Por Marcelo Ramirez Ramirez
21 de agosto de 2017

En los foros sobre la Reforma Educativa, invariablemente el acento de las discusiones recae en la calidad de la educación, a la que se  considera cualidad distintiva y relevante. Pareciera existir un consenso táctico sobre el significado de la expresión, pero realmente no es así, pues ni la educación, ni la calidad son conceptos unívocos y cuando van juntos hacen más compleja la fórmula. Bajo la óptica de cierto pragmatismo educativo en bogas la calidad de la educación se identifica con la eficacia en el desempeño laboral. Según este enfoque la educación debe preparar a los educandos  para su inserción en el mundo laboral, dándoles las herramientas adecuadas para tener un desempeño exitoso en tareas que constantemente cambian. El aprender a aprender es por tanto uno de los requisitos básicos de la formación de personal calificado. El desempeño eficaz eleva la competitividad de la empresa y, a la postre, la competitividad del país. La capacidad para competir con posibilidades de éxito en el mercado global, justifica el objetivo de  formar individuos competentes. Tal es,  dicho con brevedad,  el argumento de este  planteamiento perfectamente válido y cuya falla no está en lo que afirma, sino en lo que omite. El problema según me parece se resume en la siguiente pregunta: ¿Las expectativas laborales abarcan todas las expectativas de los individuos que cursan una carrera técnica o una de las llamadas profesiones liberales? Aun reconociendo  la centralidad del trabajo en el curso entero de la vida, la respuesta ha de ser negativa. El trabajo mismo, en la óptica de lo humano, no es puro gasto de energía física o intelectual para resolver las necesidades del organismo, manteniéndolo vivo y satisfecho; hay también un componente lúdico esencial. El trabajo responde a necesidades más profundas que la simple solución de imperativos biológicos; es acción transitiva que culmina en un producto externo, pero es también acción inmanente que gratifica a quien lo realiza. Pienso en el artista que toca un instrumento; sin duda está trabajando, pero además está disfrutando su trabajo y entre más  lo disfruta, mejor lo realiza. Aquí las dos funciones son una sola.

Por otra parte el mundo de la vida es mucho más amplio, variado y complejo que el ámbito laboral. Y este mundo de la vida aparece hoy enmarcado por fenómenos de significado universal, que la educación debe asumir. Estos fenómenos son la globalización, la expansión del conocimiento técnico – científico y la irrupción de las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación). Los tres fenómenos están haciendo surgir la conciencia del destino común de la humanidad. Bajo tales premisas, la calidad educativa deberá medirse por la capacidad de los individuos para afrontar esta circunstancia excepcional y hacer florecer en ella un orden humano. El individuo deberá devenir en verdadero socio de la nueva sociedad mundial o, si se prefiere, en ciudadano universal, aunque yo prefiero el término de persona, pues la calidad o quizá mejor la excelencia, no puede ser sino de las personas, capaces de desdoblarse en los papeles de padres de familia, ciudadanos de las sociedades democráticas, cada una con su cultura y su identidad; y miembros de la humanidad, aptos para convivir en un mundo sin fronteras, abierto a un futuro imprevisible. La  verdadera diferencia entre la instrucción y la educación se localiza, precisamente, en que la primera se mide por la utilidad y la segunda por la calidad. Una busca la eficiencia, la otra el desarrollo integral del ser humano. La política educativa en México estuvo consciente  de ello, como puede verse en los mensajes de Justo Sierra, Vasconcelos, Torres Bodet y en fechas relativamente recientes, en Fernando Solana, quien insistía en que el desarrollo es de las personas no de las cosas. Recuperar esta conciencia de la importancia del educando  como fin primordial del acto educativo, es esencial para enriquecer el modelo que la Reforma Educativa propone a la sociedad mexicana.