Lenin Torres Antonio

Todo comenzó una fría mañana de invierno, al levantarse se dio cuenta que no era el mismo, que algo había pasado en su interior, y que su malestar hacia la vida humana llegaba a medidas insostenibles, que ese invierno le era insoportable, que las fiestas navideñas no le habían sacado ni una lagrima ni una sonrisa, que le dio igual la ansiada cena navideña con su tradicional pavo al horno, que junto con una ensalada de manzana eran sus guisos preferidos. Malhumorado y sin ni siquiera asearse salió de su casa, por vez primera la había visto fea e inhabitable, incluso maldijo la humedad que de antaño le enorgullecía, por los arboles que le rodeaban, y que se ufanaba que de todas las casas en época de calor era la única que se mantenía fresca, le pareció insano y una desgracia haber soportado con su alergia a la humedad, tan sólo por ese orgullo de la frescura de su casa, y que hubiera sido preferible no haberla habitado nunca.

Para acabarla, junto al monólogo sobre la casa le vino de golpe y porrazo los recuerdos de sus seres queridos muertos y velados en esa casa: sus padres, un hermano, y varias mascotas, entre ellas la más querida, un perro pastor alemán a quien llamaba Chihiro.

Se preguntó cómo pudo vivir tanto tiempo allí, cómo no tuvo el valor de irse a la muerte de sus padres, por qué no agarro sus tiliches y se largó a conocer el mundo, o cuando menos se hubiera mudado a otra vivienda. Con haberse ido a una casa que tenían enfrente, hubiera sido suficiente, pero no lo hizo, se mantuvo fiel a la palabra empeñada, a la memoria de sus padres, a la promesa que le hizo a su  hermano en el lecho de su muerte, que le cuidaría sus plantas y peces.

Envejeció prematuramente y su alma se empequeñeció, resultándole intolerable la inmensidad de impresiones que le venía de esa casa, los recuerdos de su niñez, los más y los menos, los escasos éxitos, y los innumerables fracasos, su vida en soledad, su vida entre rutinas simplonas, y su insistencia en dar con esa repetición incesantes de hacer lo de siempre, darle sentido a su vida; después de la muerte del último de sus parientes, la tía Adela, nadie ni nada lo visitaba, era un hombre ausente, solitario y sin amor carnal. Pera colmo, lo único que le quedaba, el apego a esa vivienda se había esfumado, por lo que la vida misma le parecía sin sentido, banal, y sumamente costosa. Aún cuando sabía que toda experiencia humana demandaba una pérdida, o una pérdida; puesto que ganar sin perder no está en la naturaleza humana, es la pérdida algo que se hace necesario para que la maquinaria de la vida opere; ahora no tenía nada que perder, tan sólo que queda su cuerpo sano.

Al ir alejándose de la casa, se acordó de unos párrafos que escribió sobre la casa, y comenzó a recitarlos en voz alta, quizás era un conjuro para darse el valor de cortar el último cordón umbilical, y terminar definitivamente con sus renuncias:

Rincón inerte, cabida de confusiones, sitio de colosales batallas por la distinción humana. Nido de las familias, recinto necesario, la casa.

Extenuada, fatigada del placer de lo sensible, hastiada del calor que impregnaron las manos mortales sobre sus paredes, se dejó reposar con los espacios sin cosas.

Antes de llegar el último de los tiempos de ser habitada, de compartir la vida con los seres humanos, oí que se quejaba consigo misma, parecía un hablara primitivo, introspecciones, lamentos que decían:

Hombres busquen los movimientos de su libertad y aspiren a ser perfectos, perciban el cuerpo con la carne y el alma con conceptos tautológicos. Comparen sus pechos nacionalistas con la actitud austera de la noche. Tuvieron mi felicidad en sus tejidos nerviosos, pero no todo se han llevado, algo sobrevive en mis maderas que me hincha de orgullo; y es que su pasado quedo filmado en mis tiras de papel, consumí sus días triviales y los escasos de gloria, les di a sus pensamientos un ambiente creíble, y a sus platos brillo de orden. Mi mundo no termina en su libre albedrío, ni mi destino con su ausencia, persisto en mí existir individual.

De uno a dos minutos se extendió la canción y concluyó con una sentencia. Sin embargo, no pude escucharla y salté cobardemente por su puerta, sin voltear, me alejé del lugar, quise ocultar mi vergüenza en las hojas que inertes caían de los árboles. Sólo logré oír sus palabras de despedida:

Se fueron, me dejaron posando en el piélago de sensualismo, la esperanza de coexistir se perdió al chocar mi deseo con los deseos de sus voluntades. ¿No es mejor determinarse desde la génesis de la vida con somas de felicidad eterna?, ¿cómo pudieron desechar la gracia de mi cálido nido? ¡Ya sé!, esto es lo que me deparó mi designio del viernes trece de diciembre de 1313. Pero aun me quedan las caricias de las hormigas, el cosquilleo de las polillas, la tardanza del respirar de la lechuza. A Dios y al aire les pido permiso para entrar al descanso de los olvidados.

Calló esa trémula voz al alejarme del crimen. Cuando tropecé con los límites del mundo –mis ojos-, la cara se me había alargado, mis manos perdieron su ternura, mi mueca quedó aferrada al viejo baúl. La verja obstruyó mi huida. Se acabo la luz, el aroma del invierno tomó las riendas de mi vida.

En su andar con meta, con dirección, lucubraba su propia muerte, libraba su singular batalla entre el miedo a no ser, y completarse realmente, planeaba meticulosamente el acto más valeroso de su corta vida, puesto que realmente era bastante joven, apenas rondaba los treinta y ocho años y ya se había hartado de ésta vida. Se preguntaba insistentemente si era la mejor decisión que había asumido, renunciar a éste mundo. Se detiene bajo cualquier pretexto, creo que en el fondo no quiere llegar a la escena planeada para ejecutar su auto exterminio, de asumir en sus propias manos su propia muerte, y no esperar que sea el deterioro natural de su cuerpo o una desafortunada contingencia lo que decida el final de sus días. Se pregunta si alguien lo extrañaría y cuánto tiempo pasaría para ser olvidado, para que las hierbas reclamaran el lugar de su descanso eterno. Lento pero seguro, se iba acercando al lugar acordado. Lo que si estaba seguro, es que no quería que le pasase lo que leyó en una poesía que no recordaba su titulo ni el autor:

Decidido lo vi irse hacia el oriente, caminaba con los brazos extendidos, asemejaba un crucificado que esperaba recibir la bendición y la luz divina.

