Ruta Cultural
Por Mtro. José Miguel Naranjo Ramírez.
02 de agosto de 2017

Centenario del natalicio de Augusto Roa Bastos.

Yo el escritor, el periodista, el guionista, el crítico literario, el paraguayo exiliado en Argentina y Francia. Yo el ganador del Premio Cervantes de Literatura, estoy cumpliendo cien años de haber nacido en Asunción, Paraguay, un país que amo y amaré aun después de existir, porque la República del Paraguay se encuentra en mis obras y yo en ella. Soy Augusto Roa Bastos y en los festejos del centenario mi escribidor ha decidido recordarme con mi principal novela: “Yo el Supremo” publicada en el año 1974 y considerada una de las mejores obras del siglo xx.

Por años en mi narrativa les di vida a muchos personajes tomados de la realidad y escribí novelas y cuentos, hoy que ya no soy parte material de este mundo desde el 2005, a través de la creación ficticia de mi escribidor les platicaré sobre: “Yo el Supremo.”

La novela la escribí en el largo periodo que viví exiliado de mi país, “Yo el Supremo” va a narrar la cruel y despiadada dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia. La crítica literaria ha encontrado en la obra, crónicas, relatos, anécdotas, leyendas, biografías, datos históricos, personajes, etc. Pero en esencia es una novela histórica ubicada como la novela del dictador.

El periodo histórico que comprende la novela es de1811 fecha en que inicia su actuar en la vida pública el Doctor Francia, conocido como yo el supremo, considerado el padre de la Patria, el defensor del Paraguay, el que le dio leyes a este nación, le otorgó libertad e igualdad, hasta 1840 fecha en que muere éste dictador eterno.

Es una novela total y por lo tanto resulta imposible en un artículo describir todo lo narrado, pero el punto de partida de la obra es un pasquín que apareció en la puerta de la Catedral en el año 1840 que a la letra dice:

 “Yo el supremo Dictador de la República. Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado, la cabeza puesta en una pica por tres días en la plaza de la República donde le convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo.

Todos mis seguidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres.

Al termino de dicho plazo, mando que mi restos sean quemados y las cenizas arrojadas al rio…

Con este pasquín inicia el dialogo entre dos personajes centrales en la obra, por una parte la voz narrativa se le otorga a “Yo el Supremo” que dialogará con Policarpo Patiño quien es el hombre más cercano al dictador:

¿De qué me acusan estos anónimos papelarios? ¿De haber dado a este pueblo una patria libre, independiente y soberana? Lo que es más importante ¿de haberle dado el sentimiento de Patria? ¿De haberla defendido desde su nacimiento contra los embates de sus enemigos dentro y fuera? ¿De eso me acusan?

Toda la trama consistirá en descubrir quién o quiénes son los autores del pasquín, mientras esto sucede el dictador le dictara una circular eterna a Patiño, consistente en dar a conocer a todos sus servidores la historia del Paraguay desde el estallido de su revolución de independencia allá por 1810, de cómo defendió los principio de independencia y soberanía, cómo logró que Paraguay  se gobernara de manera autónoma sin la intervención de Argentina:

“¡Nuestro soberano Monarca sigue siéndolo de las Españas y las Indias, comprendidas todas sus islas y la tierra firme! Descargue un manotazo acallándola: ¡Aquí al monarca lo hemos puesto en el arca! Grité. ¡Aquí en el Paraguay la tierra firme es la firme voluntad del pueblo de hacer libre sus tierras desde hoy y para siempre! La única cuestión a decidir es cómo debemos defender los paraguayos nuestra soberanía e independencia contra España, contra Lima, contra Buenos Aires, contra Brasil, contra toda potencia extranjera que pretenda sojuzgarnos.”.

Hay momentos de la novela donde es innegable que la figura de “Yo el Supremo” es atrapante, como todo dictador tuvo momentos de aciertos, además, era un hombre de amplia cultura, lector de los clásicos griegos y latinos, un hombre imbuido en la literatura francesa de Rousseau, Volteare, Montesquieu, admirador de Benjamín Franklin, e incluso hay una anécdota que bien puede ilustrar el problema latinoamericano de tener puros políticos ignorantes que no saben nada del Estado, de las leyes, de las ideas políticas, la anécdota es la siguiente:

Están discutiendo sobre el futuro de la nación, uno de los integrantes manifiesta que es mejor morir antes que vivir esclavos, “Yo el Supremo” aplaude esa postura y agrega que Montesquieu dijo que se puede vivir libres con poner orden en nuestras Repúblicas, a lo que un interlocutor manifestó: “Vea, Doctor usted entiende de libros y de gente sabia. Por qué no se ocupa usted mismo de esas guevadas. Si cree conveniente, escríbale a ese señor Montesquieu. Le podemos dar aquí un empleíto de secretario rentado de la junta, para que nos ponga en orden los papeles. Imposible entenderlos. Era pedir muelas al gallo.”

Yo el Supremo” con el paso de los años se convirtió en un cruel dictador, abusó del poder, cometió todo tipo de fechorías, pero, ¿Hubieran hecho algo mejor los demás políticos contemporáneos si partimos de la anécdota antes narrada? Aquí se empieza a comprender mejor porque hemos vivido más de cien años en soledad, “Yo el Supremo” aún no ha muerto.

Correo electrónico: miguel_naranjo@nullhotmail.com