La celeridad con que fueron aprehendidos los 4 presuntos homicidas del comisario de la Policía Federal ultimado el sábado anterior en Cardel, en vez de que suscite la admiración popular desata una serie de reproches sobre el porqué en este caso sí fue efectiva esa corporación y no lo ha sido en los cientos y miles de asesinatos de anónimos mexicanos cuyo recuerdo sigue esperando justicia.

Tal como fue profusamente informado, el fin de semana falleció víctima de un ataque perpetrado por un comando, en un restaurante de Cardel, el comisario de la Policía Federal, Juan Camilo Castagne Velasco, un hombre que, según los testimonios de sus colegas y jefes, era un elemento ejemplar que proporcionó grandes beneficios a la corporación para la investigación y persecución de los delitos.

Cinco días después son detenidos los cuatro presuntos responsables, en compañía de otros seis, durante un operativo en la capital poblana.

 Está muy bien la eficaz coordinación de la PGR, la Gendarmería Nacional y la Policía Federal. Juan Camilo lo merece. Siguen pendientes copiosos expedientes de mexicanos que igualmente han sido masacrados por las balas de criminales sin entrañas.

Continúen con ese nivel de eficacia, porque además hay que recordar algo más: los criminales se atreven a tanto gracias a que las corporaciones se han asociado con ellos y les han permitido proliferar a su gusto.