Ayer se publicó la declaración de Cecil Duarte de Ochoa sobre cómo ve a su hermano Javier después de dos semanas de iniciar su llamada huelga de hambre: ha bajado 12 kilos, sus signos vitales están bien, dice Cecil demostrando solidaridad con el hermano encarcelado, el hombre que acumuló riqueza incalculable con dinero mal habido y a cambio perdió la libertad y su familia hogareña. Si lo valora en su exacta dimensión, Javier Duarte debiera congratularse porque al menos cuenta con el apoyo familiar vía materna, fuera de ese entorno está prácticamente solo porque ni sus ex subordinados lo buscan y no cuenta con la solidaridad de los veracruzanos, a quienes privó de beneficios al secuestrarle los recursos que desvió para beneficio propio y por ineptitud para gobernar, en lo que para nada estuvo ajena la mala fe, o al menos la ausencia de vocación de servicio. La incógnita radica en el desenlace de su trama, porque si en verdad supone que su dieta alimenticia impactará en beneficio de sus cómplices el resultado “es elemental, mi querido Watson”.