Ahora tan sólo milagrosamente flotaba, el viento lo acariciaba dulcemente, y sus pies se refrescaban con el agua salada del Golfo de México.

De vez en cuando unos pececillos cuidadosamente mordían su piel, era como un saludo de bienvenida a la otredad, todo eso le provocaba una satisfacción infinita, su rostro reflejaba una sonrisa que parecía decir:¡He cumplido!

Su insuficiente levedad que ya no aguantaba tanta dicha, lo sumergía en una sensación de arrogante beatitud, pensó que se encontraba en el paraíso.

Una gaviota le avisó que se estaba ahogando, que sus mejores tentativas se habían quedado en tierra firme.

Pasó mucho tiempo hasta darse cuenta que su intento había fracasado.

Retornaba el frío, el miedo.

Resuelta había sido su decisión de renunciar a su existencia, sin embargo, algo le impidió morir:

¿Era Dios, su designio o la gracia de aquella mañana quienes salvaron su vida y le daban una nueva oportunidad para ser feliz?

Nadó y en pocos minutos  alcanzó la orilla.

Volvió a pisar piedras, excrementos y latas vacías, volvió a oler a hombre, y le agradó saber que él era ese olor.

Sus ropas se le secaron sobre el cuerpo.

Enérgico caminó rumbo a la casa de su madre.

Jamás se perdonaría desaprovechar tener en su propia mano la posibilidad de completar su ser, de fundirse con el universo; incluso pensó quizás había llegado al conocimiento absoluto y ante ese hecho, el miedo a la muerte deja de originar una búsqueda del saber de sí mismo, y del mundo externo; es ese agotamiento lo que precipita la renuncia, y nos sitúa en la condición divina de asumir en nuestras propias manos el fin de nuestras existencias. No hay más miedo que el miedo a no saber, pero cuando se sabe que el saber no es suficiente para dar cuenta del ser, y que aparte existe un velo de maya que hace puente entre la cosa y el sujeto, no queda más que darse cuenta que es un imposible el saber de sí mismo, y ese gran saber clausura toda significación que haga apego a algo o alguien. Para Sísifo tenía sentido su vida, aún en esa condena de subir y bajar eternamente la piedra hacia la montaña, esa mínima repetición le permitía darle un sentido a su existencia, la vida de los hombres no están muy lejos de la vida de Sísifo, llenar la falta estructural sólo es posible en esa repeticiones infinitas donde el ser muere cada instante, y aun así continua y vive.

Era un lugar situado al borde de un acantilado profundo y exuberante, donde el eco le rebotaba algo de vida que creía haber perdido, donde las águilas y zopilotes revoloteaban surcando y configurando graciosas figuras, parecía que le daban la bienvenida, y las nubes formaban palmas de manos para que cualquier imaginativo pudiera designarles patrones para leer el destino y señalar los presagios de la humanidad. Al fondo un riachuelo que serpenteaba se perdía entre los árboles de mango, y monumentales rocas que seguro se encargarían de destrozar su cuerpo y esparcir su sangre. Dirigiendo la mirada hacia el oeste podía distinguirse molleras aun abiertas de varios puebluchos que a duras penas sobrevivían a la recesión económica que padecía el Estado de Veracruz. Para llegar a ese fatídico y hermoso lugar tenía que cruzar varios pueblos mágicos, no sé si les decían mágicos por su folklor, su arte culinario, su exuberante y bella naturaleza, o por la condición de que sus habitantes hacían magia para llegar a fin de quincena, y en muchísimos casos, para tan sólo lograr llevarse algo de comer a la panza durante el día, lugares donde se hace presente la perversa dialéctica rico-pobre, sin la posibilidad que haya una síntesis que resuelva la contradicción, la tensión, el hegeliano auto-desenvolvimiento del absoluto se hace imposible.

Seguro salió de su casa y tomó camino rumbo a la ciudad de Coatepec, en su Chevy del 98 por la autopista no hizo más que cinco minutos para llegar al mencionado pueblo mágico, más tardó en salir de la ciudad de Xalapa por el tráfico, y sus calles estrechas, su urbanización hecha a madrazos de improvisación, pavimentadas para después desmadrar el pavimento e introducir el drenaje, Xalapa la bella cacariza. Cruzó Coatepec sin contratiempo y se enfiló hacia Teocelo, otro pueblo mágico.

Ese trayecto Xico-Teocelo con facilidad le podrían nombrar la ruta de la muerte, puesto que es una carretera angosta de doble sentido, en la que a duras penas caben dos autos. Con facilidad, si se detuvieran al mismo tiempo y en el mismo lugar de la carretera esos dos vehículos, los ocupantes se estrecharían la mano, incluso se darían besos y caricias o se romperían la madre. Carretera que no tiene ni un milímetro de espacio para estacionarse, de lado derecho se topa uno con una imponente muralla llena de rocas amenazantes a punto de caer, y del lado izquierdo, un acantilado que seguro no permitiría sobrevivientes. Súmele las innumerables curvas y pendientes. Como un gran héroe mesiánico y apocalíptico sin percance a travesó la ruta de la muerte, diría incluso con mucha suerte, puesto que en varios ocasiones, por el exceso de velocidad, estuvo a punto de volcarse, o de chocar con los carros que venía en sentido contrario.Traía la bendición de su padre, y su pericia en el manejo después de haber sido por más de 20 años chofer de taxis, pese a tener dos licenciaturas y varios diplomados y cursos.

