Por Atticuss Licona

Pascual Lagunes, el otrora poderoso líder sindical de TAMSA, se desvanece bajo los pies de la juez de control. Ella le negó la prisión domiciliaria y la impresión le causó una arritmia cardiaca que lo tiene tendido sobre la fresca losa del burocrático lugar.
Se nos va a morir en el piso, hay que llevarlo de urgencia a un hospital, advierte el hermano del exlíder. Soy doctor y le advierto que si no lo llevamos de urgencia se nos puede morir.
La juez suda frío. El candente sol del mediodía hizo estragos en el aire viciado del lugar que aún de noche dibuja sombras ondulantes en las ventanas. ¿Qué hago? Piensa la juez mientras apresurada camina en semicírculos alrededor de Pascual que muestra aterradoramente las escleróticas con los párpados a medio cerrar. ¿Y si se me muere aquí, qué cuentas entrego?
El hombre que yace en el suelo ha estado encarcelado en tres ocasiones en el transcurso de su vida. A los 19 años cayó preso por involucrarse en la muerte de un trabajador; en los ochentas estuvo unos meses detenido por fraude; y en 1990 lo volvieron a encerrar por delitos de sedición, motín y daños contra la planta TAMSA.
Un hombre de su experiencia e historial debería estar tranquilo, pero ahora es distinto. Pascual tiene 65 años y tiene miedo de quedarse en prisión por cuarta vez, un miedo sintomático que le produce arritmia y lo desmaya.
Minutos después, recupera el sentido e intenta levantarse. Todo a su alrededor es confusión. Gritos y un continuo entrar y salir de policías. Se incorpora unos centímetros y el violento calor lo golpea en el rostro. Identifica a la juez de control que habla en su teléfono celular pero Pascual no logra entenderla porque su voz se va haciendo más grave a cada sílaba. Se desvanece nuevamente y el suelo fresco le recuerda la tierra húmeda bajo los árboles donde se tumbaba cuando era un niño en el Limoncito, localidad del municipio de Cotaxtla. Pascual balbucea ¡Qué fresca era la vida bajo la sombra de esos árboles!
Juez, está delirando, le digo que si no nos lo llevamos se nos va a morir aquí. ¿Pero Usted es doctor? Sí, soy doctor, ya se lo dije. La jueza toma una decisión y llama a la ambulancia. Usted será muy doctor, pero también es su hermano, necesito que alguien del IMSS certifique su estado.
Horas después, dos gordos camilleros con las grasosas batas abiertas suben a Pascual a una ambulancia. Ambos miran al paciente, es un hombre delgado entrado en canas, pálido como el arroz y tan débil que no es capaz de sostener el brazo mientras le toman la presión arterial. Cualquier pajarillo tendría más vitalidad.
Pascual pasa unas horas en el Centro Médico del IMSS de la avenida Cuauhtémoc en la ciudad de Veracruz, lo estabilizan y en la misma ambulancia es devuelto al Penalito con la salud intacta pero el ánimo caído.
¿No funcionó? Le pregunta el custodio al exlíder de TAMSA. No, no funcionó, contesta Pascual con la sonrisa ligera de quien falló en la travesura. Don Pascual Lagunes padece de presión alta y diabetes, y arriesgó la vida para continuar en prisión domiciliaria el proceso penal que se le sigue por homicidio doloso agravado, lesiones dolosas, portación de arma de fuego de uso exclusivo del Ejército y terrorismo. Antes de acudir a la audiencia con la juez de control se había tomado de un jalón una botella de 3 litros de Coca Cola, la chispa de la vida que le provocó la arritmia cardiaca y que estuvo a punto de matarlo.
¿Le consigo otra Coca? Jajajajaja, no gracias mi amigo… esta noche quiero descansar, ya habrá tiempo de pensar en otra cosa.
La celda es un sauna, acaso un poco mejor que la prisión de Javier Duarte en Guatemala. Pero el piso es fresco. Se quita los botines, los calcetines Orliven y con los pies descalzos toca el suelo. Cierra los ojos y recuerda la húmeda tierra bajo los árboles en el Limoncito y se autoconsuela ¡Qué fresca era la vida bajo la sombra de esos árboles!
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