CAMALEÓN
Por Alfredo Bielma
21 de mayo de 2017

Después del resultado electoral adverso de 2016, es frecuente escuchar la versión contemporánea sobre “la extinción del PRI”, ahora con mayor acento desde cuando en 2000 este partido perdió la presidencia de la república. De aquel rudo golpe el PRI logró recuperarse y propició su regreso a Los Pinos en 2012; pudo hacerlo en 2006 pero las divisiones y traiciones internas se lo impidieron, instalándolo en tercer lugar de la elección federal de ese año

En 2012 el PRI logró la Restauración, y a partir de entonces amargos sinsabores sociales han puesto en grave predicamento al gobierno priista, pues un cúmulo de expedientes sociales sin resolver lo han abrumado; acontecimientos como Ayotzinapa, la Casa Blanca, Tlatlaya, entre otros no menos graves, han marcado indeleblemente a la administración peñista: desigualdad social, pobreza extrema, violencia, inseguridad pública, corrupción, son puntos de una agenda de gobierno sin visos de solución inmediata. Como consecuencia, se concluye que estas han sido causales directas de resultados electorales adversos. Esto último ha cambiado sustancialmente las circunstancias que hicieron posible el retorno al Poder en 2012, ya no son las mismas, por lo que se estima complicada la oportunidad de remontar una apreciación ciudadana adversa, de allí la especulación sobre un futuro incierto.

En 2000, el PRI gobernaba 19 entidades federativas y gran parte de los municipios en el país, ese panorama ya no está vigente porque de entonces a la fecha ha perdido gubernaturas, y aunque también recuperó otras el deterioro ha aumentado. El desastre del proceso electoral 2016 agravó el escenario: de 12 entidades en juego, seis de las más importantes las perdió el PRI, grave porque representan dos tercios de las entidades que gobernaba. Ganó a la oposición Sinaloa y Zacatecas, pero perdió Tamaulipas, Quintana Roo y Veracruz, tres estados en donde el PRI siempre había gobernado. Duarte contribuyó al desastre y auspició la derrota del PRI en el tercer territorio más poblado de México.

El desastre total significaría que el PRI perdiera el gobierno del Estado de México, este 2017; y es asunto de apreciación psicológica, porque aun triunfando en esa elección, para nada significa control sobre padrón tan abultado porque será una elección a tercios. En Nayarit y Tamaulipas el PRI no camina sobre lecho de rosas, nada garantiza triunfo seguro porque están bajo el signo de gobiernos cuyo grado de aceptación camina a ras de piso.

De no menor importancia es la elección de los 212 ayuntamientos veracruzanos: aquí el PAN gobierna y por ese hecho pudieran atribuírsele importantes triunfos, agréguese los que pudiera rescatar su inestable aliado, el PRD. En ese esquema, el PRI ha tenido que improvisar, desde una dirigencia de circunstancias, hasta candidatos a ediles emanados por obligada aceptación de propuestas nada recomendables.

Orizaba, Córdoba, Xalapa, Veracruz, Boca del Río, forman un envidiable cinturón para amarrar posibilidades en el 2018. En el Sur, Coatzacoalcos está convertido en un bastión que el PRI busca retener para contener en aquella región el embate de Morena. Su ciudadanía vota diverso, como lo viene demostrando desde 1973; allí el PRI postuló a Carlos Vasconcelos, competitivo, es duro de roer, un candidato ad hoc para el momento.

MORENA asemeja una acrecida marejada, alimentada por los vientos del enojo social, pero el veredicto final está a cargo de la ciudadanía veracruzana el 4 de junio; el cambio de circunstancias radica en esencia en mayor madurez ciudadana, y correlativamente hay confianza en que la fortaleza de las instituciones permita aplicar la Ley electoral sin distingos de color político.

alfredobielmav@nullhotmail.com

20- mayo.