Suele suceder, y con mucha frecuencia quizá lamentable, que verdaderos asesinos terminen el ciclo de sus vidas en cama hogareña, no ultimados por la venganza a causa de sus complicadas existencias. No ocurrió así con Noriega, quien la semana pasada murió cumpliendo una condena acusado de delitos contra los derechos humanos, narcotráfico, tortura, lavado de dinero y muchos más que le permitió su condición de dictador de Panamá. A Manuel Antonio Noriega se le conocía como “Cara de Piña”, a causa de las huellas que la viruela dejó en su rostro, la década de los 80 guarda registros de su terrible paso por el poder en el istmo centroamericano, hasta que perdió la confianza de sus protectores en el gobierno de los Estados Unidos (FBI, DEA) que lo derrocó y mandó a cautiverio durante 17 años en sus cárceles, cinco en Francia y el fin de su vida lo encontró en cárcel panameña. Murió cuando ya pocos recuerdan los aciagos días del terrorismo que impuso al pueblo panameño.