De interés público
Emilio Cárdenas Escobosa
27 de julio de 2017

 

Ahora que ha salido a la luz en la investigación ministerial en el caso Javier Duarte que el ex gobernador tenía una “novia” a la que, además de hacerla funcionaria de su gobierno, le compró una lujosa camioneta y un departamento en la capital del estado, viene a la memoria lo que siempre fue un secreto a voces en los últimos dos sexenios en Veracruz: en las estructuras de gobierno se daba un verdadero torneo entre funcionarios de primer nivel para ver quien tenía más mujeres.

Se trataba de lucir a sus asistentes, secretarias, colaboradoras o como quiera usted llamarle, bellas jóvenes con cuerpos de gimnasio, atuendos de infarto, edecanes y mujeres de mirada esquiva y falso reír. Era común ver a esos talentos de televisión en sus oficinas, en los restaurantes que frecuentaban, en sus giras de trabajo, y desde luego en sus nóminas o en la de otros funcionarios amigos con quienes intercambiaban favores para dar cabida a ese ejército de empleadas de gobierno o becarias del funcionariado concupiscente.

Si el “patrón”, léase el gobernador, se daba esos gustos y eran la comidilla las anécdotas sobre sus amoríos y era timbre de orgullo para ellos despertar la codicia y admiración de sus subordinados, cómo se iban a quedar atrás algunos secretarios del despacho, diputados, jerarcas de organismos públicos, o cualquiera con poder y hormonas alborotadas, algunos de los cuales eran los alcahuetes o proveedores del feliz mandatario. Para nada. Ellos tenían que emular al líder de la manada, al macho alfa, y tejer sus propias historias de alcoba. Para eso contaban con el presupuesto.

Así, se fue generando una dinámica en la que osadas jóvenes, o no tan jóvenes, sabían cómo acceder al disfrute del poder, obtener dinero, alhajas, viajes, autos de lujo, departamentos o casas. Para eso servían sus encantos y a la mano estaban funcionarios ganosos que se daban gusto con el uso del poder y de los recursos que ello posibilita. Sin control ni vigilancia, ellos podían hacer y deshacer a su antojo de los presupuestos de sus dependencias.

Este texto no tiene intención alguna de ser un alegato moralista, pues cada quien sus hobbies y escala de valores, al cabo que son asuntos de la vida privada, pero lo relevante de esto y que adquiere interés público es que esas relaciones se pagaron –o siguen pagándose- con recursos públicos. Con dinero de nuestros impuestos, con fondos que debían tener un destino distinto se financió ese festival de la carne, la pasión prohibida y se satisfizo el ego de los servidores públicos y los caprichos de sus damiselas.

Van algunas estimaciones conservadores de lo que representó esa sangría a los recursos de la hacienda de Veracruz.

Alrededor de 50 mil pesos es el costo de una cirugía de implantes en los senos. Una cirugía plástica de nariz otro tanto. Una camioneta ronda los 600 mil pesos, las más baratas. Una casa o un departamento en zonas de clase media alta no baja de 2 millones y medio de pesos. Una escapada de fin de semana o de un par de días en “gira de trabajo” a un destino turístico nacional, volando en primera clase, en un buen hotel con paseos, comidas y bebidas generosas no sale en menos de 100 mil pesos.

¿Y el pago de gastos mensuales, depositados en tarjeta de crédito? ¿Le gustan otros 100 mil pesos? Para su gimnasio, ropa, zapatos, salones de belleza y cualquier erogación necesaria para mantenerlas bellas y a la moda.

¿Y las cenas románticas, con buenos vinos, viandas de primera y caros estimulantes? ¿Y los viajes de compras a la Ciudad de México o al extranjero? Esa cifra calcúlela usted. Seguro que estima cifras de miles o cientos de miles de pesos.

¿Lleva usted la cuenta?

Y qué pasa si no era una sino dos o tres las afortunadas que simultáneamente andaban con el funcionario, que cobraban en dos dependencias o que pasaban por su sobre, lógicamente la cifra se multiplica.

Son muchas las historias que se cuentan de lo que fue esta singular competencia entre funcionarios adictos a los placeres de la carne.

Y si la competencia era ver quien tenía más mujeres y quien las atendía mejor, estamos hablando de muchos millones de pesos que se destinaron a ese innoble fin. Muchos millones, cientos quizá, que pagaron los afanes amatorios de los jóvenes y no tan jóvenes funcionarios de la fidelidad y del duartismo. Y esas erogaciones, muy difíciles de documentar, ahí quedan, pues no hay auditoría que las detecte.

Puede parecer fantasioso y exagerado este recuento de dinero desviado en el hedonismo de burócratas de altos vuelos, pero es solo muestra de una dimensión poco explorada del saqueo a Veracruz en los últimos doce años.

Así se las gastaban en la fidelidad y en el duartismo. ¿Nombres, ejemplos? Quienes han estado inmersos o conocen las tripas, usos y costumbres de la administración pública veracruzana en los años recientes lo saben. Quienes han seguido los casos de las famosas Barbies y Reinis también. Son famosas las anécdotas de cómo se adaptaron en despachos de titulares de secretarías, acogedoras habitaciones como en el mejor hotel. Como era sabido el desfile de féminas por esos espacios, entrando por la cochera de Palacio de Gobierno. O el pago de cirugías plásticas para embellecer a sus amores al gusto del obsesivo funcionario. Living la vida loca.

Émulos de Casanova, gracias al dinero de los veracruzanos.

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