CAMALEÓN

Es verdad que Javier Duarte de Ochoa guarda información política de privilegio, nada accesible para quienes moramos en el llano pues se desempeñó como titular del Poder Ejecutivo del Estado de Veracruz. Desde el proceso de su escogimiento como candidato del PRI al gobierno veracruzano hasta su relación política con el actual presidente de la república se configura un expediente de singular importancia. Fue el candidato de Fidel Herrera para cubrirle las espaldas porque atendía cabalmente ese perfil y en el PRI no hubo reparo alguno.

Es curiosidad científica hurgar en el origen de un docenato que resultó trágico para Veracruz; sin embargo a la palabra de Duarte habría que ponerle lupa gigantesca en rigor de la verdad histórica, porque según es su costumbre dibujaría una historia muy ajena a la realidad, aunque, por otro lado, es posible atenerse al refrán que refiere: “los niños y los borrachos dicen la verdad”.

Campo fértil habrá encontrado el grupo de Peña Nieto, entonces aspirante a la presidencia de la república pero gobernador todavía, para allegarse la adhesión de gobernadores del perfil duartista, Humberto Moreira, Roberto Borge y Rodrigo Medina, los otros, quienes ya en el “pinche” poder, con abundante dinero a su disposición, carentes de psicología política (malicia le dicen), inocentes en la operación de un quehacer que jamás aprendieron porque no hay talento para desarrollarlo, fueron fácil víctima de la nomenklatura gobiernista.

Todo político con talento para desempeñarse con éxito está incubado con cierta dosis histriónica, que bien desarrollada conlleva a facilitar su práctica en el escenario social, pero cuando esa facultad no se despliega a plenitud termina siendo un mal actor y raya en lo cómico.

¿Será el caso de Duarte de Ochoa? Quizá. En un intento por explicarlo debemos enmarcar hechos, uno de los cuales radica en el paralelismo existente entre el caso Quintana Roo y Veracruz, en ambos sus gobernadores dejaron sucesores a modo, González Canto impuso a su hechura, Roberto Borge, de apenas 30 años, sin experiencia política alguna, con el consabido propósito de prolongar su hegemonía y salvar sus culpas, igual que hizo Fidel en Veracruz con Duarte de Ochoa. A ambos los engulló el pulpo federativo, inocentes al fin, escucharon el canto de las sirenas, quisieron nadar en aguas profundas y se creyeron impunes al amparo de las complicidades. Ambos sufrieron increíble metamorfosis una vez en el poder: uno pensó que podía ponerle “duartilandia” al estado no más de quererlo y el otro se consideraba un León (“El león nunca voltea cuando un perro ladra”, decía a sus detractores). Ambos endeudaron la entidad que les tocó “gobernar”; ambos alegaban dejar un estupendo legado a sus gobernados. Ahora, al despertar de su vorágine soñadora, ambos, Javier Duarte de Ochoa y Roberto Borge Angulo, se encuentran tras las rejas, uno en Guatemala, otro en Panamá, a ambos, el destino los alcanzó. Lo peor no es su destino personal, sino el daño causado a quienes ofrecieron cumplir y hacer cumplir la ley.

Este es el Duarte de Ochoa que será extraditado a México, con valor agregado porque los tiempos se acomodan para utilizarlo en estrategias políticas sucesorias. El mismo, pero diferente a aquel que frente a cámaras televisoras anunció su licencia al cargo para enfrentar los señalamientos de corrupción, que siempre negó, pero fue para preparar su premeditada huida; es diferente porque en aquella ocasión se aferraba a la posibilidad del apoyo federativo, concebía alguna esperanza, ahora ya nada tiene que perder, pues es aborrecido por los veracruzanos, está convertido en paradigma de la corrupción en México y, por si no bastara, solitario, lejos de su familia, y desacreditado ya solo le queda aparentar. Aunque Duarte de Ochoa perfila capacidad histriónica se duda vaya a aparecer llorando como muchos quisieran verlo, pero si el papel lo exige seguro lo hará, entonces alegrará a muchos, a quienes engañará una vez más.

Como abogado nunca ha litigado y como doctor en economía es un fiasco; Duarte de Ochoa califica de “infundada”, “vagas”, “imprecisas”, “irrisorias” las acusaciones de la fiscalía veracruzana pues las transacciones que se le imputan son responsabilidad de los funcionarios a cargo, él no firmó nada, así de simple es su razonamiento. Acepta la extradición, ha dicho, ya lo veremos actuar en México, en donde aunque usted no lo crea, a no pocos “entristece” su penosa realidad; afortunadamente no son jueces.

alfredobielmav@nullhotmail.com

  • Julio-2017.