lo que parece el interminable debate en donde se sitúa el hombre, quién se debate en obedecer a los demás, la voz del pueblo, por mí hablará mi raza, o a los dictados de su singularidad, los deseos inconfesables; la verdad y el bien en su eterna relatividad, más aún ahora que no podemos acudir a verdades absolutas, o a oráculos que sepan qué es el bien y el mal, ni mucho menos a un Dios que creó todo, como lo desmiente Stephen Hawking al señalar que “el origen de todo se originó de la consecuencia inevitable de las leyes de la física y no de ninguna mente superior o Dios, asegura el científico en su último y polémico libro El gran diseño”, a lo máximo que podemos aceptar es que cuando menos existen mínimos éticos que debemos acatar y respetar, como escribía o deseaba Habermas.
En nuestro caso, parece que aun esos mínimos éticos se desvanecen ante la impronta pulsional de la espiral de violencia que vive México.
Sin esos mínimos, a qué recurrir para mantener el límite, la cohesión social, el respeto a lo individual y a las instituciones.
Estoy convencido de que las políticas públicas en materia de seguridad que ha implementado el gobierno federal paulatinamente nos están llevando a una vietnamización de la lucha contra el crimen organizado, por lo que hay una total ignorancia en las políticas públicas en materia de seguridad y paz, se inició sin ton ni son, incluso podríamos decir que partió de la simple voluntad de los gobernantes, y cuando estos se dieron cuenta que las cosas no son tan sencillas, que la alternativa pública de resolver el problema de la delincuencia (guerra) enfrentándola y aplicar todo el peso –más y más soldados y armamento– de la ley a los malos, enfrentamiento que paulatinamente nos está llevando a una vietnamización, por eso vemos cómo el gobierno federal está convocando a la corresponsabilidad como una salida desesperada, y mostrando con ello su incompetencia, por lo que se necesita detener esa lucha y replantearla desde otros parámetros y corpus epistemológico.
Creo que ante todo debemos tener presente y problematizar, en primer lugar, que el debate de Antígona forma parte de la naturaleza humana, y eso no hay que olvidarlo, tener esto presente; es estar consciente de que conviven en nosotros tendencias o pulsiones agresivas y sexuales, y marcos éticos construidos culturalmente; en segundo lugar, hay que saber que la construcción de nuestra subjetividad, es decir, la idea de sociedad y mundo que tenemos, la conciencia de lo que es bueno o malo, es dada en un proceso de introyección, y que todo eso no se puede plantear como una simple y estúpida iniciativa de políticas públicas que nos dicen que hay que impartir clase de civismo e identidad nacional, como una medida para evitar las conductas antisociales; en tercer lugar, hay que entender que civilidad no debe entenderse como modernidad, se es civilizado en la medida en que se siente el espacio que se comparte, y se tiene la consciencia que hay una corresponsabilidad de esos espacios públicos, que estos deben ser atravesados por el lenguaje, es decir, la capacidad de, a través del diálogo, construir lo que más nos convenga para posibilitar la convivencia pacífica y comulgar desde la diferencia, es decir, construir, lo que yo llamo, una mexicanidad no mortífera.
La propuesta que está contenida en el título de este escrito me obliga a ahondar en lo que entendemos por la verdad de la cultura desde la diferencia, y la imposición de esa verdad desde la igualdad, la similitud.
Construir lo que más nos convenga para posibilitar la convivencia pacífica y comulgar desde la diferencia, pasa por entender y aceptar la diversidad o pluralidad, aun desde una misma estructura racional, de pensamiento y cultura, por lo que pretender establecer políticas públicas excluyentes resulta retrógrada y fatal. Un ejemplo de esto lo hemos visto en la tensión internacional en que se sitúa occidente, intentando exportar una idea de sociedad y de hombre, a otras partes del mundo, particularmente al medio oriente –mundo islámico–, posición que contiene implícitamente un dogma al pensar que esa idea de mundo y de hombre es la verdadera y la correcta. La única verdad que tenemos en frente es que existen hombres y culturas que no comparten nuestra idea de mundo, ante eso, queramos o no, la única posición sensata que tenemos que asumir es aceptar que existen culturas, que aun horrorizándonos con sus costumbres e ideas, son diferentes y distintas a las nuestras y no las podemos ni integrar ni eliminar.

De igual forma, no podemos continuar viendo el problema de la violencia como un asunto de desadaptados sociales, o de gente ignorante y viciosa, ni mucho menos como un problema de civismo o prurito de ética intelectual, que tenga que ver con la integración y la eliminación de las diferencias.

Necesitamos apartarnos de los ecos unísonos bushianos (George Bush) pensando que la única solución es la guerra contra el terror, y de pláticas de civismo y valores; hay que ver que si bien somos ciudadanos de este mundo, hemos tenido una configuración y nacimiento distinto, y que nuestra cultura mexicana sirva para aplicar el saber desde ese origen.
Estos días he visto cómo se desliza desde el otro lado un discurso que no viene de estados de drogadicción alucinógena, sino de una razón común y de sentimiento.
