Sin tacto
Por Sergio González Levet
22 de mayo de 2017

Sé que es una monserga levantarse y arreglarse temprano el domingo para ir a la casilla a votar. A muchos que no trabajan semana inglesa, les echa a perder el único descanso de la semana.

    Y luego hay que hacer una larga cola bajo el sol, porque el instituto electoral no se preocupó por poner sombras o sombrillas que apacigüen el sol ardiente y la larga espera.

    Y puede suceder que después de tanto tiempo parados se llegue a la casilla y te digan que no apareces en la lista, o que la urna que te corresponde es otra, y hay que volver a tomar el coche o el taxi o el camión, e ir a terminar de broncearse con los rayos fulminantes, o mojarse si es que cae una más de las lluvias interminables de Xalapa.

    Y encima hay que convencer a la esposa, a los hijos, a la abuelita, a la suegra, de que hagan el mismo sacrificio.

    Da flojera, es complicado, causa grima.

    Sé que puede ser peligroso ir a votar, que el ambiente de campañas ha sido tenso, muy de enfrentamientos, que -por otra parte- ha habido sucesos sangrientos: levantones, incendios, balaceras, asesinatos.

    Y en las propias casillas puede haber otro tipo de violencia, la electoral, cuando se desatan las pasiones entre militantes de partidos diferentes, y en una de ésas nos vemos en medio de un pleito interpartidista, nos convertimos en el jamón de un sándwich electoral, atacados por todos lados y por los diferentes colores.

    Da miedo, es peligroso, causa temor.

    Pero votar es un derecho y una responsabilidad.

    Un derecho, porque nos hace soldados de la democracia, y con nuestro voto podemos seguir participando al exigir a los candidatos ganadores que cumplan sus promesas, ésas que soltaron tan fácilmente durante su campaña.

    Una responsabilidad, porque sin nuestra participación como ciudadanos, como electores, la democracia no tiene razón de ser; se difumina entre los intereses particulares de los partidos y de sus candidatos. Se pierde el principio esencial de esta forma de gobierno que, dice la etimología, es del pueblo.

    Nuestro voto vale oro, por eso no se debe vender por unas monedas o por unas prebendas. Por eso no se debe desaprovechar.

    Entre la pereza y el recelo, entre la falta de vocación cívica -porque no nos la enseñaron en la escuela ni en casa-, entre la desconfianza por el proceso -que puede ser y ha sido antes amañado-, muchas veces se pierde la intención de ir a depositar nuestro sufragio y dejar que nos manchen el pulgar con la tinta de la suspicacia.

    Pero si vencemos temores y dudas, flojeras y desconfianzas, y logramos llegar el domingo 4 de junio a la casilla que nos corresponde; si entregamos nuestras credencial de elector y cruzamos la boleta con los candidatos que consideramos mejores… entonces habremos triunfado de nosotros mismos y con ello habrá triunfado la democracia, que no es el mejor sistema de gobierno, pero hasta ahora es el menos peor que tenemos.

    Que no nos quiten eso también…

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