Por si acaso…
Por Carlos Jesús Rodríguez
02 de agosto de 2017

*Lo asesinaron a mansalva
*Veracruz: tierra de nadie

SU FAMA trascendió la cuenca del Papaloapan en esos tiempos, cuando los célebres cacicazgos que emergieron del PRI -como brazos armados que todo lo vigilaban para evitar desbandadas o traiciones-, controlaban política y economía regionales, sobre todo en los ramos ganadero y agrícola. Se volvieron hombres protegidos por el sistema gobernante, y su misión era mantener la tranquilidad en esos pueblos agrestes donde el alcohol induce a la violencia, engendra violaciones, robo de mujeres y pendencias. Tierra Blanca se distinguía, entonces, por enfrentamientos armados entre familias que dejaron muchos muertos los fines de semana frente al mercado, sobre el parque Juárez o dentro de alguna cantina. Tierra caliente, violenta, y Rubén Rivera Canseco, ganadero de la región comenzó a ser respetado por su arrojo: dicen los que conocen la historia que alguna vez fue emboscado en carretera, pero las balas solo le rosaron el cuerpo, suficiente para hacer brotar la sangre. Viejo astuto, marrullero, decían algunos, Rubén se hizo el muerto mientras maniobraba su arma por abajo del volante, y cuando la pandilla se acercó a rematarlo, se irguió y disparó como demente. Frente a él quedaron tres agresores con los espasmos de la muerte. Rivera no los remató, lo hicieron elementos policiacos que lo estimaban, y en el costado izquierdo y brazo del mismo lado presumía las heridas que le habían dejado aquel ataque.

ERAN LOS años setentas –casi topando con los ochentas-, tiempo que Gobernaba Rafael Hernández Ochoa, cuando Tomás Sánchez Vitorero (o Reyes) controlaba una parte de la zona centro; Toribio Gargallo la otra y Francisco y Vicente Hernández –cuñados del célebre ex dirigente de la Liga de Comunidades Agrarias, Adalberto Díaz Jácome, a cuyos sobrinos, también, ejecutaron- una mínima porción que se extendía a Oaxaca, pues aquel Estado y Veracruz es dividido por solo las vías del tren, y cuando alguien mataba a un cristiano de un lado u otro, bastaba cruzarlas para evadir la acción de la justicia.

EN LA cuenca del Papaloapan se mueve caña de azúcar y ganado en cantidades industriales. La primera logró el “milagro” de hacer multimillonarios a muchos dirigentes y sus familias, pero a través de los años cobró muchas vidas por la disputa del poder, más aun cuando grupos delincuenciales comenzaron a infiltrarse en esa industria; la ganadería era más noble, pero no por ello menos peligrosa, y Rubén Rivera incursionó en ambas ramas, distinguiéndose por la última. En Tierra Blanca puso un motel que, paulatinamente convirtió en Hotel. Inauguró un restaurante de comida mexicana, un balneario, y fue propietario de muchos ranchos con ganado de alto registro. Concursaba en las ferias, jugaba gallos de pelea pero su pasión fueron las carreras de caballo. Lo vi apostar sumas fuertes, jugarse una camioneta en un bolado, regalar dinero a niños y familias pobres, pero, también, como Juan Charrasqueado, llevarse a las flores más bellas de la comarca. Lo presumía, decía que a los 70 y pico de años era padre de una recién nacida con una dama de 18; -somos canijos mi´hijo-, exclamaba, y dicen que a toda su descendencia ayudaba, aunque su orgullo era Rubén chico, el responsable de administrar sus ranchos y negocios, incluido el restaurante y balneario. Toda su descendencia tenía tratos, se conocían y se frecuentaban como hermanos.

UN DIA, en el penúltimo año de Fidel Herrera Beltrán como Gobernador del Estado, Rubén Rivera Canseco fue asaltado por un grupo delincuencial cuando salía de una tienda de autoabasto ubicada a orillas de la carretera. Era de mañana, Rivera se dirigía a su rancho y pasó a comprar algunos víveres. Lo cercaron, le colocaron armas en la cabeza, le arrebataron las llaves de la camioneta doble cabina, le quitaron la cartera y le zafaron el Rolex, y acto seguido le dieron un golpe para atolondrarlo. La noticia corrió de inmediato, y en poco tiempo sonó el celular del reportero: -mi´jito, soy Rubén. ¿Ya te enteraste lo que me hicieron? –me lo acaban de contar, fue la respuesta. ¿A poco es cierto? Y Rubén le pidió al amigo: -háblale al Gobernador, yo sé que a ti te contesta. Háblale y dile que si eso le hacen a Rubén Rivera, que se espera con los que no pueden defenderse-. Y cumplí la petición del hombre que alguna vez conocí por interpósitas personas, y cuya amistad conservé por siempre. –Dile a Rubén que fue como quitarle un pelo a un gato, respondió Fidel con ese estilo desparpajado y bromista, pero supe después que a Rivera le recuperaron la unidad o le compraron una igual a la robada, lo mismo que el carísimo reloj, presente de un político encumbrado en la ciudad de México.

AÑOS DESPUES, ya en tiempos de Javier Duarte, Rubén Rivera fue secuestrado. Quienes se lo llevaron eran gente del pueblo que se habían convertido en malosos. Chamacos que vio crecer y que se les hizo fácil plagiarlo, pero no esperaban, contó al reportero, que sus propios jefes les ordenarían: -como son pen…tontos. Devuelvan a Rubén o se nos calentará la plaza-, y Rivera fue dejado en libertad sin pagar un solo peso. Solía contarlo, le gustaba enumerar sus “hazañas”, las relataba en convivios con amigos, y aquella vez diría: -a esos que me secuestraron los mataron sus propios jefes. Eran un peligro-.

DESPUES DEL suceso, Rubén se alejó de Tierra Blanca y de sus negocios en la zona. Se fue a vivir a Puebla pero, esporádicamente visitaba el pueblo; cambió el radio, su número móvil y se tornó cauto. Dicen que querían extorsionarlo pero se negó a pagar una y otra vez el cobro que le hacían. No era de miedos. Era Rubén Rivera, el último de los caciques, el sobreviviente de aquella vieja camada integrada por Felipe Lagunes, Toribio Gargallo, Tomás Sánchez Vitorero, Francisco Hernández, Amadeo González Caballero, Mario Colona y Cirilo Vázquez Lagunes, y era respetado en la región porque ayudaba a la gente; creaba empleos y aportaba al desarrollo como lo hizo Cirilo.

PERO LA mañana de este miércoles, Rivera Canseco fue acribillado a mansalva. Fueron varios hombres armados que se aproximaron al restaurante donde departía con su hijo y su chofer. Le dispararon 40 balazos, y el cuerpo quedó tendido junto a la barra de la cocineta. Lo sorprendieron, porque solo así podían matarlo; el chofer quedó a unos metros, su hijo a corta distancia. Son las consecuencias de una violencia que no cede, y que nos da la certeza de salir de casa pero no de retornar sanos y salvos. Descanse en paz un gran amigo, porque los amigos verdaderos no tienen defectos, y si los tuviesen son muy personales. Hasta siempre Rubén. OPINA carjesus30@nullhotmail.com