Ambos llegaron al poder impulsados por el gobernador que los “hizo” políticamente, “inventó” traduciría mejor la realidad. Ambos muy jóvenes y sin experiencia política, condición por la que sus padrinos pensaban prolongar su mandato. Ambos sufrieron increíble metamorfosis una vez en el poder: uno pensó que podía ponerle “duartilandia” al estado no más de quererlo y el otro se consideraba un León. Ambos endeudaron la entidad que les tocó “gobernar”; ambos alegaban dejar un legado estupendo a sus gobernados. Ahora al despertar de su vorágine soñadora, ambos, Javier Duarte de Ochoa y Roberto Borge Angulo, se encuentran tras las rejas, uno en Guatemala, otro en Panamá. A ambos, el destino los alcanzó.