De una entrevista que el periodista Jacobo G. García hace al líder de Los Aztecas en la cárcel de Ciudad Juárez, publicado por el periódico español El Mundo en internet, se desprenden conceptos que hay que analizar, y tener presente:
–“¿Cómo es el sicario de ahora?
–Son personas jóvenes e inmaduras que no han estado nunca en el negocio. De ahí vienen las órdenes ahora. Chicos de familias humildes y descompuestas y tienen ganas de cosas, de comer bien, de vivir bien. Son jóvenes y tienen sueños. La lástima es que duran muy poco porque en este mundo nuestro la vida es corta y todo se queda en sueños”.
De esta respuesta se desprenden realidades preocupantes, en primer lugar, que muchos de nuestros jóvenes no comparten la idea de hombre y sociedad que les proponemos, y que existe otra idea de hombre y de mundo que les permite construir un mundo mágico, aunque sea momentáneo; la otra verdad que se extrae, y que no podemos marginar, es que esa idea de hombre y sociedad que tienen no necesita mucha construcción subjetiva y del lenguaje, tan sólo les basta mínimos verbales para operar, por ello el grado de deshumanización y crueldad; la otra realidad, y en la que constantemente he insistido, es que los hombres de Estado y los del dinero, y que son los mínimos –y no estoy hablando de los comerciantes, y pequeños empresarios, sino del núcleo pequeño que controla este país–, viven esto en la ajenidad, no por nada se expresa el líder de Los Aztecas.
–“Pero los de arriba siguen tranquilos…
–Sí, ellos se sientan (el gobierno) en primera fila para ver cómo nos destruyen. Y les divierte.(…)
–¿Por qué esta guerra?
–Porque el gobierno no está haciendo las cosas como deben de ser.
–¿Cómo se deben de hacer?
–El gobierno tiene que sentarse y hablar como usted y yo y llegar a un acuerdo. Con policía y Ejército esto se hace más grande. Lo estamos viviendo. Aquí hay una guerra y el Presidente quiere frenar esta guerra con más guerra. Trayendo miles y miles de policías y soldados.
–¿Entonces?
–Hay que crear industrias y puestos de trabajo porque esa es la base. Cuando se descompone el núcleo familiar, los hijos van y corren donde les ofrecen dinero rápido. Las soluciones que está dando el gobierno son obsoletas. Ellos no saben lo que pasa en las calles. Debe mezclarse con la sociedad y no lo hace. Tiene que vivir lo que vivimos nosotros, pasar lo que pasamos y carecer de lo que nosotros carecemos para entender lo que aquí pasa”.
Reproduzco íntegras estas preguntas y respuestas porque no necesitan interpretación, se desprenden realidades que muchos pensamos, que el problema de la violencia tiene que abordarse desde una configuración de políticas públicas inteligentes, y que éstas demandan soluciones integrales, que sean capaces de involucrar a todos los sectores de la sociedad mexicana, así como asumir que esta solución pasa por la construcción de un México justo e igual, es decir, un México con justicia social, no podemos pensar que lo que demandan estos mexicanos, “los malos”, se solucione con espectáculos grotescos, como Iniciativa México, tiene que haber la voluntad de que esos hombres de la revista Forbes, sean capaces de desprenderse de sus riquezas, y permitir un México justo, y que la política sirva para gobernar por el bien común, además que se necesita hablar entre todos, y esto incluye a “los malos”, no podemos continuar haciendo oído sordo, este proceso de violencia es un proceso de degeneración y de decadencia, debemos tener cuidado:
–“¿Cómo se ha llegado a la situación actual?
–Ahora se mata a los hijos, a la familia… Es un grado muy alto, mucho muy alto de violencia y ya no es por poder, por influencias o por negocio, se mata por gusto.
–¿Por gusto?
–Sí, la mitad de las muertes en las calles son ya por gusto. Hay gente cansada y enrabietada y cualquiera tiene un arma”.
Matar por gusto tiene que ver con una patología social, ya no hay reglas, no hay mediación de poder, ni riquezas, ni valores que distingan, simplemente, es por gusto, el marco simbólico se cae y queda la caída violenta, el acto criminal.
Más discursos se deslizan sobre la necesidad de sentarse a dialogar, de asumir acuerdos, de acercar a las partes involucradas, y esto tiene que partir de la disposición y la buena voluntad, hay que distinguir el acto violento provocado por la indefensión o la impotencia, del acto criminal, en el sentido de la caída de la subjetividad, eso es grave, porque ahí no es tan fácil hallar motivos, y más del acto criminal, que implica gusto, hacerlo por placer.
Atrevámonos a hablar en estos términos, incluso, con el término perdón, amnistía, demos oportunidad que se imponga el verbo, la palabra plena a la fuerza por la fuerza, como está sucediendo, esto no quiere decir pedir que claudique el estado de derecho, sino tan sólo asumir un estado común de intelección y de vida, empecemos por algo, que es dialogar, hablar de fórmulas que no sean la fuerza y las armas, el exterminio, convoquemos a reflexionar desde otro lugar, desde otra perspectiva, hay un síntoma que hay que atender, los otros quieren hablar y entienden que hay que hablar, no nos queda otra, si no lo hacemos seguirá hablando el silencio y la fuerza, y al final el problema continuará agravándose.