Sin tacto
Por Sergio González Levet
30 de junio de 2017

  —Te pedí que nos viéramos nuevamente hoy en esta librería —me explicó el Gurú— porque en verdad que me entusiasmó leer a Bakunin, y decidí comprar los otros tomos de sus obras completas. Solamente me había llevado el segundo, así que ya tengo mi carga completa con estos otros cuatro volúmenes. Don Mijaíl fue un anarquista puro, un revolucionario de tiempo exclusivo, un pensador formidable que se enfrentó muchas veces con Marx en el plano intelectual. ¿Si te sabes el chiste famoso que cuentan sobre él?

    —Confieso que no, maestro.

    —Pues ahí te va:

    “Se muere Bakunin y llega a la puerta del cielo en donde lo espera san Pedro, quien le dice que aunque fue un luchador social bien intencionado, por sus ideas comunistas no tiene cabida en la gloria.

    “Llega entonces al infierno, donde el diablo lo recibe muy bien y le comenta que lo va a mandar a una parte en donde casi no hay castigos, la más confortable del lugar, si se puede decir.

    “Unos días después, Lucifer pasa por ahí. Se encuentra con sorpresa que en la entrada hay unas banderas rojinegras y mantas con mensajes que exigen un mejor trato para todos los ocupantes. De inmediato reprime el movimiento, llama a cuentas a Bakunin, que fue el que incitó a sus compañeros, y lo manda al peor lugar del averno.

    “No ha transcurrido una semana cuando los condenados ya se levantaron, pidiendo que haya una elección democrática para sustituir al demonio, a quien acusan de ser un dictador. Éste toma medidas extremas para sofocar a los levantiscos y decide mandar a Bakunin de regreso al cielo.

    “Intrigado por el destino de su problemático huésped, sube al mes a ver a san Pedro, quien como siempre está a la puerta del cielo, pero ya no viste de blanco y con sandalias, sino que trae un overol de mezclilla y botas mineras.

    “¿Cómo estás, san Pedro?”, pregunta el demonio.

    “Muy bien, compañero,” -contesta el apóstol- “acabo de salir de una reunión en la que discutimos varias mejoras para los ocupantes del cielo, y decidimos hacer una constitución que garantice los derechos celestiales. Ahora todos somos iguales y las decisiones se toman colegiadamente…

    “Vaya,” -dice Luzbel- “veo la mano de Bakunin en todo esto. Seguro soliviantó y organizó a todos los ocupantes del cielo. Y, cuéntame, a todo esto, ¿qué dice El Señor?

    “¿El Señor?” -responde Pedro- “¿Cuál Señor, camarada? ¡Si todos sabemos que Dios no existe!”

    La risa no se hizo esperar, y participaron en ella el mesero y el librero, que habían escuchado el cuento.

    —Ése era Bakunin, —expuso el filósofo— un conspirador perenne contra toda forma de poder, como buen anarquista que fue. Anduvo por todo el mundo soliviantando a las masas, y mira que él nunca tuvo acceso a las redes, ni a un celular o una computadora. Así que no me puede ir tan mal si organizo mi vida y mi conocimiento sin que tenga la necesidad de depender absolutamente de la tecnología informática… Y ahora discúlpame unos minutos, porque tengo que mandar unos links y unos contactos, y debo contestar varios whatsapps que me llegaron…

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