Desde el café
Bernardo Gutiérrez Parra

El Grito de Independencia original, fue diametralmente opuesto al que escuchamos cada 15 de septiembre. Por principio de cuentas nadie le gritó al cura Hidalgo: “¡Ojalá te mueras, desgraciado!” como algunos compatriotas le dicen al señor presidente cuando se asoma al balcón central de Palacio.

Los escuchas de 1810 eran fieles seguidores del cura de Dolores, a diferencia de la raza de bronce que se congrega en el Zócalo con el único afán de echar relajo y desfogar su frustración con sonorísimas mentadas de madre.

Cuenta la historia que antes de que comenzara la lucha de Independencia, Ignacio Allende estaba llamado a ser el jefe de la insurrección por joven, guapo, carismático y porque era un capitán muy influyente entre los militares criollos.

Pero la noche del 15 de septiembre, cuando tanto él como Hidalgo fueron avisados de que la conspiración había sido descubierta, Allende se arrugó, sintió frío y sugirió aplazar el levantamiento para mejor ocasión.

Fue entonces que Hidalgo entró al quite para ordenar enfático: “No señores, ha llegado el momento de ir a coger gachupines”.

Y fue el cura de Dolores quien tomó la batuta como comandante en jefe de un ejército Insurgente que se dedicó perseguir, vandalizar, saquear y fusilar a cuanto gachupín se les puso enfrente. Y si al fragor del combate algún soldado hizo lo que ordenó Hidalgo, eso ya fue muy su asunto.

Una cosa que ignoraba este servidor tuyo lector, es que la primera ceremonia del Grito se realizó dos años después del que dio don Miguel.

En plena guerra de Independencia y ya con las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Mariano Jiménez colgando en la Alhóndiga de Granaditas, el general Ignacio López Rayón que había sido secretario de Hidalgo, celebró por primera vez el Grito en Huichapan, una ranchería del hoy estado de Hidalgo. Pero no lo hizo el 15 sino el 16 de septiembre de 1812.

Y desde entonces llueva, truene, relampaguee, nos mueva un sismo o nos inunden los huracanes, el Grito de Independencia se ha festejado de manera ininterrumpida.

Desde Maximiliano (que sería muy austriaco, pero como Emperador de México encabezó la ceremonia en el mismísimo pueblo de Dolores) hasta Juárez, don Porfirio, Cárdenas y Díaz Ordaz, todos siguieron al pie de la letra el guion que ordenaba gritar vivas a los héroes que nos dieron patria y libertad.

Pero fue el atolondrado de Luis Echeverría quién vino a meter el desorden al gritar el 15 de septiembre de 1972: ¡Viva Juárez! Y pus ni hablar, la raza congregada en el Zócalo gritó ¡Viva! al héroe oaxaqueño.

Tres años después y ya en la loquera total volvió a regar el tepache al gritar: “¡Vivan los pueblos del Tercer Mundo!”

A partir de Echeverría cada presidente le pone su toque personal al Grito. En esta ocasión por ejemplo, Enrique Peña agregó a la frase tradicional un ¡Viva la solidaridad de los mexicanos con Chiapas y Oaxaca! por obvias razones.

Pero reitero que lo que nunca falla, es que una vez que la plebe termina de acompañar con ¡vivas! las arengas del presidente, lo rocíen con tronantes y mexicanísimas mentadas de madre.

Y esta vez no fue la excepción.

Como reportero, el Grito de Independencia que jamás olvidaré se lo escuché a un alcalde de un municipio de Michoacán que llegó pedo y con retraso a la ceremonia. Antes de asomarse al balcón del Palacio Municipal se atizó dos carambazos de aguardiente “pa aclarar la garganta”, se fajó los pantalones que traía muy por debajo de la línea de flotación de la panza y dijo con voz estropajosa:

“¡Hijos míos, vivan los héroes que nos dieron patria y todas estas cosas bonitas que tenemos hoy! ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Viva Allende! ¡Viva Aldama! ¡Vivan las mujeres chulas de Michoacán! ¡Viva mi mamacita santa! ¡Y viva yo que soy su padre, cabrones!”

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