CAMALEÓN
Por Alfredo Bielma
08 de julio de 2017

Narra Heródoto (484-425 a. C) que a la muerte de Cambises, gobernante Persa, tres de sus posibles sucesores sostuvieron un interesante desencuentro dialéctico sobre la forma de gobierno: “Aconsejaba Otanes que los asuntos se dejasen en manos del pueblo. Es mi parecer que ya no sea más soberano de nosotros un solo hombre, pues ni es agradable ni provechoso… ¿Cómo podría ser cosa bien concertada la monarquía, a la que le está permitido hacer lo que quiere sin rendir cuentas? … en cambio, el gobierno del pueblo ante todo tiene el nombre más hermoso de todos, isonomía (igualdad de la ley)… rinde cuentas de su autoridad, somete al público todas las deliberaciones. Es pues mi opinión que abandonemos la monarquía y elevemos al pueblo al poder porque en el número está todo”.

No era de la misma opinión Megabiso: “… nada hay más necio ni más insólenme que el vulgo inútil, de ningún modo puede tolerarse que, huyendo de la insolencia de un tirano, caigamos en la insolencia del pueblo desenfrenado, pues si aquel hace algo a sabiendas lo hace, pero el vulgo ni siquiera es capaz de saber nada… Nosotros escojamos un grupo de los más excelentes varones, y confiémosles el poder… y es de esperarse que de los mejores hombres partan las mejores soluciones”.

Terció Darío: “Lo que tocante al vulgo ha dicho Megabizo me parece atinado pero no lo que mira a la oligarquía, porque de los tres gobiernos que se nos presentan, y suponiendo a cada cual el mejor en su género- la mejor democracia, la mejor oligarquía y la mejor monarquía-, sostengo que esta última les aventaja en mucho. Porque no podría haber nada mejor que un solo hombre excelente, con tales pensamientos velaría irreprochablemente sobre el pueblo y guardaría con el máximo secreto las decisiones contra los enemigos… Cuando, a su vez, manda el pueblo es imposible que no surja maldad, y cuando la maldad surge en la comunidad…los que hacen daño a la comunidad son cómplices entre sí.

Tampoco Sócrates ni Platón solían expresarse en buenos términos de la democracia, única forma política que conocemos en México después del frustrado intento imperialista de Carlota y Maximiliano, pero que en realidad ha sido un sueño y como los sueños, sueños son, pues, ya instalada la Democracia, la Dictadura de Porfirio Díaz  se vistió de tal si nos atenemos a que fue electo por “la voluntad ciudadana”.

Atribuimos al Partido Revolucionario Institucional todos los males que ocurren en México, explicable porque antes de la alternancia por muchas décadas fue el partido gobernante en México; sin embargo, no reflexionamos que la clase política se renovaba y/o entreveraba cada seis años en un relevo pacífico, casi imperceptible, convirtiendo cada sexenio en una alternancia política sin provocarle al Sistema un cisma estructural riesgoso para su existencia.

Esa hegemonía no fue solo producto de la ambición de poder, también contribuyó la destreza para conservarlo, ejecutando los ajustes necesarios para acomodar al Sistema Político y al marco normativo a las circunstancias cambiantes. Así devino la pluralidad, como un abrir de válvulas para desfogar la presión social y política.

Pero nada es para siempre, pues esa sucesión continuada llegó al tope cuando al PRI no le quedó de otra que acompañar al gobierno aun en decisiones lesivas para la población; con las recurrentes crisis económicas y monetaristas, el Partido se apartó del incremento salarial, no acompañó a las protestas populares contra el alza en el precio de artículos de primera necesidad, al grado que en las década de los ochenta y noventa, en el PAN sus dirigentes presumían que el gobierno adoptaba sus propuestas.

Con la pluralidad “ideológica” se incubó la complicidad de la clase política, dio origen a la partidocracia, fenómeno a través del cual la elite política reparte las canonjías del poder. Es grande el contubernio, con sus matices: PRI, PAN, PRD, Verde Ecologista, Movimiento Ciudadano, PT, PES, son partícipes de un gran botín auspiciado por lo que llamamos Democracia, aunque Oligarquía disfrazada es.

Así llegamos adonde estamos. Muy atrás ha quedado el concepto de política como actividad humana orientada a la búsqueda de la solución de los problemas colectivos, como emblema de autoridad moral para un estricto manejo del poder. Ahora, de aquel cínico “orgullo de mi nepotismo” del presidente López Portillo, hemos degenerado en procesos electorales que legitiman el usufructo del poder por familias enteras en perjuicio de la política misma. Lo podemos comprobar en Veracruz, pues en el reciente proceso electoral, a través del voto ciudadano se otorgó salvoconducto para que esposas, hijos, hermanos, primos de los actuales alcaldes, en 30 municipios continúen en la voracidad presupuestívora de sus antecesores, encubriendo, además, sus irregularidades. Un continuismo perverso, fomentado desde los partidos políticos, claro, con apego a la ley y con afán democrático.

alfredobielmav@nullhotmail.com

8- julio-2017