Llegando a Teocelo, justo al cruzar su Portal en forma de Arco del Triunfo, se detuvo en un restaurante conocido como El caporal, que ofrece comida típica de la región, siendo su plato fuerte Costillas a la Miel, y hospedaje en típicas cabañas de madera; primero satisfizo una descomunal hambre producto de varios días de ayuno, y después pidió una cabaña, como era entre semana, no había muchos huéspedes, así que diría que propiamente estaba sólo, puesto que aparte del administrador, un hombre ya entrado en edad y de buena salud, quien se encargaba de hacerle de todo: registraba y asignaba las cabañas,cobraba, le hacía de mesero, arreglaba las camas, con justeza le venía bien el mote del Mil usos, sólo había otro huésped, quien habitaba una cabaña de forma permanente, era una anciana con hábitos predecibles, que no hacía ruido, que su andar era cauto, parecía que no quería dar señas de vida; salvo los días que iba a sus chequeos médicos, podríamos decir que se percataba uno que existía, puesto que le gustaba ir muy perfumada y vestida con colores chillantes. Afortunadamente su cabaña se encontraba en el polo opuesto de nuestro amigo, por lo que su última conferencia de la vida no podría ser interrumpida, y la dictaría en soledad como lo tenía planeado.

Entro a una cabaña pequeña, con una sola cama, un pequeño buro, una sala de bambú compuesto por dos pequeños sofás sin cojines que eran muy incómodos sentarse en ellos, por lo que optó por sentarse en la cama. Pasó la mano sobre la cama dando una pequeña presión sobre ella para comprobar si estaba confortable. Lo bueno es que había una mesa y una silla al fondo de la cabaña que le pareció suficiente para sentarse a escribir como era su deseo, una especie de testamento teórico, por lo que se apeó de la cama y se dirigió a la mesa, jalando la silla se acomodo y sacó un pequeño escrito que traía metido en la bolsa trasera de su pantalón  y comenzó a leerlo en voz alta como era su costumbre:

Con su pancarta toda mojada, maltrecha, montada sobre su hombro, camina de retorno a su casa, las cosas no habían salido bien, la ilusión se esfumó ante las puertas “sepultadas” del tribunal, el fallo había sido in-esperado, la convalidación de la afrenta, el fraude había salido como “mandado a hacer”, no falló nada  ni nadie, todos los conspiradores habían cumplido a pie juntilla su papel en la obra, y el telón calló, y no había más que hacer.

Pensaba, y no dejaba de reprocharse, será que somos tan susceptibles que la ofensa a “la embestidura presidencia”, había sido la causa, o simplemente fue un  mal cálculo, o que las huellas de la servidumbre colonial están vivas en el espíritu de los mexicanos que puedes patearlo, robarle o engañarlo, pero nunca le  toques a su virgen ni a su patrón. Será que fue un espejismo la vox populi que confirmaba que íbamos a ganar; y que a la mera hora el partido América versus Guadalajara había traído celebraciones en excesos por el triunfo a unos  y por la derrota a otros, que les imposibilitó ir a votar a nuestro favor, o simplemente no pudieron ir por fuerzas mayores: accidentes, sepelios, sexo, ligues, vida, muerte; y  los pocos que fueron, parece que se les olvidó por quién iban a votar, o es que una bella dama o un fino gentleman les persuadió por la pertinencia de la continuidad, y convencidos por el “liderazgo” del “chaparro panzón” cambiaron su intención de voto. Los 14 millones y cacho de votos no reflejaban la dureza de las estadísticas que nos atribuían  un triunfo contundente,  dónde se quedaron esos votos, dónde están esos votos, creo que nunca lo sabremos.

Todo se vio, nada podía ocultarse, hasta lo más íntimo, su pena, quedó al descubierto, con nada podía cubrirse, su yo oscilaba entre el afuera, el orden, lo constante de la norma y lo muy adentro, el rio subterráneo, sus pasiones, sus pulsaciones. Lamentablemente  había sido descubierto, todo él en plena luz, sin sombra, sin alma, sin nada ni nadie a quien echarle la culpa, era solo él, el de las mil mesetas, el indulgente pervertido, el benévolo retrograda, el purísimo diabólico, el acá y el allá.

Acto de libertad, primer principio de beatitud, solo él lo había logrado.

Después del colapso, todos pasaron delante, sobre, debajo de él, como si no existiera, como si no contara, como todo lo descubierto tenía que desaparecer y no contar entre nosotros, incluso, no haber nunca contado, amnesia universal que nos olvida en el primer momento de libertad.

Así comenzaba el prólogo de un libro que tomé de la mesita en la sala de espera, tenía un buen rato de estar esperando que me llamaran para entrar a la consulta, después supe que la demora se debía a que el paciente que había pasado antes se le había subido la presión, y el doctor tuvo que aplicarse a fondo para normalizar sus funciones cardiovasculares, tan bien lo hizo que el paciente salió con muy buena cara, como si no hubiera pasado nada.

Pasaron unos pocos minutos y la asistente me hizo pasar al consultorio, el doctor, un amigo de toda la vida, me saludo como siempre, con efusividad, igual yo lo hice; después del protocolo inicial, me preguntó ¿cuál el motivo de la consulta?, le comenté que me sentía agitado y que deseaba que me diera una “checada”, hizo la rutina acostumbrada, electrocardiograma, tomar el pulso, y por último, una escaneada, al final me dijo que no me preocupara que todo iba bien, que estaba tan bien como un jovenzuelo. Contento por sus palabras, me despedí optimista y me retiré del consultorio.

Un olvido sutil desvió mi preocupación, mis ropa se habían secado, y la pancarta se deshizo en la lluvia pertinaz de los meses de otoño, las faldas cortas de una mozuela me hizo recobrar la postura erecta, y firme me dirigí a mi casa por una nueva ilusión, una nueva campaña por la vida social, raudo llegué y me acomodé en mi escritorio.

Bajo una luz tenue, muy noche me puse a escribir, muy alegre, muy lúcido, diría muy humano, demasiado humano, comencé otra ficción de mi vida:

Hoy llueve, siempre el alegre llover, es un llover limpio, sin nubarrones, sin estrepitosos rayos, sin mosquitos jodedores, limpio. Hasta podemos andar bajo la lluvia, contentos, sin prisa, fusionados los unos con los otros, pensando en nosotros, interminablemente sintiendo sus gotas que caen y acarician, y a veces nos besuquean, nos susurran poesías inéditas. Ayer me dijeron una “somos gotas de lluvia, alegres gotas de alegres días, somos días sin prisas, y nubes de algodón…somos la otra parte del otro y el significado de las lenguas, somos vientos bonitos y juguetones”…Bueno, no penséis que estoy loco, precisamente no son poesías literalmente, si no sonidos que hacen poesías, lo único que hago es traducirlas, pues es como si fuera otra lengua, el lenguaje de las gotas.

