Aclaración previa: Javier Duarte de Ochoa no tiene coartada alguna, cometió actos de lesa sociedad y debe pagar sus culpas tal como lo ordena el marco normativo vigente. Sin embargo, su caso reviste tintes patéticos desde donde se le vea: fue víctima de Fidel Herrera, quien lo escogió como sucesor porque le diagnosticó aptitudes para cubrirle las espaldas asumiendo sus culpas; también fue víctima de su familia civil, esposa, cuñadas, suegros y demás parentela en esa línea para quienes sirvió como rehén de su avaricia y, por supuesto, víctima de su incapacidad para avizorar las consecuencias de su arbitrario acontecer, de su carencia de vocación de servicio, de su impericia política que al final lo llevó a caer víctima de superiores jerárquicos empinándolo a concederles lo que no era suyo a cambio de hipotéticas correspondencias. Finalmente, quizá por todo esto, Duarte de Ochoa es víctima de la inestabilidad emocional y psicológica que lo induce a pensarse víctima de una cacería de brujas.