Por David Quitano
12 de julio de 2017

La gente culpa siempre a las circunstancias. Solo triunfa en el mundo quien se levanta y busca a las circunstancias y las crea, si no las encuentra.

George Bernard Shaw

El tormento veracruzano parece ser la obra de Sísifo. Una tarea que nunca parece acabar. Cuando estamos a punto de llegar a la cima, caemos al fondo y tenemos que comenzar de nuevo. La opacidad real sobre el ejercicio ciudadano se posiciona perenne. La transición política generó expectativas equivocadas y hasta hoy, incumplidas, sobre lo que la democracia podía producir.

Los rezagos del pasado hunden su bandera ideológica en la forma de actuar del agregado social. Nada viable se ha propuesto para palear el predicamento establecido, porque no comprendemos esencialmente la concepción de “cambio”. Poblando en las redes y en la retórica social las acepciones contenidas de hartazgo y decepción.

La raíz histórica que alimenta este momento obedece a un mimbre fraguado por el agotamiento de un rumbo claro, donde el transfuguismo, las traiciones y el enriquecimiento desmedido, han hecho que el futuro navegue sobre el pantano de lo dudoso.

Es correcto que la mejora vertiginosa en un periodo tan corto es complicada, también los es mantenerse con el distintivo del cambio, en una coalición de gobierno, con un bastión ideológico mutuamente excluyente, donde invariablemente, la divisa de cambio fue la obtención del poder, sin la confección de una nueva manera de gobernar.

Ríos de tinta han derramado los columnistas locales, sobre la forma en la cual se conduce la entidad, dichos embelecos son parecidos a la cerrazón Duartista. El fervor de gobierno se ha maniatado, volviéndose un monolito que presenta el éxito electoral como una agresiva forma de poder y asedio.

Sobre todo, cuando existe un vaciamiento ideológico. Seguin Kena Malik, la antigua distinción entre “izquierda” y “derecha” ha dejado de ser significativa. La clase trabajadora ha perdido una buena parte de sus poder político y económico.

El debilitamiento de los sindicatos, el declive de las ideologías colectivistas, la expansión del mercado hasta el último rincón de la vida social, la erosión de la sociedad civil, el deterioro de las instituciones, desde los sindicatos hasta la iglesia, que tradicionalmente ayudaban a los individuos a socializar; todo esto ha ayudado a crear una sociedad más fragmentada. En otras palabras, la política de la ideología ha dado paso a la política de la identidad.

Dicha fragmentación es sumatoria para la tendencia delictiva de la entidad, de la caída en el consumo por parte de la sociedad en los espacios públicos, consecuencia de la ola de miedo. La incertidumbre, ha provocado que el ejercicio de ser empresario exitoso sea sinónimo de peligro, esto se vuelve un corrosivo que desangra paulatinamente la economía estatal.

Ante dicha situación, es impostergable adquirir la capacidad de gestionar diferencias, evolucionar hacia una proximidad ciudadana, enfocada a solucionar crasos errores. Para no tener que estar cambiando de posición de un día para otro, y de esa manera consolidar la vida democrática de la entidad, como primer paso para el cambio.

Ya que la democracia está consolidada cuando, bajo unas condiciones políticas y económicas dadas, unos sistemas concretos de instituciones se convierten en el único concebible y nadie se plantea la posibilidad de actuar al margen de las instituciones democráticas, cuando los perdedores solo quieren volver a probar suerte en el marco de las mismas instituciones en cuyo contexto acaban de perder.

Aquí tanto los perdedores como algunos ganadores quieren volver al pasado, y eso sí que es preocupante. Ningún tiempo pasado fue mejor, el mejor siempre está en el futuro, siempre y cuando así lo construyamos. Hasta ahora el viraje es nulo y eso se debe señalar.

Y sino, a seguir pretextando.