Hoy despierto malhumorado porque no está lloviendo, será que la lluvia está molesta conmigo, que adivinó mis pensamientos  y pudo saber cuándo dije en mi interior, ¿cuándo se quitará?, o será que ha muerto y no pudo avisarme de su muerte, porque aun cuando no lo crean, todos los seres podemos anunciar nuestra propia muerte, esperen, ahí viene nuestra buena amiga la paloma Gertrudis, de seguro ella si sabe la mala nueva o la buena mala, esperar ahora vuelvo.

Ger espera, quiero preguntarte por la lluvia, ¿por qué no ha venido hoy?, de seguro anda escondida por ahí, como siempre presa de la contingencia.

Dile que la extraño, y que estoy preocupado, oscila mis pensamientos entre la vanidad y el presagio fatal infame, la muerte. Decirle que otro día sin ella no podré resistirlo, que necesito de sus gotas, de su alegre susurro, de sus caricias, y la magia de sus cortinas de agua que hace que pase de una realidad a otra de forma amable y fresca.

Te diré la causa de su ausencia, es cosa sencilla, espero que lo comprendas.

Nuestra lluvia tuvo que irse de prisa a otros lugares, lugares donde la necesitan de otra forma, y esto de “otra forma” lo digo, porque sé de tu suspicacia, de tu narcicismo, de tu egoísmo; porque sé que la amas, y ella es un ser universal que no puede pertenecer a alguien, menos a ti, el mortal egoísta, el de la cabeza grande y los pies de barro.

Se fue a lugares donde hay seres que la necesita para sobrevivir, para alimentar sus cuerpos y no fenecer, aquellos que no les importa escuchar poesías ni ser traductor de nuestra creativa lluvia. Tan simple como que si no viene ella, ellos no podrán continuar, no podrán seguir siendo, ellos morirán.

Al terminar de leerlo miró su reloj y casi era la media noche, sintió unas ganas intensa de romper el escrito, pero volvió a leer el antepenúltimo párrafo:

Nuestra lluvia tuvo que irse de prisa a otros lugares, lugares donde la necesitan de otra forma, y esto de “otra forma” lo digo porque sé de tu suspicacia, de tu narcicismo, de tu egoísmo; porque sé que la amas, y ella es un ser universal que no puede pertenecer a alguien, menos tú, el mortal egoísta, el de la cabeza grande y los pies de barro.

Catapultado se puso de pie inmediatamente al terminar de leer ese antepenúltimo párrafo, se metió al baño, puso sus manos juntas y en forma de un cuenco dejó que el agua cayera y se desparramara entre sus manos, incapaces de detenerla, de ser suficiente para retenerla, para recibirla totalmente, para apropiarse de esa agua que buscaba escapar de sus pequeñas manos, y caer precípitemente haciendo surcos para continuar escapándose, perdiéndose entre de los demás seres que encontraba a su paso. Cerró la llave y sólo vio que la poca agua que le quedaba en sus manos también se perdía entre espacios que no podrían cubrir sus manos por más que las apretaba. Salió del baño, volvió a la mesa, y tomó el escrito y lo arrojó a un cesto que se encontraba a un lado de la mesa, vio como caían las hojas al cesto, y como se acomodaba desordenadamente al fondo del mismo. Resuelto a no voltear más al cesto, tomó un lápiz e intentó escribir, pero el cansancio lo tumbó de bruces sobre la mesa y se quedó profundamente durmiendo.

Soñó en el esperado fuego nuevo, soñó que libraba la verdadera madre de todas las batallas, y que se encontraba pertrechado, esperando salir de esta, reconocía que realmente las cosas no habían salido tan bien como lo había pensado, que su esfuerzo no fue suficiente, y su inteligencia no tuvo la brillantez de otras ocasiones, decía malhumorado, míranos ahora, metidos en este cuchitril esperando que pase el peligro.

Se preguntaba ¿cuánto tiempo ha pasado?, y se respondía,se me hace una eternidad, me estoy entumeciendo al estar en esta sola posición, quisiera que hubiera más espacio, en fin, esos jodidos insisten en buscarnos, seguro les han pagado muy bien para que no erren en la misión de exterminarnos.

Aun en esas condiciones continuaba dando órdenes  a Horacio que se encontraba a un par de metros de él, le susurraba, no dejes de vigilar, seguro que si nos localizan será por ese lado, hay pocos arbustos cubriéndonos, y ese pinche árbol de almendras ni siquiera tiene hojas, joder con la sequía de éste año, ni esperanza que llueva.

Repentinamente les dice, ¡Agáchense!, están usando perros rastreadores y luces muy potentes”, en un monólogo en silencio, se decía. “Sí que le dolió al pinche gobierno lo que hicimos, no es para menos, pusimos en predicamento su “infalible” sistema de seguridad, como si no supieran que el problema no son la tecnología sino los seres humanos que la usan, tan vulnerable como sobornar a esos corruptos burócratas. En fin, qué se jodan los culeros.

Continuaba su silenciosa arenga, vamos no se duerman, las cosas están de la chingada, no hay momento para la distracción, si bajamos la guardia nos joden.Efraín que se encontraba un poco más lejos, trataba en vano que lo escuchara de lo que le decía en voz baja, guardaste bien los documentos que te di, son vitales no lo olvides, contienen la Nueva Teoría Social que salvará a la humanidad de su autodestrucción, los esquemas conceptuales del nuevo orden social; el mítico ligamento de la cohesión social está en predicamento, el sistema democrático no deja de ser un mito, y por lo tanto, irrealizable, la realidad de lo público, tosca y fría, demanda otro lenguaje, uno que signifique la otredad, el silencio, lo ominoso, la muerte, que los incorpore a la cadena significante.Las fuerzas del mal, el almacigo de lo pulsional se resistirán al cambio, no lo olviden, estamos en un guerra, y en ella, hay muertos y heridos, sobrevivientes y prisioneros, vencidos y ganadores; a por ellos, tenemos que sacarlos de su confort, de sus muestras de benevolencias, tenemos que desvelarles sus verdaderos rostros, y quitarles la Iniciativa por México. No es cierto lo que hablan de nosotros, con su guerra sucia nos han denigrado, han convencido al vulgo que somos un peligro para México, que nuestras intenciones son pervertir el orden público, y crearles una falsa moral y conciencia a nuestros jóvenes, todo lo contrario, nuestra lucha desmitifica y permitir otra visión de la naturaleza humana, traicionada desde su origen por la falsa conciencia del logos, de la verdad, nuestra denuncia no es nueva, Nietzsche lo había hecho; delatando esa falsa conciencia de occidente, que transvaloró los básicos significantes de bueno-malo, para entramparnos en una moral de esclavos, una cultura de la sumisión, basado en la piedad cristiana, y la culpa psicológica.

