Cinco días de ayuno no le reducen decibeles a la mitomanía de Duarte de Ochoa, no merece otro calificativo lo que asegura sobre su lucha contra los grupos del crimen organizado una temeridad solo igualada a su reiterativo slogan sobre el “Veracruz ya cambió”; leer la carta enviada a Ciro Gómez Leyva causa sopor pero indigna su contenido plagado de calificativos que se asemejan a boomerangs y le quedan a la perfección. Causa risa, pero también indigna, el que suponga credibilidad a su dicho atribuyendo los índices de inseguridad pública al actual gobierno, que si bien tiene a su cargo la responsabilidad de combatirla está manifiestamente inhabilitado a causa de la sequía financiera y cuerpos policiales infiltrados, heredados precisamente por Duarte. Asumir que su pretendida huelga de hambre es presión para que sus cómplices sean liberados es infantilismo, derivado no de la supuesta dieta, sino de una capacidad histriónica digna de mejor teatro que una celda mexicana.