Cuando un hombre no tiene sus ideas en orden,

cuantas más tenga, mayor será su confusión

 Spencer

A nivel federal cada día la acción pública nubla los jóvenes resultados de algunas de las reformas estructurales; en Veracruz por su parte, se nos acabó la luna de miel, y se conglomeró una ensangrentada cotidianidad llena de vejaciones y pantomimas.

Recuerdo que justo hace un año, en un programa comentaba que el nuevo esquema a través del cual se mueve la información exigía prontitud en la atención de una agenda mínima para nuestra entidad -seguridad, empleo, gestión pública y salud-, que en varios sentidos había sido descuidada en los últimos 12 años.

En ese tenor, expuse que había que poner atención a la velocidad en la obtención de resultados tangibles, no solo por el periodo de gobierno -siu géneris- que se nos presentaba, sino porque vivimos el tiempo de la aceleración, donde la sociedad reclama efusivamente resultados inmediatos, muy parecido al comportamiento que tienen los individuos a la hora del consumo, en una economía con producción a escala.

Lo anterior, nos posiciona en un ámbito que se parece mucho a lo que podemos considerar como una crisis de gobernabilidad. La decadencia imperante surge como fuerza viva para todos aquellos ciudadanos que consideran al cambio como una acción inmediata.

Con base en esto, en Veracruz un grueso de la población ha pasado de la esperanza al deliro. Nunca antes en la historia el contexto fue tan favorable para que los gobiernos locales se perfilaran como auténticos laboratorios de nuevas formas de convivencia social y de expresión colectiva.

El contexto actual, nos obliga a preguntarnos por el tipo de ciudad o de pueblo que queremos y hacia donde deseamos caminar y orientar los esfuerzos; cada vez más los asuntos del desarrollo atraviesan por cuestiones como la ordenación del territorio y por la valorización de las características territoriales que desde un enfoque central o general difícilmente se pueden entender.

Ahí se sostiene la idea de gobernanza, que en buena medida expone el reconocimiento del crecimiento de la complejidad de la vida en comunidad en una época en la que los recursos son cada vez más escasos, las políticas públicas más complejas y la diversidad social cada vez mayor.

El ansiado armisticio no se consagra, crasos errores y maneras pretéritas de conducción de la administración pública, continúan siendo las divisas falangistas que no permiten que la luz de la esperanza ilumine nuestro espectro social.

Laxas acciones que son solo palabras, hoy los discursos ya no tranquilizan a nadie, ni tampoco trasciende la prosa cuando no se acompañan de obras tangibles, ese talante parece abrazarnos y no dejarnos ir hacia donde deberían estar destinando todos nuestros esfuerzos: las políticas públicas.

Sobre todo, cuando los mexicanos nos encontramos ansiosos de mejorar nuestras circunstancias, pero no estamos tan deseosos de mejorarnos a sí mismos; por eso permanecemos atados, en un contexto de fusilamiento paulatino.

En cada uno de los espacios del país se necesita paz y seguridad para forjar un ambiente de armonía y confianza que, a su vez sea el volcán a través del cual la visión emprendedora y el entusiasmo colectivo provoquen el crecimiento personal y el desarrollo de los espacios de quehacer de los mismos.

Sin duda, lo que hoy se nos presenta son la consumación de errores pasados, a su vez lo que no se haga hoy nos constará más en el futuro. Se requiere una reingeniería administrativa, quizás pueda ser el mejor legado, sino se realiza, cabe preguntarnos ¿A quién se le echará la culpa?

Es cuanto