Columna “Política al Día”
Por Atticuss Licona

Marcelino apuraba sus deditos nerviosos que hacían lo imposible para amarrarse las agujetas de su zapato izquierdo. Como pudo se hizo un débil nudo e intentó amarrarse el derecho. ¡Chin, ese ya no! Pensó. Han pasado meses y todavía no se acostumbra. A veces se le olvida que perdió la pierna de la rodilla para abajo. “Mamá, a veces siento que me pica el pie y no puedo rascármelo”.
Marcelino ya acude a terapias en el Centro de Rehabilitación Infantil de Veracruz (CRIVER). No solo recibe terapia física, también ayuda psicológica. Sabe que su rehabilitación llevará tiempo y, como se lo explicó el doctor, no se podía cumplir inmediatamente su deseo, pues él quería una prótesis. “Mamá, quiero algo que me cubra el huequito”.
Llegó al CRIVER gracias a la orientación y gestiones de un candidato a diputado local, y desde entonces espera con más ansias estos días de campaña. “Este tiempo es como Navidad, ¿Verdad mamá?”
Hoy viene el último candidato; tres días antes había estado otro, y semanas atrás habían pasado los demás. Llevan tres horas en la esquina de la calle El Olmo, bajo la marquesina del Oxxo resguardándose de la lluvia. Marcelino ha permanecido sentado, con la mirada ansiosa de ventilador de pedestal que gira imparable de izquierda a derecha. En esa misma esquina lucharon El Ángel Suicida, Las Panteras Indomables, El Mágico, El Capitán Buenaventura y muchos más de esos luchadores de barrio con nombres increíbles. En esa misma esquina corrió persiguiendo los aplaudidores inflables que para él eran globos y allí mismo había hecho fila con su mamá a la espera de una despensa que no traía nada atractivo para él más que su cereal.
A su alrededor hay poca gente. No son las multitudes que recuerda de otras ocasiones. A su izquierda hay una señora vestida de azul, a la derecha un señor con una playera roja bastante lavada y más allá uno que otro niño con playeras color naranja o blancas. Los candidatos que han pasado antes no dieron ni playeras y muchos se quejan en la colonia porque no les tocó ni una lona. Marcelino escuchó a su tío decirle a un joven activista “Aquí siempre hemos sido del PAN, qué bueno que me trajo esa lona, ahorita mismo la cuelgo, déjemela, déjemela”. Pero se confundió cuando una semana después escuchó a su tío decirle a otro activista “Aquí siempre hemos sido del PRI, déjemela, déjemela”.
La lluvia ha terminado y los demás niños chapotean en los charcos. Marcelino los mira tranquilo y con resignación juega con lo que tiene a la mano dibujando trazos en el pavimento con una ramita de árbol. “Estoy aburrido. Mamá, ya me quiero ir a la casa”.
A lo lejos unas bocinas se activan y comienza una canción, bullicio y güateque. Ya vienen, ya vienen. Los niños se arremolinan y los mayores se yerguen en sus puestos. Son varios jóvenes los que se acercan, unos bailan, otros reparten propaganda que sacan de sus mochilas de tela, un tríptico por aquí, otro por allá, y saludan a quienes se asoman en sus casas. La camioneta donde vienen las bocinas se estaciona al costado del Oxxo, el candidato toma el micrófono y da un discurso que nadie entiende, saluda a todos de mano, abraza, se ríe con ellos, se toma todas las fotos que quieren y después se va.
Marcelino y su mamá estuvieron en todos los eventos, no se perdieron ni uno solo. Pero el domingo de elección fue día de descanso y ni su tío ni su mamá ni nadie de su familia acudió a las urnas, pese a que en las redes sociales bromeaban y señalaban que Duarte desde Guatemala había mandado el Sol para que todos votaran.
Mamá, este año no hubo luchas, ¿Verdad? No hijo, este año no. ¿El próximo año habrá? No lo sé hijo.
Marcelino se rasca un pie y recuerda el otro. No hubo luchas. Marcelino comienza a crecer encabronado.
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