Sin tacto

Por Sergio González Levet

Un par de amigos que me hicieron el favor de leer el texto de ayer, en el que consigné algunas de las trampitas que han inventado los genios financieros de Telcel, con las que intentan exprimir aún más a sus atribulados usuarios, como eso de cobrar aparte los minutos adicionales de las “llamadas gratis” y las llamadas por cobrar.
[Por cierto, una querida amiga y lectora, Lissette Reynaud, me hace ver que, además, esos minutos extras Telcel los cobra más caros que el promedio, con lo que se consolida el latrocinio legal.]
Pero de regreso a mis amigos, me dicen que hace unos días utilizaron los servicios de la aerolínea “de bajo costo” Volaris para viajar de una ciudad intermedia de México a otra dentro del país. En general, el precio del pasaje fue adecuado-sin ser un regalo-, el servicio fue bueno, el vuelo se realizó dentro de los horarios señalados, y la atención de la tripulación estuvo dentro de los parámetros de urbanidad y eficiencia, sin exagerarle mucho.
Peeeeero… según me cuentan, esa línea aérea debe tener contratados a los mismos genios financieros de Slim, o a alumnos destacados de ellos, porque desde que compras tu boleto por Internet empiezan a ofrecerte “servicios adicionales” que tienen un costo extra: lugar especial en las primeras filas, mayor carga de equipaje por documentar, posibilidad de llevar a tu mascota en brazos… vaya, hasta venden seguros que “protegen” al viajero si hay retraso en el vuelo, si se pierde el equipaje y ofrecen servicio médico gratuito “en el remoto caso de que hubiera algún accidente”.
Si se fijan bien, estos servicios adicionales en realidad son una obligación de la empresa cuando te vende un boleto (lo que -como tantas cosas que no hace- debería estar sancionado por la Profeco), pero si te descuidas te encajan el diente con esa forma de eximirse de prestaciones que les corresponden por ley. Pasa algo igual con los estacionamientos, que ponen un aviso en el que dicen que no se hacen responsables de robo, daño o descompostura de la unidad que están resguardando, cuando debe ser todo lo contrario.
Bueno, pues me dicen mis amigos que llegaron al aeropuerto y antes de subir al avión les llegó un mensaje a su celular en el que les decían que podían comprar muy barato -unos 50 pesos- el tercer boleto de la fila de tres en la que iban, “para que viajaran con mayor comodidad”. Dijeron que no, y resultó que el asiento estaba vacío.
A ver, una vez que la aerolínea cierra el vuelo y ya no aceptará más pasajeros, todavía le hace la luchita para vender a algún incauto el asiento de junto, sabiendo que ya no lo ocupará nadie.
Y encima, a mis amigos les tocó la fila adelante de la salida de emergencia, por lo que los respaldos no eran abatibles. El avión no iba lleno, y comentaron a la azafata que querían cambiar de asiento y ocupar unos que estaban vacíos un poco atrás, en los que se podrían reclinar y viajar más cómodos.
La señorita, con toda la amabilidad del mundo, les dijo que “por políticas de la empresa” no era posible que los pasajeros cambiaran de lugar, pero que si pagaban la módica suma de 300 pesos por persona harían la excepción y podrían ocupar los otros asientos.
Ellos le preguntaron y se preguntaron cuál era la razón lógica por la que tenían que pagar 600 pesos solamente por cambiarse de un asiento a otro, lo que no representaba ningún gasto a la empresa y ni siquiera algún esfuerzo adicional de la tripulación.
Claro, la razón oculta es que la aerolínea trata de exprimir al máximo a los viajeros que debería atender y cuidar.
Fraudes legales de las grandes empresas de las que los desprotegidos mexicanos debemos estar pendientes en todo momento.
¡Y cuántos más hay así!
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