Crónicas urgentes
Por Claudia Constantino
18 de mayo de 2017

Es la media noche del primero de mayo; a la habitual noche xalapeña se une un ajetreo inusual. Grupos de personas preparan escenarios y se congregan para que, al primer minuto de la hora cero del dos de mayo, su candidata o candidato arranque la frenética carrera rumbo al 4 de junio.

No importa si a esa hora los habitantes de la capital duermen; al día siguiente hay que volver al trabajo. Pero los temores de los suspirantes políticos son muy grandes y a toda costa quieren mandar la señal de cuán listos y ansiosos están por comenzar a explicarle a la ciudadanía sus propuestas.

Las viejas recetas del marketing político se desempolvan. Se les pone el nombre y apellido de diez aspirantes a suceder a Américo Zúñiga en la presidencia municipal frente a palacio de gobierno. No hay sorpresas ni campañas innovadoras, mucho menos honestidad. No hay proyecto alguno que convenza a los ciudadanos que no sean parientes, amigos, compadres, cónyuges, padrinos, compañeros de trabajo y, sobre todo, empleados de cada opción.

En México, la figura del simpatizante que hace trabajo político voluntario, sin salario, aún no se ve mucho. Los equipos de campaña están formados por empleados. Algunos se suman a los proyectos porque traen consigo algún interés si su candidato es el bueno; invierten.

También los candidatos invierten de la mejor manera. Desconfían de casi todo el mundo, pero han aprendido a disimularlo y se muestran receptivos a las promesas y compromisos de apoyo. Todos conocen una verdad inmutable: en campaña, los votos se venden al mejor postor. Los operadores políticos, a más votos, se cotizan mejor.

Hace cuatro años, el candidato para quien trabajé como coordinadora de prensa me dio una lección fundamental: “La política es amoral. Aquí nadie es malo y nadie es bueno. Sólo responden de acuerdo a sus intereses, y estos pueden cambiar más de una vez al paso de los días rumbo a una elección. Gana quien hace los mejores tratos, los amarres de a de veras.”

En una campaña, se hacen varias campañas al mismo tiempo. Lo de menos es ese peregrinar por las colonias, saludando a la gente, hablando con ella. O las reuniones con los empresarios, los maestros, los basureros, los sindicatos y demás agrupaciones. Todos reciben a todos. Los escuchan. Les dan el avión.

Otra es la campaña de medios. En esa se requiere dar una idea de ubicuidad del candidato y resaltar las fortalezas de su personalidad. Los columnistas se aprestan a dar sus opiniones a favor o en contra de quien mejor se desempeñe en cuestión de crear alianzas, con el viejo arte de la persuasión.

Otra labor implica ajustar la maquinaria que permita al candidato tener representación en cada una de las casillas instaladas el día D. Que no falten los representantes de casilla, que defiendan el voto, que cuenten bien, que firmen en tiempo y forma las actas. Cada voto cuenta. Cada casilla es importante.

El último aspecto que citaré es el de llevar a la gente a votar, gente que lleve gente a votar por el candidato. Este trabajo alterno, discreto, crucial, es el más soterrado y bien organizado de todos, el que hace la diferencia.

Cada vez que alguien me habla de una encuesta, de las tendencias electorales, de las mediciones y los números durante el desarrollo de una campaña, mi cerebro se bloquea y no creo una palabra. Esos números son del diablo. Lo manipulan todo, lo distorsionan, y muchas veces el resultado depende de tantos factores como variables puede tener una elección tan cerrada como la de 2017 en Xalapa.

No. Los ciudadanos jamás podrán conocer en realidad al candidato. Apenas su primer círculo tendrá idea de quién es y qué se jugó durante la campaña. Con todo, un muy buen candidato puede ser un pésimo gobernante, porque jamás gana el mejor, sino quien mejor hace lo que se necesita.

A menos de veinte días de la cita en las urnas, los xalapeños ignoran quiénes son estos diez ciudadanos que pugnan por ser el nuevo presidente municipal de la capital de Veracruz. Lo que vemos son grupos para abanderar a su representante y empujarlo. Veremos quién llega más lejos. Por hoy, sabemos que sólo dos de diez llevan real impulso.

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