A Rodrigo que se encontraba prácticamente encima de él le ordena: pasarme el celular, necesito hacer una llamada:

Después de varios intentos logró comunicarse con otras de sus correligionarias llamada Amparo, y le dice, pon atención a lo que te voy a decir, de esto depende que salgamos de esta, las cosas están muy delicadas, hemos caído en una emboscada y perdimos a mucho combatientes, creo que hay un delator entre nosotros, sabía exactamente todos nuestros movimientos y condiciones de lucha.Llama a nuestro contacto en Perú, mantenlo informado de todo, dile que los planes continúan como habíamos convenido, que no hay ningún cambio, que la guerra es nuestra única salida, que el diálogo fracasó, no hay posibilidad de interlocución inteligente, que los decadentes se niegan a la evolución voluntaria, tenemos que exterminarlos, eliminarlos, con ellos no podremos hacer nada por el cambio de mundo, al contrario, son obstáculos peligrosos.También buscas a La reina del sur, con ellas comunícate personalmente, no te comuniques de otra forma, hay mucha fuga de información, y tenemos que protegerla, su resurrección es vital, ella trae la buena nueva, cuando la veas le comentas que el día acordado tiene que salir a la luz, que asuma el mando supremo de este mundo terrenal, e inaugure la nueva era.Por último,  hazme el favor de buscar a mi esposa e hijos, y diles que no salgan de donde están, que se mantengan alejados de la gente, y  atentos a cualquier señal para cambiarse de domicilio, que no  preocupen, dile que estoy bien, y que cuando pueda me comunico con ellos.

Continuaba hablando con Amparo un poco nervioso y afligido, sabes lo que tienes que hacer, no hay margen de error, el cuerpo se desvanece al contacto con el mundo de las ideas, el cuerpo se marca con tinta indeleble, hay que limpiarlo y no por la concupiscencia, sino para borrar toda letra bastarda del occidente, impresa en nuestra piel; siempre hay que renovar nuestra piel, hacer que florezcan nuevos ideales, y hacer que el silencio eterno venga antes de lo convenido, mucho antes del comienzo y el fin de nuestros seres.

Interrumpió la llamada con Amparo cuando logró escuchar un tronido fortísimo, un sonido penetrante fue la antesala del silencio, la noche se tornó toda negra y pedante. Los ruidos cesaron, las voces se silenciaron, no se escuchaba más que el sonido de motores de carros que se alejaban, y al final, el silencio se hizo total.

Al siguiente día, la escena era dantesca, cuerpos tirados por doquier, ensangrentados, cada uno con su correspondiente tiro de gracia, el escenario arreglado para hacer parecer que los peligrosos sujetos antisociales, habían dado una dura resistencia, y que aun cuando estaban armados mejor que el heroico ejército nacional, con armamento de punta, fueron abatidos y puesto en la lista de baja de los delincuentes más buscados. Por cierto una lista in crescendo al infinito, puesto que cada día los peligrosos tiene más parecido al santurrón de Juan el panadero de la colonia, a la cascarrabias Doña Chole la de la tiendita de la esquina, al burro Robertico que nunca pasa del 5° grado de primaria, al lujurioso profesor Don Carlos que siembre busca verle los calzones a sus alumnas, a Javier mejor conocido como “el chino”, el pedro infante de la obra en construcción, puesto que todo el día se la pasa cantando “amorcito corazón yo tengo tentación de un beso…”, recordando a su añorada y amada Rebeca, a quien le profesa fidelidad espiritual, porque en la realidad no sale de los congales buscando a quién hincarle el diente, en fin, una lista donde también faltan los verdaderos culpables del fracaso del experimento social del orden democrático, aquellos quienes refuerzan la teoría Biológico-Genetista de la superioridad entre los hombre, que echa al traste la construcción subjetiva de una igualdad entre todos a partir de una fe ciega en la racionalidad. No hay tal igualdad, hay unos seres superiores biológica y genéticamente, la letra no marca diferencias, y el poder es trasmitido genéticamente, no a través de una reiteración de una concienciación obsesiva apelando al sentido común (verdad evidente aprendida) y la racionalidad (facultad de discernimiento que caracteriza al hombre), Hitler surge desde sus cenizas, y se posiciona como el verdadero científico social, quizás si hubiera ganado nos habríamos ahorrado mucho sufrimiento, y sólo los muertos hubieran sido los de la Segunda Guerra Mundial, porque han muerto más por la consecución de ese mito democrático y el pensamiento único legitimador, que por las guerras; con creces seguimos pagando caro el privilegio de sentirnos racionales.

Tiempo después escribe: Han pasado un buen tiempo de ese fatídico día, mis heridas han sanado, todavía me cuesta creer como es que salí librado de esa masacre, perdí a todos mis guerreros.

Ahora doy gracias a mi ramalazo de seductor que me hizo ponerme esa cadena con ese enorme dije, esa hebilla en forma de cabeza de toro, esa pulsera de acero inoxidable, que me posibilitaron poder creer en que existe el mejor de los mundos posibles.

Poco a poco he venido reconstruyendo mis redes radicales de emancipación, poco a poco veo que la fe se desvanece al contacto con la realidad, las condiciones son propicias para iniciar la verdadera de la madre de todas las batallas, y más porque no hay márgenes de tiempo, el vacío poco a poco se está apoderando de los espacios públicos y las mentes de los seres humanos, todo sabemos en nuestro fuero interno que la fe se perdió en nuestros mitos constitutivos, que el “ello” está demandando salir para construir un nuevo escenario humano.

Queda pues dos salidas, o esperamos que surjan espontáneamente un nuevo Aristóteles y un Platón, y nos desvele la nueva teoría social que sustituya a nuestra decrepita civilización occidental, o el almacigo de pulsiones hará su trabajo bruscamente y sin piedad.

