Todos nos hemos encontrado alguna vez en la vida a ese tipo de personas desinhibidas, protagónicas y alocadas a las que no les importa la opinión que los demás se formen de sus conductas extravagantes, o que no tienen conciencia de lo que significa hacer el ridículo. En México normalmente les decimos “loquillos”.

En esa categoría encaja muy bien el defensor de los veracruzanos, titular de la Fiscalía General del Estado, Jorge Winckler Ortiz. Antes de ser servidor público dio la imagen de hombre serio y aguerrido defensor de causas nobles. Con el tiempo se ha ido situando en una realidad que es preocupante por lo que sus “deschavetes” significan para la sociedad.

Sea exhibiendo unos coloridos calcetines, hincado en algún acto solemne para tomarle fotos a su jefe, chateando y contrariándose con los periodistas, secreteándose como adolescente en recreo con las juezas en los procesos o con el delantal puesto cocinando un perol de mariscos para envidia de los pobres y los clasemedieros, Winckler suma a sus desaciertos de personalidad, graves errores de conducta oficial.

De no ser porque ha hecho trampa sumándoles juicios a sus acusados, éstos ya hubieran quedado libres.

Pero una de las pifias que podrían reportarle graves disgustos a su jefe el gobernador es haber arrestado a miembros del Colegio de Ingenieros señalándolos por supuestos delitos electorales cuando, recalca el abogado Fidel Guillermo Ordóñez, el proceso electoral aún no comienza en Veracruz. El motivo de la detención fue mover despensas para los damnificados, lo que el agudo ministerial consideró una grave falta.

La detención que hizo de respetables empresarios erizó la sensibilidad social en la urbe porteña.

Jorge Winckler será recordado, sí, pero no por su heroica lucha contra la corrupción y la delincuencia, sino por sus haberes estrambóticos y superficiales, que ni siquiera están respaldados por resultados efectivos en el desempeño de una función de tanta seriedad, como es el compromiso que tiene.