Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
07 de junio de 2017

Las elecciones no resuelven por si mismas los problemas,

aunque son el paso previo y necesario para su solución.

Adolfo Suárez

 

El lastre de la abstención sigue marcando nuestra democracia.

Una de las acepciones del término abstención es renuncia y resulta idóneo cuando se pretende explicar por qué la gente no acude a votar: es que el ciudadano renuncia a su derecho a decidir, a participar en las decisiones del conjunto social a través del voto. ¿Razones? Muchas, diversas, justificables unas, banales otras.

Un amplio sector de la población abandona sus compromisos cívicos porque se encuentra harta y decide alejarse de los asuntos públicos, escudada en los males existentes y en la desconfianza que ello provoca.  Bajo la premisa (no necesariamente falsa) del ”todos son iguales, para que votar” se esconden las inaceptables condiciones de una población irresponsable para con su vida social, para con la corrección de los problemas.

Y es que el fenómeno de la abstención, de la no participación, no se circunscribe al asunto electoral,  sino que involucra al cotidiano comportamiento de renunciar al cumplimiento de las obligaciones de cualquier persona que viva en sociedad, de aportar la parte que le corresponde para mejorar no solo la vida privada sino el entorno colectivo.

Abstenerse es un tanto la manifestación del cinismo que apuesta por pasar por encima de cualquier acto solidario, de asumir que otros harán lo que se requiere y que es mejor no salir de la zona de confort del espectador que critica pero no se involucra, dejando el espacio de las equivocaciones para los otros.

Para las elecciones de alcaldes de este 4 de junio salieron menos veracruzanos a votar que la pasada para gobernador. En las zonas rurales se votó en proporciones significativamente mayores que en las ciudades medias, en las que no se alcanzó la mitad del padrón electoral. Es que les interesaron menos?, es que no les gustaron los candidatos?, pero en cualquiera de las hipótesis posibles para no acudir a las urnas, se refleja una crisis de incivilidad que se vuelve el ámbito fértil para los sinvergüenzas que reproducen las viejas prácticas, los comportamientos que se condenan de dientes para afuera, pero que se asumen y conjugan con el pragmatismo que ameriten los intereses facciosos.

La nueva correlación del peso de las fuerzas políticas en el territorio veracruzano genera incomodidad, ansiedad y llega a convertirse en un motor desfavorable para alentar situaciones de ilegalidad. Vuelven a ser las condiciones materiales de millones las que definen nichos de oportunidad para las maniobras. La cantidad de irregularidades e incidencias registradas este 4 de junio parecieran salidas de los tiempos más oscuros  de las tradiciones vejatorias de la legalidad democrática como el amedrentamiento y la compra de votos de sectores sociales frágiles.

¿Y si ya sabemos que la legalidad es más vulnerable en las zonas rurales, porqué los que vivimos en las ciudades no ejercemos el contrapeso democrático que nos corresponde, venciendo los altos niveles de abstencionismo?

Nuestro país se mueve en medio del fango de la inacabada democracia mexicana,  manoseada y peligrosamente agredida, donde pierde México como país, sometido, postrado por decisión propia ante las élites y su séquito poblacional que, inoculado de una cultura dominante priista, asume la ilegalidad como un normal circulo vicioso que nos define.

La abstención ciudadana de la mano de los quehaceres aviesos y ventajosos, acuden con paso firme a desbrozar las rutas para los atajos al poder. Son partes de una evidente y penosa condición democrática que dista de ser ese proceso de participación y definición de mecanismos para oponer  y dirimir conceptos para hacer gobierno y establecer mejores ejercicios públicos.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

68 feminicidios en Veracruz en este año, muestra una dolorosa realidad que merece atención y solución urgente.

    

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