No había pasado mucho tiempo del misterioso día de gracia que permitía continuar pensando en el mejor de los mundos posibles, para volver a encontrarme con los exabruptos de la realidad plástica en que los seres que conformamos la comunidad. 

De vuelta de una reunión clandestina del Frente de la República Municipal, me topé al llegar a casa con una fatal noticia, los seres humanos había sacado de los muertos a un nuevo héroe, el cuerpo inerte a orilla del mar de un pequeño, pensé que esa imagen tendría que hacer mover las consciencias, y el sentido de solidaridad de los humanos se desbordaría por doquier, iniciando un movimiento de cambios radicales y un alto a la barbarie y las contradicciones con que hemos venido construyendo nuestros espacio públicos, pero más allá de la finita virilidad en la red, nada paso, todo quedo en un gesto de caridad de los países ricos europeos a un determinado número de los acosado por la guerra contra el IS del imperio que ve trastocada sus intereses geo-políticos. Y el grito de agradecimiento de los desplazados, ¡mamá Merkel! La vida ha continuado como si nada.

La búsqueda de respuestas al agotamiento de la teoría social del hombre se hace urgente, los muertos se acumulan por millares, por hambre, guerras, delincuencia organizada del narcotráfico, explotación laboral, digestión, enfermedades, etc. La raza de los privilegios se pertrecha defendiéndose con uñas y dientes, y uno que otro misil, su derecho de raza de continuar gobernando éste mundo humano. Los verdaderos reyes democráticos sin coronas, tarde que temprano, ante la ausencia de nuevos mitos que aludir para mantener la mentira de lo social, acuden a la violencia descaradamente.

En lo álgido de esa arenga política y filosófica despertó, malhumorado, alejó su cabeza y torso de la mesa que le había servido de cama.

Sin contratiempo, y sin siquiera desayunar se cambió de vestimenta, se puso una bata blanca con mangas largas, y cogió lo que alcanzó a ver,  las llave de su Chevy y se dirigió a la administración de las cabañas para pagar el hospedaje, tocó la puerta y el mismo encargado, el viejo tozudo salió y le dijo también malhumorado, ¡qué quiere!, sin responderle sacó de la bolsa de su bata unos billetes arrugados y se los puso en la mano, sin decirle nada volvió sobre sus mismos pasos y se subió a su carro y retomó a la ruta rumbó a Monte Blanco, se ve que los billetes excedían el costo de la cabaña porque el viejo tozudo no dijo nada, y sólo balbuceó algo inentendible.

Durante el trayecto hacía Monte Blanco, el fatídico lugar que había escogido para religarse con la otredad, con Dios, se acordó de la vez que esperaba impaciente la llegada de un autobús, recordaba que de vez en cuando sacaba su reloj de bolsillo para mirar la hora, para medir su tiempo, para hacer del tiempo su presencia. Tan sólo habían pasado diez minutos esperando el autobús, y los había vivido como si fueran una eternidad.

Justo en el momento en que volvía a mirar por undécima vez su reloj, logró distinguir a lo lejos que el deseado autobús se dirigía hacia la parada donde impaciente lo esperaba. Súbitamente un escalofrío indescriptible recorrió su cuerpo, y una profunda pena se apoderó de su alma, el autobús pasó sin detenerse. Pasado unos pocos minutos, por fin apareció otro autobús, y éste sí parecía estar en servicio, así que raudo sacó unas monedas para pagar el pasaje.

Precisamente cuando el autobús se detuvo, y estaba a punto de subirse, oyó una voz que le hizo voltear, pensó que era un antiguo amigo que le pedía no subirse y que lo esperara. Un poco reticente y desconcertado se bajó del autobús, y se quedó a esperar, de mientras el autobús emprendía la marcha, y se perdía en la curva siguiente.

El hombre que parecía ser un antiguo amigo y le llamaba, detuvo su carrera y llegó a la parada encolerizado, al toparse con él ni siquiera volteó a mirarlo, tan sólo pronunció una frase que desgarró su alma: ¡maldito autobús otra vez me dejó!, no era ni su amigo ni nadie conocido, sólo era otro impaciente que quería alcanzar el autobús, y que le gritaba al chófer del autobús en plena carrera que lo esperara, y no era a él a quien se dirigía.

Taciturno volvió a dirigir su mirada hacia la ruta de donde debía venir el autobús, retornó a su rutina de mirar su reloj de bolsillo y deambular de un lado a otro de la parada de autobuses, a ensimismarse hasta perderse dentro de sí.

Transcurrió unos cuantos minutos cuando volvió a aparecer otro anhelado autobús, sin darse cuenta que las monedas las tenía en la mano, intentó abrir su monedero para extraer el pago del pasaje, y soltó las monedas que tenía en la mano, que se esparcieron por doquier, ante eso no tuvo otra alternativa que ponerse a recoger las monedas, ya que en eso del ahorro y la economía era muy estricto, y no podía dejar que se perdieran algunas monedas. Así que con toda calma, recogió una por una hasta tenerlas todas.

Lo más injusto fue que el individuo que le hizo perder el anterior autobús, ni siquiera intentó ayudarle a recoger las monedas o cuando menos decirle al chofer que se esperara un momento, raudo se subió al autobús, y éste partió de inmediato.

Volvió a quedarse esperando, sólo, de seguro el no poder tomar el autobús le hacía perder algo muy importante, pues todavía hacia movimientos de resistencia, como si aún hubiera tiempo, como si todavía valiera la pena esperar. Sacó por undécima ocasión el reloj, pero esta vez, hizo un movimiento brusco que provocó la caída del reloj, impotente tan sólo como al chocar con el suelo se rompía y sus partes se esparcían. Resignado no hizo ni siquiera el intento de detener su caída, ni mucho menos de recuperar sus restos. Es más, sus gestos que acompañaron la pérdida de su reloj denotaban alegría y desparpajo, como si de algo extraño y molesto se hubiera deshecho con gusto, como si se hubiera quitado un gran peso, y la alegría brotara como producto de ese acontecimiento. Repentinamente lanzó un grito de algarabía, y despreocupado, altivo y seguro se puso a esperar. Como si ya no le importara el tiempo, la duración, el instante de las coincidencias, de los presentes que se hace instantes de realidad, en el que un acontecimiento se superpone a otro, y éste da paso al encuentro con otros, pautas de ilusiones causales, el instante del momento de estar ahí y no en otra parte.

