Veracruz- 2017-07-1209:30:27- Israel Hernández

En México los refugiados no importan: la violencia de la que escapan decenas de migrantes centroamericanos tarde o temprano los alcanzará como a Edwin Rivera Paz, el periodista hondureño asesinado el pasado domingo a plena luz del día en un barrio popular de Acayucan.

El crimen del camarógrafo del programa ‘Los Verduleros’ solo ha visibilizado una crisis humanitaria de escala internacional que, hasta hace apenas 6 meses, pasaba desapercibida entre organizaciones no gubernamentales, el gobierno mexicano y organismos como la Agencia de la ONU para los refugiados.

Rivera Paz era uno de los más de 60 migrantes que cada mes arriban a Acayucan para iniciar el proceso de solicitud de refugio: personas que ven en México una segunda oportunidad de vida y un escape de la realidad que azota Guatemala, Honduras, El Salvador o Nicaragua: secuestros, homicidios, pobreza, hambre y falta de empleo.

Poco se sabe del móvil del asesinato del periodista. Hasta ahora la Fiscalía General del Estado, que ya es apoyada por instancias federales, no ha ofrecido una postura clara.

Lo que sí se sabe, dicho por sus compatriotas que aún resisten en Acayucan y Oluta, es que Edwin estaba interesado en documentar los obstáculos y desafíos que atraviesan los migrantes en un país también atestado de violencia.

El camarógrafo

Después de que el 17 de enero mataron a Igor Padilla en San Pedro Sula, Honduras, el staff de Los Verduleros no lo pensó dos veces: su estancia en ese país representaba la muerte a pesar de las promesas de su gobierno de garantizar su seguridad.

Rivera Paz cruzó Guatemala y se internó en Mexico, donde el personal del Instituto Nacional de Migración lo detuvo porque su estancia carecía de legalidad. Entonces advirtió sobre su situación y el grave riesgo que enfrentaba: “Si regreso a Honduras, me matan”, diría a los agentes del INM.

Creyó que Veracruz era un lugar seguro o, al menos, donde podía obtener el asilo con ayuda del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Espigado, de al menos 1.80 metros de altura, Rivera Paz llegó al albergue de migrantes Monseñor Guillermo Ranzahuer González, en Oluta, para solicitar informes sobre los pasos a seguir para ser un refugiado.

De acuerdo al sacerdote Ramiro Baxin Ixtepan, encargado del albergue, el camarógrafo solo estuvo un par de días en el sitio, decidió continuar con el trámite al amparo de la buena suerte y el apoyo de algunos compatriotas en la ciudad de Acayucan.

Poco se sabe sobre cómo subsistió durante los últimos 2 meses. Conocidos afirman que trabajó en un bar de la ciudad. Otros dicen que recibió apoyo económico de amigos radicados en su país.

Las noticias sobre sus días en México fueron escasas. En realidad nadie sabía que radicaba en la región sur de Veracruz hasta el domingo pasado, cuando fue asesinado.

Postrado en el pavimento de una de las colonias más ‘calientes’ de Acayucan, se recuerdan a quien fuera pilar en la producción del programa Los Verduleros.

A tres días del homicidio, peritos de la Fiscalía General del Estado, resguardados por la Policía Estatal y elementos de la Secretaria de la Defensa Nacional, intentan determinar la mecánica de hechos.

Aunque intentan minimizar su presencia en el lugar, los soldados están alertas en todo momento: en menos de un año ese barrio acayuquense ha presenciado el asesinato de cuatro personas en un bar y el plagio de dos más.

Los representantes del Consulado de Honduras en Veracruz han dicho que Rivera Paz gozaba -si así se le quiere llamar- de protección complementaria de la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados en tanto conseguía la anuencia del ACNUR.

Para Rubén Figueroa, vocero del Movimiento Migrante Mesoamericano, el asesinato del periodista evidenció la falta de criterio y sensibilidad del Estado mexicano en la protección de periodistas y migrantes en alto riesgo.

Tras el asesinato de Edwin Rivera, uno de sus hermanos y un amigo cercano dejaron Acayucan porque estaba demostrado que la muerte podía llegar muy pronto.

Ni siquiera se quedaron para darle el último adiós al colega que, según las autoridades consulares de Honduras, será llevado a su ciudad natal para sepultarlo allá.

En tanto esto ocurre, nada ha aportado la FGE para esclarecer este crimen que ya fue condenado por organizaciones como Reporteros Sin Fronteras y Artículo 19.

Un lugar para los refugiados

En el albergue Monseñor Guillermo Ranzahuer González tienen muy claro que no todos los migrantes buscan mejores oportunidades de vida ni un empleo más remunerado. El centro encabezado por el sacerdote Ramiro Baxin, se ha convertido en un oasis de esperanza en medio del terrible desierto de la exclusión.

“Hay una necesidad de la persona migrante de permanecer en México para poder trabajar y estar alejado de la violencia insostenible en sus países de origen”, explica el padre.

Según los cálculos del sacerdote católico, las solicitudes de refugio en Acayucan se han duplicado en el último año. Cada mes, precisa, la cifra de migrantes en esta condición suma entre 20 y 40 casos.

“El albergue tiene capacidad para 50 migrantes, pero a veces nos vemos rebasados. Tenemos un proyecto para tener un centro para 250 personas, sin embargo apenas es una aspiración”, detalla.

IMAGEN del Golfo buscó hablar con los representantes de ACNUR en Acayucan, pero ayer martes las oficinas estuvieron cerradas.

Costly, amenazado

En el rostro de Costly se asoma la tranquilidad de estar alejado de esa maldita ciudad llamada Tegucigalpa, Honduras, donde lo asaltaron y amenazaron de muerte.

Desde hace dos meses vive en México a la espera de que Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados expida el documento con el que podrá trabajar sin problemas legales en cualquier lugar de México.

Ha tenido que aprender a vivir lejos de sus dos hijos y con la zozobra de que no sea perseguido por quienes lo amenazaban y hostigaban mientras viva en Centroamérica.

En Honduras dejó todo. Su trabajo como profesor de educación física lo cambió por el artesanal oficio de adornar espejos y otros artículos de decoración. El calor de casa lo sustituyó por el compañerismo del albergue. Todo ha cambiado.

“Salí de allá porque me asaltaron y golpearon en un barrio de la ciudad. Me quitaron todo lo suficiente para saber dónde y con quién vivía. Cuando me dijeron que sería secuestrado tuve que venirme a México. Nada me garantizaba vivir”, dice.

Ocho semanas después de abandonar su país también sabe que en territorio mexicano la muerte está a la vuelta de la esquina: Costly es uno de los pocos hondureños que sabia que Edwin Rivera no había dejado su pasión por documentarlo todo.

Al igual que el resto de sus compañeros migrantes, desconoce si el asesinato de Edwin está ligado a un hecho reciente o al pasado que lo condenó, a través de los Maras Salvatruchas, en San Pedro Sula.

Costly lo tiene muy claro: una vez que tenga en sus manos el estatus de refugiado seguirá su camino hacia otra ciudad del país, donde no sea presa de la violencia.

AGENCIA IMAGEN DEL GOLFO