CAMALEÓN

Por Alfredo Bielma

19 de julio de 2017

Durante muchos años de nuestra vida como Colonia, Virreinato y país independiente, México ha transitado por diferentes formas de autoridad que fluyen de la voluntad de un solo hombre o de una reducida elite política. Desde la Conquista, cuando la autoridad de Hernán Cortes fue indiscutible, pasando por los Virreyes todopoderosos en este territorio, el fugaz imperio de Iturbide, la caricatura trágica de López de Santa Anna y la dramática aventura de Maximiliano, el dominio de un solo hombre ha sido manifiesto.

Aunque al Benemérito Juárez no ocurrió cosa parecida, pues en la Cámara de diputados no pocos de sus opositores y algunos de la corriente liberal amparados en la Constitución de 1857, que otorgaba amplias facultades al Poder Legislativo sobre el Ejecutivo, dificultaban aún más el tozudo peregrinaje del defensor de la república liberal contra la invasión y el Imperio. Por esta razón, don Benito Juárez acudió al expediente de investirse de facultades extraordinarias para evitar el freno que le reclamaba el Poder Legislativo en circunstancias de apremio nacional.

¿Qué decir de las tres décadas del porfirismo, durante las cuales no se movió una hoja sin la autorización de don Porfirio y su reducido grupo de cogobernantes?

A Francisco Madero la legislatura que resultó de su campaña, combinada con la presión de quienes deseaban un auténtico cambio, y no solo una reformulación del estado de cosas como suponía el autor de la Sucesión Presidencial, originaron auténticas tempestades retóricas en el Poder Legislativo, al grado de establecer una virtual confrontación con el Poder Ejecutivo.

Venustiano Carranza abrevó la experiencia histórica, y no admitiendo trabas a su poder, en la iniciativa de reformas a la Constitución de 1857 que remitió al Congreso Constituyente de 1916-1917 hizo prevalecer la vocación presidencialista al disminuirle facultades al Poder Legislativo y acrecentarle atribuciones al Poder Ejecutivo. Pero apenas promulgada la Constitución de 1917, la XXVII Legislatura inició reformas para limitar las facultades hacendarias que de manera extraordinaria se arrogaba el Poder Ejecutivo. En esa Legislatura y en la siguiente prevaleció una fuerte corriente de opinión para implantar en México un régimen parlamentario, un gobierno de gabinete, que consistía en fortalecer al Poder Legislativo facultándolo con nuevas atribuciones y restándole facultades al Poder Ejecutivo.

El argumento de los parlamentaristas radicaba en su presunta, auténtica, representación de “la opinión pública”, y por tal motivo se sentían portadores de la voluntad ciudadana. Sin duda era una concepción errónea, porque la participación ciudadana en los asuntos públicos en esos tiempos era pírrica, en lo que mucho tenía que ver la indiferencia de enormes sectores de la población que, ignorante y sometida, no tenía ni voz ni voto en los asuntos de la cosa pública. Antecedentes históricos lo explicaban: cuando don Benito Juárez era primer mandatario y le correspondía organizar elecciones lamentaba la falta de “pueblo político”, es decir, gente preparada para conocer las circunstancias políticas y sociales del país que se interesara en participar electoralmente; no está de más recordar que las mujeres estaban excluidas de la participación política y la proporción de analfabetas formaban el grueso de los habitantes.

El grave analfabetismo nacional, la concentración del poder por reducidos grupos obligaba a la elección indirecta, es decir se votaba por un elector de la circunscripción, que a su vez elegía a consejeros o representantes, como tal sucedió con consejeros para el municipio de la capital y los integrantes de la legislatura en junio de 1912. Respecto de esta elección, el cónsul de los Estados Unidos en la capital del país reportó: “si bien reparé en muchos hombres bien vestidos, aparentemente profesionistas, junto a hombres de las clases trabajadoras, no vi a nadie de las clases más bajas o “pelados” votando”.

La XXVI legislatura resultó de la elección de 1912, tiempos de Madero en la presidencia, en ella tomó fuerte impulso la idea de establecer en México un régimen parlamentario, hacer del Poder Legislativo el centro del poder político. Era explicable después de una dictadura de tres décadas, se buscaba la manera de no repetir esa experiencia. Toca a esta legislatura prevenir a Madero sobre el peligro que se cernía sobre su cabeza, después el albazo de Huerta con quien se enfrentó y fue disuelta por el usurpador.  

Para fortalecer sus argumentos a favor del parlamentarismo, Querido Moheno evocaba los aciagos años de asonadas y cuartelazos y refería: El día en que dejando de tirar presidentes, nos ocupemos de tirar gabinetes…”, bajo el formulismo de la estabilidad del Poder Legislativo sobre el Ejecutivo; entendido porque Madero como presidente no tuvo un gobierno de equilibrio habiendo delegado en porfiristas de gran calado la integración de su equipo de trabajo; “puesto que sentimos que el gobierno carece de unidad, necesitamos dársela, y si no podemos dársela, necesitamos que caiga: hablo señores, no del presidente sino del gabinete”, insistía Querido Moheno.

Sin embargo Madero fue derrocado por Huerta, entonces, los diputados maderistas se opusieron fuertemente a Huerta y este decidió desintegrar la legislatura, con algunos diputados desaparecidos y otros muertos, Serapio Rendón, uno de ellos. Una vez que la Revolución defenestró a Huerta, la Soberana Convención Revolucionaria impulsada por los jefes revolucionarios redacto en su Programa  de reformas político-sociales  de la revolución “adoptar el parlamentarismo como forma de gobierno de la república”.

Pero no se concretó el Programa porque la Convención no tuvo resultados exitosos frente al avance político militar de Carranza, quien finalmente dio el jaque mate a la idea de un sistema parlamentario en su exposición de motivos de su iniciativa de reformas: “…quitar al presidente sus facultades gubernamentales para que la ejerza el Congreso, mediante una comisión de su seno denominada “gabinete”…¿en dónde estaría entonces la fuerza del gobierno? En el parlamento. Y como este, en su calidad de deliberante, es de ordinario inepto para la administración, el gobierno caminaría siempre a tientas, temeroso a cada instante de ser censurado”.

Así fue sellada la suerte de la propuesta parlamentarista, que quedó sepultada, además por los antecedentes históricos, por la aprobación de un sistema presidencialista que por la vocación de los mexicanos fue in crescendo hasta topar los límites del autoritarismo presidencial.

Alfredo Bielma Villanueva.

4- abril.2017.