Esperar para algo, estar en ese algo sin esperar, y dejar que las cosas tengan sustancia sólo en la vista de quien quiere mirar concreto. Estar como simple espectador, sí, como un simple hecho desfasado del instante de eternidad en que se vuelve las acciones de los seres en el laberinto de soledad. Ser una mera compañía del otro, del ser. Pero esperar, puede hacerse en cualquier lugar, en el no lugar del andar. Después de un buen rato de esperar, agarró su cuerpo, su espera, su impaciencia, su destino, y se puso a andar su propio camino, tarareando un discurso delirante y coherente:

El últimos de los tiempos espera ser vivido, el último de la fila verá coronado su espera siendo el primero, el primero que salta por la borda, por la mujer, ¡sí por ella!, pues quién puede ser la culpable sino ella, la de la piel al descubierto, la de la sonrisa galante, la del regazo pulcro.

Hoy rezaremos en el nombre del gran padre muerto asesinado por la conflagración de los ansiosos, de los deseosos; hoy es el día de la resurrección, hoy es el día en que naceremos al bien común, a la justicia diaria, y el que se raje es un nombre, y el que no se raje, también. Así que a formarse, los de la cruz de olivo a la derecha, los de la luna amarilla al centro, y los del sol rojo a la izquierda; a marchar por los sagrados alimentos, y cuidado quien miré por donde va el otro, el de la máscara blanca, el que agarró la mano de la anciana y la lanzó al abismo; hay de quien se coja de la mano, hay de aquel que se persigne, y quien quiera cargar su andar sobre el lomo de un fantástico. Bueno, no tan rígido haremos este viacrucis, permitiremos la risa, los aplausos, los regalos, y uno que otro roce. Pero jamás dejaremos de mirar hacia la montaña mágica.

¡Si pueden!, ¡si pueden! Oiga levante ese canasto y venda esas porquerías por otro lado, no ve que aquí va lo más selecto de la estirpe.

¡Tú!, si, el de la mochila descosida, levanta los brazos y lanzas berridos de vida, llena tus pulmones de aire y lanza el último aliento, no ves que la vida se fuga con la muerte, y se ve que va seriamente enamorada, desdichada, tenía que ser mujer, no se da cuenta que la amamos locamente. Pero volverá, cuando ese la deje, la abandone como a todas sus víctimas. Ya volverá y la recibiremos como se merece. Es más, preparemos unas estrofas a la vida: Aleluya, alegría, a veces “SI”, en la esquina había un niño con diez billetes mojados, y una señora limpiando su delantal, bien por esa gorra recién estrenada, es la del vecino que hoy pide la mano de la novia, a la mejor ya está embarazada. El jolgorio se va a poner de pisadas, de correrías, de caras despistadas, de músicas desafinadas, de sabores y olores, de besos y chillidos.

Estos y otros pensamientos inundaban su alma, pero esto no le impedía continuar, cargar con su cuerpo y a veces dejar que el cuerpo condujera. Pérfido viaje de ida y vuelta.

Lo más raro era que su andar le condujera por esas calles malolientes, por esos arrabales llenos de chamacos mugrosos, viejas chismosas, y valedores intrépidos. Pero hoy fue la excepción, y como un camaleón, hizo ese lugar su imagen y semejanza, pues convirtió su andar en una alma en pena, y al igual que sus conciudadanos ocasionales era un harapiento cualquiera que pasaba por ese lugar; llegó a tal grado su mimetismo que ni las garrapatas se atrevían acercársele, pues sabían que no había nada que chupar, porque en las venas de esos humanos corrían litros y litros de alcohol, gramos y gramos de varias clases de estupefaciente, y una que otra botana.

No obstante, inerte continuaba, conducía su cuerpo, ¿hacia el supuesto paraíso? Se comportaba como si se dirigiese hacia el eterno lugar de la paz perpetua. Ese día jamás esperaba que un evento, la gran desviación original, el clinamen, diera otro derrotero a su vida, y se dirigiera hacia la verdadera fortuna del espíritu, hacia un origen en el que el caos imponía su ley, el gran desorden, el origen maculado.

No hubiera pasado por aquellos lugares, ni hubiera experimentado esas sensaciones, ni le  advinieran esos pensamientos, a no ser por la desespera de la espera. Así que alegre caminaba, al cabo que eso de la caminada era su especialidad, y no porque la marcha fuera su afición preferida, sino porque a veces llegaba su pobreza a tal extremo que no tenía ni siquiera para el pasaje. No había avanzado ni cien metros cuando opto por tomar otra ruta, le parecía que ese camino era más corto y le ahorraría algunos milímetros de suela. La calle era la típica calle de una ciudad glamorosa, pomposamente iluminada y acompañada de unas soberbias banquetas, donde creo que cabrían una que otra vivienda, pero pese al despilfarro del espacio, al menos eran apropiadas para expandir la dignidad del andar de los transeúntes que la habitaban, porque han de saber que nosotros, es decir ustedes y yo, somos los únicos animales que al caminar lo hacemos siempre pensando que somos los únicos que marchamos por éste mundo.

¡Oh!, malquerida subjetividad, sujetados, los amados amantes, los amamantados.

Circundada por monumentales edificios que ocultaban a la risueña luna, erguidas fantasmagóricas, hacían presa de miedo a cualquiera. Víctima, cohibido y amedrentado por las sombras de esos gigantes. Pero resuelto continuó su marcha, quería llegar lo más pronto posible, pues de ello dependía poder disfrutar una vez más en vida de la dicha, del abandono corporal.

