Rúbrica
Por Aurelio Contreras Moreno

En su cruzada por hacerse del poder a toda costa, está visto que el líder del Movimiento de Regeneración Nacional, Andrés Manuel López Obrador, está dispuesto a aliarse con quien sea, sin importar lo que represente, si esto beneficia sus aspiraciones políticas personales.

Dos notas de este fin de semana hacen prueba plena de la anterior afirmación: una es la aceptación, 29 años después, del fraude en las elecciones presidenciales de 1988 por parte de quien entonces era el secretario de Gobernación y encargado de la organización de aquellos comicios, Manuel Bartlett Díaz.

La cínica y tardía “revelación” de Bartlett de que Carlos Salinas de Gortari no ganó las elecciones de 1988 no es gratuita: el ex priista quiere permanecer dentro del ánimo del lopezobradorismo que lo cobijó tras su salida del PRI y que lo impulsó a llegar por la vía plurinominal a la Cámara de Senadores en 2012, en ese entonces bajo las siglas del Partido del Trabajo.

La otra nota fue la adhesión de Lino Korrodi al “Acuerdo Político de Unidad” promovido por Morena por todo el país y que este fin de semana se firmó en el estado de Sonora.

Sí. El mismo Lino Korrodi que fundó la organización “Amigos de Fox”, ésa que fondeó la precampaña y la campaña presidencial de Vicente Fox Quesada, y a través de la cual éste impuso su candidatura al Partido Acción Nacional en el año 2000.

Ya como presidente, Fox no le cumplió a Korrodi –como tampoco le cumplió nada de lo prometido a todos los mexicanos- y ambos rompieron relaciones. Hoy, el empresario sonorense se acerca a López Obrador para ver si ahora sí le “hace justicia la revolución”.

Por supuesto que el tema no es quién se quiera acercar y adherir al movimiento de López Obrador, sino que éste los reciba gustoso. De Barttlet, ya mencionamos que el lopezobradorismo, en ese entonces agazapado en el PT, lo llevó al Senado de la República sin importar sus antecedentes, que además de la operación del fraude electoral de 1988, incluyen la presunción de la autoría intelectual del asesinato del periodista Manuel Buendía así como de la protección de los narcotraficantes que ejecutaron al agente de la DEA Enrique Camarena, todo durante el sexenio de Miguel de la Madrid, de quien este personaje fue, como ya se refirió, secretario de Gobernación.

Sobre el caso de Lino Korrodi, Andrés Manuel López Obrador respondió este mismo domingo con una perla de su pragmatismo más mesiánico: “nosotros consideramos que la gente que se está uniendo a Morena para transformar al país lo hace de buena fe. Y si han cometido errores, que todos los seres humanos merecemos una nueva oportunidad. No es posible que el que cometa un error ya está condenado a la marginación, a estar estigmatizado de por vida, creo que se vale rectificar en la vida y que hay que aceptar a todos, mujeres y hombres de buena voluntad que quieren luchar por un verdadero cambio”.

No es la primera vez que López Obrador ofrece la “redención” política a quien lo reconozca como líder, sin importar que poco antes hubiera pertenecido a partidos o grupos de lo que él llama “la mafia del poder”. Sin más, a varios de estos personajes Morena los ha hecho candidatos a puestos de elección popular. Pero cuando son exhibidos cometiendo actos de corrupción, como sucedió en el caso de la desaforada diputada por Coatzacoalcos II Eva Cadena Sandoval, entonces se desentienden, hablan de infiltraciones y se rasgan las vestiduras, mientras juran que todos los demás fieles de la “iglesia” lopezobradorista, son impolutos. Mientras no les “caigan en la maroma”, por supuesto.

El problema de fondo es que, en realidad, el movimiento lopezobradorista y Morena como partido son un mazacote sin identidad política ni sustento ideológico, que a pesar de navegar con la bandera de la izquierda albergan un sinfín de prejuicios ultraconservadores, en donde todo gira alrededor de un solo hombre que, por si fuera poco, se cree infalible.

Y que en la búsqueda desesperada del poder, está dispuesto a pactar con quien sea, lo que sea.

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