Política al día
Por Atticuss Licona
30 de junio de 2017

El joven Edgar vive al día y pasa las horas atendiendo mesas con una amplia sonrisa en el rostro en el Fiesta Inn, Xalapa. A leguas se le ve que es un buen hombre, pero ante la pregunta de si conoce a algún diputado local de Veracruz o sabe el nombre de algún Secretario, duda. Pero en la pregunta no hay truco y se desdobla grácilmente cuando dice No, no sé el nombre de ningún Secretario y eso que aquí vienen muchos políticos. ¿Y diputados locales? Uuuhhhmmm, masculla al tiempo que busca en su palacio mental la respuesta. Sí, claro, a Ricardo Ahued, contesta sonriendo mientras sirve el café americano y se explaya en elogios para el ex diputado y ex alcalde de Xalapa.

Minutos después, aparece por los pasillos un hombre que cojea. Se presenta unos quince minutos de retraso a la entrevista pero su excusa es de las que vale, no la clásica charada del tráfico. Me quedé encerrado, confiesa apenado, se descompuso el portón eléctrico y no podía salir, lo pude arreglar pero eso me demoró.

Ricardo Ahued resultó no solo ser un buen vendedor de plástico, alcalde y legislador, sino que también resultó un buen mecánico. En esta vida es necesario saber hacer de todo, y como él asegura a sus sesenta años, o se deja legado o se deja relato.

Ahued quiere dejar legado, eso queda claro para cualquier persona que pueda platicar con él. Fue un diputado controvertido, y en la política siempre se ha conducido como un ciudadano impulsado por los partidos.

A los pocos minutos de la charla, anega el ambiente con reflexiones profundas. La cosa en el país está que arde, advierte, y tenemos que hablar sin que nos duela. “No se necesita gente harvariana para gobernar, se necesita humanizar la política. Ningún partido va a cambiar, pues hoy en día el sistema está por encima de cualquier partido. Al final de cuentas los dirigentes son seres humanos en una sociedad convulsionada. Lo que se necesita, es un cambio de timón en la Presidencia, se necesita alguien que ponga orden”.

Sus palabras hacen eco y retumban en el amplio restaurante a esas horas desolado. Y las fibras que van tocando remueven profundas sensaciones enraizadas, anhelos que es difícil detectar desde cuándo existen. Son, si se me permite el símil, ideas decimonónicas, precolombinas, o mejor aún, ideas de infancia cuando no había maldad y los sentimientos eran puros. Habla de un mundo maravilloso donde todo se compone con voluntad “Si el gobernante no deja que pase nada… no pasa nada”.

Ahued advierte que en política hay que actuar con sentido común ¿De qué sirvió tanta escuela? Yo lo que puedo dar son ideas -asegura mientras sorbe un café que se le ha enfriado-, no doy consejos porque no soy sabio, pero no se debe reinventar el mundo, en cada área hay una mujer y un hombre que puede dar resultados.

Los cafés se terminan y el joven Edgar se acerca a rellenar las tazas. Don Ricardo, le digo, antes que Usted llegara Edgar lo recordó con cariño. Claro, cómo no, exclama Ahued. Es un reencuentro que podría ser de amigos. Edgar y Ricardo se saludan como si jugaran futbol todos los domingos. Hay sencillez en el trato pues hasta el vestir es austero. Ambos platican unos instantes y descubro que frente a mí, tengo a un político en el que lo que no cabe, es la soberbia.

Se necesita un cambio de timón, se necesita alguien que ponga orden. Son las palabras que se mantienen adheridas a la mente… ¿Dónde? ¿Dónde he oído eso?

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