Antaño, apenas entrado el siglo XX y aún a mediados del mismo los maestros de primaria y secundaria utilizaban la “regla” para castigar a quienes no respondían con acierto, llegaban incluso a abofetear a los alumnos mal portados o evidenciarlos frente al grupo cuando se pasaba al pizarrón, nadie protestaba, era “normal”, entonces corría el dicho “las letras con sangre entran”. Se aprendía sin duda. La remembranza viene a cuento por las exageradas multas introducidas por la administración duartista en la Ley de Tránsito, mismas que el actual gobierno dejó sin efecto porque ran un atentado contra la economía familiar. Aunque no se crea, aparecen críticas a esa medida pues, dicen, así nadie va a dejar de usar celular mientas conduce un vehículo, es decir, la única manera para corregir es golpeando el bolsillo de la gente. Es cuestión de enfoque, porque si bien es necesario poner un hasta aquí a la imprudente combinación de conducir y usar el celular, las multas que imponía la anterior disposición atentaban contra la economía del infractor en tiempos en que el horno no está para bollos.