Por David Quitano
20 de julio de 2017

Ningún instante tiene justificación más allá de sí mismo

Nietzsche

Llegó el traidor, desde el auto destierro, aquel individuo que de acuerdo a la información que abundan en declaraciones oficiales y medios de comunicación, es el mayor culpable del estado en que se encuentra la entidad veracruzana.

Mientras tanto, se cumplía el plazo y transcurría el día 18 de julio, y nada, los que esperaban en el ágora de la plaza ávidos de que cuando menos un linchamiento se ejerciera, hallaron que quienes tenían que emitir la solvencia para una futura sentencia con la cual el verdugo hiciera su papel, para degollar de una vez por todas el monumento tropical de la corrupción en carne viva, se enfrentaron en ese momento, con que no contaban con elementos tan solventes para llevar a buen puerto dicha ejecución.

Esto, bien se parece a una novela mexicana, que pudiese haber sido escrita por Fuentes o Spota, es claro que la historia apenas comienza; ya en tierra Azteca, el exgobernador de Veracruz parece que marcará los tiempos públicos, ya que cada palabra será replicada como contenedor de todos los males del mundo salidos de la caja de pandora.

Lo que se entendía como un misil expansivo, que lograría fragmentar el régimen partidista, no ha terminado por significar nada para la ya de por sí atomizada sociedad, que se encuentra cada vez más envuelta en embelecos propios de un abismo de información desagradable referente a la manera en que la cosa pública se desenvuelve.

Parece un solipsismo, no hemos logrado cambiar dicha trayectoria que se alimenta persistentemente de ejemplos de todos los frentes y representaciones políticas. Las noticias son un espacio en el cual se destila sangre, incredulidad y pesimismo, dejando por resumen el unísono social: “Teníamos razón, cuando llegara Duarte a México las leyes no le iban a hacer nada”.

Que difícil nos parece a todos cuando miden con varas distintas las mismas cosas. Total que nuestro presente histórico se posiciona en tan sólo el punto en el que coinciden la nostalgia llena de añoranzas de mitos que alimentan la “mesiánica esperanza” de que todo mejore.

Esa condición es nuestro principal déficit social, pues aunque nuestro añorado Quetzalcóatl se presentara llegando de Aztlán, y nos colmase de prosperidad, nuestros patrones hilvanados a través de sucesos a lo largo de los siglos, nos harían seguir en la eterna mezcla de lamentos y esperanzas que nos deben dejar de caracterizar como sociedad( Zunzunegui, 2017).

Todo se construye hoy, aquí y ahora, la justicia mexicana debe presentarse solvente y dar muestras de eficacia, para dejar atrás el ideario colectivo lleno de lugares comunes y de contenido ficticio, a fin de comenzar a edificar espacios de mejor desarrollo, ya que continuar nombrando culpables de todo, nos mantendría postrados a la desgracia.

Todos los países y los pueblos tienen mitos, ante todo porque la idea de ser un pueblo solo puede existir a través de mitos compartidos por una comunidad. Es buen tiempo para que la sociedad mexicana comience a platicar en el seno de las familias que: la ley se respeta, y en función de esta condición se fragua el éxito social.

Al final, somos quienes creamos la realidad que nos circunda, con nuestra dialéctica y acciones, entrelazando esto, se construyen historias nacionales.

La ficción seguirá alimentando el horno del morbo, quizás simbolizando para el individuo una ceguera selectiva, que nos adentra a la jaula de la identidad. Simultáneamente, una de las ventajas de vivir en una economía de mercado, es que esta trayectoria se puede enderezar y mejorar, todo depende de nosotros; cabe reflexionar ¿Qué estamos haciendo para contribuir que todo sea distinto y no haya más Duartes?