Javier Duarte de Ochoa gustaba en presumir de su cercanía con el presidente de la república, que le exhortaba a “no fallarle” en la designación del candidato priista al gobierno, y mandaba el mensaje subliminal de que él sería el factor en el “destape”. También presumía de “su” mayoría en el Congreso local, al grado de que “si quisiera podría cambiarle el nombre a Veracruz”, y en tono chusco dejaba en el aire que pudiera denominarse “Duartilandia”. Si bien estaba complicado que el presidente le dejara la decisión de la candidatura priista, en lo segundo la petulancia tenía como base la oprobiosa corrupción en la LXIII Legislatura, desde la presidencia a las Comisiones legislativas. Ese es un capítulo que debe ser rescatado del olvido para exhibir públicamente a quienes desde el Poder Legislativo acompañaron a Duarte en el atraco a Veracruz.