Rúbrica
Por Aurelio Contreras Moreno
17 de agosto de 2017

Disculparán los lectores el tono de la columna de hoy. La rabia y la impotencia, así como el dolor, me impiden tomar la debida distancia del tema que, de último momento, he debido abordar.

A la caída de la tarde de este miércoles 16 de agosto, me he enterado del fallecimiento del querido doctor Manuel Téllez Martínez. “Manolo”, para su círculo cercano. Pero no fue una muerte natural, por enfermedad, o por alguna clase de accidente.

El doctor Téllez perdió la vida luego de varios días dando la batalla en un hospital de Xalapa, tras haber sido brutalmente golpeado por un grupo de miserables delincuentes, de esos que las autoridades no ven que hacen y deshacen a placer.

Como la mayoría de los habitantes de las ciudades del estado de Veracruz, Manuel Téllez era un hombre de bien, un profesional de su trabajo como oftalmólogo, un amoroso padre de familia y un amigo leal. Su muerte, como tantas que se acumulan día con día en la entidad, además de cruel, es gigantescamente injusta, indignante.

Tan injusta e indignante como todas las que provoca la absoluta libertad con que los criminales se han apoderado de las calles y los caminos de este estado, asolado no solamente por los malparidos a quienes la vida de los demás no les importa un cacahuate, sino también por la complicidad y la estulticia de quienes dicen que gobiernan Veracruz, a su capital, Xalapa. Y al resto de la entidad. Nadie se salva.

Porque hoy perdió la vida el doctor Téllez. Hace nueve meses, en las narices de todas las ineptas e indolentes autoridades, de todos los niveles, fue asesinada con saña la maestra Guadalupe Mora, en el corazón de la capital de Veracruz. En el ínter, han sido sacrificadas decenas más de vidas. De forma salvaje. Cobarde. Y sobre todo, impune.

La barbarie se apodera de las vidas de todos los veracruzanos mientras los gobernantes viven en otra realidad. Una en la que el gobernador niega lo que está pasando y ocupa tiempo, dinero y esfuerzo por “heredarle” el cargo a uno de sus hijos; una en la que el fiscal general “sufre” porque ha subido cinco kilos de peso desde que tomó posesión de su oficina; una en la que el secretario de Seguridad Pública, simple y llanamente, no sirve para una triste chingada.

¿De qué carajo sirve que los domingos se reúna el gobernador con las fuerzas armadas para establecer estrategias, si la vida diaria de las personas está dominada por el miedo, la violencia y la muerte? ¿Cómo pensar siquiera en que nuestros hijos puedan salir a la calle sin tener zozobra por su regreso a casa?

El tiempo de las promesas de que todo iba a mejorar ha quedado atrás, y exhibida su falsedad. Las autoridades de todos los niveles están obligadas a darle una respuesta, contundente, real, a los ciudadanos veracruzanos, que ya no podemos continuar viviendo de esta manera, en medio de un luto permanente por la pérdida de gente buena.

La disyuntiva es clara. Y así como se les exigió a sus antecesores se les exige ahora a las autoridades en funciones: si no pueden con el paquete, si les ha quedado demasiado grande el encargo de gobernar Veracruz, váyanse de una buena vez.

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