Por Sonia García García

La primera impresión, el miedo. La segunda, pegarme al televisor y las redes para saber cómo están la familia y los amigos. Tendría que haber dormido la siesta para evitar el ardiente sol de Castilla. Pero no. Imposible. El terrorismo ha golpeado el corazón de mi amada Barcelona. La ciudad que este año ha recibido a millones de turistas y que están sufriendo los efectos de un fenómeno que es uno de las grandes piezas del nuevo orden mundial.

Menos mal que era la hora de la siesta, después de la comida, por lo que La Rambla no estaba tan concurrida, si no quizá hubiera habido más víctimas. O quizá por eso fue a esa hora, porque había niños, familias, turistas felices, víctimas de la barbarie, de un concepto que no acabamos de comprender bien y ya estamos viviendo sus consecuencias.

Llegué a Barcelona hace 14 años. Y Catalunya me abrió las puertas del amor y el trabajo, de las amigas y los amigos, del desarrollo personal y de la gestión cultural. Aquí he podido vivir en paz, sin miedo, con libertad.

Sabíamos que esto no podría durar. Era demasiado bello. Después de lo que había pasado en París, en Londres, en Niza, sólo faltaba Barcelona. Recordemos que Madrid sufrió un terrible ataque en el año 2004.

Por eso asombra y duele. Y por eso pienso que no debemos dejarnos vencer por el miedo. Y sobre todo no seguir fomentando el odio ni la violencia. Destruir, lastimar, ofender, dañar, es muy fácil, construir, amar, dialogar, comprender, es difícil pero más necesario que nunca. Sigamos luchando en paz, aunque parezca una paradoja.

Aunque en lo inmediato las autoridades piden prudencia, que no salgamos a la calle para no entorpecer sus operativos, lo cierto es que ahora más que nunca debemos evitar dejarnos vencer por el terror. Ser respetuosos y prudentes. Así lo demuestra el solidario pueblo catalán.

Ahora más que nunca debemos mantener el ánimo y seguir disfrutando de nuestra ciudad, de nuestro hermoso paseo de La Rambla, de nuestra bella y amada Barcelona.