Muy atrás ha quedado el concepto de política como actividad humana orientada a la búsqueda de la solución de los problemas colectivos, como emblema de autoridad moral para un estricto manejo del poder para ayuda de todos. Ahora, de aquel cínico “el orgullo de mi nepotismo” dictado por el presidente López Portillo hemos degenerado en procesos electorales que legalizan el usufructo del poder de familias enteras en perjuicio de la política misma. Lo podemos comprobar en Veracruz, pues en el reciente proceso electoral, a través del voto ciudadano, se otorgó salvoconducto para que esposas, hijos, hermanos, primos de los actuales alcaldes en 30 municipios continúen en la actividad presupuestívora de sus antecesores, cubriendo, además, sus irregularidades. Un continuismo perverso, fomentado desde los partidos políticos, claro, con apego a la ley.