¡Ven!, ¡Acércate!, no tengas miedo, soy yo, escuchó una voz que parecía provenir del cielo, llegó a pensar que era la voz de Dios, pero no era así, la voz era muy terrenal, incluso familiar. Volteó por todas direcciones, buscó a alguien a quien responsabilizar de esa voz, pero nadie aparecía. Se llenó de valor y continuó sin prestar atención a la voz, pensó que eran los efectos de lo soledad, pues salvo él nadie en esos momentos transitaba por ese lugar. Los edificios parecían deshabitados, incluso, pensó que todavía no los habían entregado a sus dueños. La voz continuaba su danza. Ahora no podría atribuirle a la soledad, pues entraba a una zona donde una multitud deambulaba, yendo y viniendo, y como las hormigas, ninguna interrumpía el andar de la otra. Pronto la voz se materializó, era la de un joven que unísono lo acompañaba. Le dijo que siempre estuvo cerca de él, y que por más que le hablaba no le respondía. Le dijo que se acercó a él porque tenía miedo, y ya que iba en la misma dirección que él, decidió caminar junto a él. El joven le dijo que iba al otro barrio a traer un encargo de sus padres. El chaval no rebasaba los 15 años, y como tal, iba pletórico de energía, le preguntó, si conocía bien esa zona de la ciudad, y si sabía sobre la leyenda del suicida idealista. Mirándolo como un extraño, le preguntó, ¿acaso no sabes que estamos en pleno carnaval?, es más, mira a la chica que llevan como florero sobre el toldo de ese carro, es la reina del carnaval, se llama Clarisa, la verdad es que es bella, ¿o no?

Conforme se iban alejando del escándalo, le comenzó a narrar una historieta:

En el origen, tiempo de lo eterno, de los dioses del Olimpo, Gea inauguraba el orden a partir del caos, al ser a partir del no-ser, de la nada. Ponía en marcha la historia. Parió a la Tierra, a los Mares, al Hades, a los seres del reino de lo intangible y lo sensible. Aún la culpa y lo mortal no hacían su aparición, la marcha hacia la cultura y la realidad flotaba, suspendida en ensoñación, y la tragedia divina enaltecía nuestra presencia en ésta dimensión. El mito emancipado guiaba la magia innata de los seres que la habitaban, y aun los mortales no eran nombrados benditos, no obstante, participaban de esa esencia divina, y el éter de la eternidad inundaba sus sangres. El logos perdido en el futuro se asomaba en los suspiros de uno que otro dios traidor, y lo furtivo iba ganando terreno.

Fue así como nacimos de un engaño, escuchando incapaces de comprender nos asemejábamos a los sordos, estando presentes, estábamos ausentes, y el mundo de la necesidad hacia su aparición, y con él la esclavitud al fuego, a la compulsión de repetir ese momento usurpador, primigenio.

El designado fue Prometeo –el previsor-, quien creyó que nos hacía falta la libertad para ser felices, y no se imaginó que nos condenaría a un eterno sufrimiento, a la mortalidad; al deseo mortífero, a la muerte.

El poderoso Zeus desde lo alto del Olimpo lanzó furiosos rayos contra los que rendían culto al dios rebelde, lanzó cientos de rayos que atravesaban los cuerpos de los ingenuos mortales, uno tras otro caían muertos, y los que sobrevivieron desearon no haberlo hecho, pues su agonía era más terrible que la muerte.

He ahí los primero sacrificios a la eternidad, los primeros tributos para apaciguar la maldición, el pecado, la primera señal del abandono, de la perdida de lo divino del hombre.

Sin fuerzas el dios rebelde trataba de proteger con su propio cuerpo a los infelices hombres, les gritaba que se alejaran de su culto, que tomaran la ruta del oriente para acompañarlo en su castigo, que pidieran la salvación de sus almas a Zeus, el dios de la justicia, de la civilización, del equilibrio.

Mientras tanto el poderoso padre de los dioses, no contento con el castigo infringido a su prole, ordenaba a su hijo Hefestos, que preparara un regalo maldito para los contingentes. Fue así como el buen hijo del Dios, se puso a construir al ser más bello y seductor del cosmos, portadora de vicio y males, portadora de la reproducción banal del hombre, signo de la animalidad, bello mal: la mujer.

Quien más podría gozar de entregar ese regalo siniestro e irrechazable, sino el dios del engaño, Hermes, quien entregó al hermano del dios de los mortales, Epimeteo –distraído del previsor- a Pandora. Inicio de nuestra historia universal.

Se despabiló y mediático se precipitó a abrir la puerta, y una vez más era el viento que le jugaba una mala pasada. No pasaba de la media noche, y perecía la noche más negra, intensa, la gran noche. La oscuridad había borrado todo vestigio de la luz natural, junto con su fuente principal, la risueña luna. Más al rato, volvió a oírse algunos pasos que provenían de  la calle principal, estaba seguro que era el vigilante que queriendo impresionarlo como siempre, andando pisando estruendosamente, reafirmando su resuelta determinación de jugarse la vida si era necesario por conservar la seguridad y la tranquilidad del bloque de viviendas; aunque al rato, compartiera con nosotros nuestros sueños y ronquidos, siempre lo delataba los suyos, que eran estruendosos y enfermizos, nadie dudada de  la simulación, sin embargo, compartíamos su verdad, movidos por la lástima que le teníamos a ese hombre solitario de más de 70 años, que hacía mucho tiempo había renunciado a los deseos carnales  y a descifrar los secretos de la vida, y se había quedado a cultivar lo profundo, la sustancia infinita: el bien y todo su sortilegio.

Quería creer que era él quién regresaba temprano y que cumplía su encomienda, y no el vigilante.

Una mano le tocó el hombro y le dijo que no siguiera esperando, que de seguro andaba con sus amigos, y que era cosa de la energía, del ímpetu, y quizás por la hora, lo había dejado el último autobús de las 11 p.m., así que ha de estar esperando un aventón, mañana lo volveremos ver entrar por esa puerta donde lo esperas entrar, más joven, más alegre, más vivo.

Como estaba tan testarudo, me propuso que esperáramos hasta la una de la madrugada. Creyéndome dormido, se puso terminó en los brazos de Morfeo y cayó como un tronco dormida.

En el mañana temprano se despertó y me vio pegado a la ventana, fundido con el afuera, se acercó y me abrazó, entumecido me olvide de lo que estaba esperando, me fui con los tiempos perdidos, con el deseo de estar eternamente metido en ella, y pensando en lo que corre por nuestras venas, lo que nos marca con sangre y fuego, lo que nos hace uno a todos, lo que nos hermana.

Sumido en sus recuerdos, monólogos, añoranzas, miedos  y deseos, y  teniendo todavía muy fresco el enunciado lo que corre por nuestras venas, no se percató que ya se encontraba al borde del acantilado donde había planeado suicidarse, con los brazos extendidos, con su bata blanca toda arrugada, dispuesto a precipitarse al abismo y completar su ser, volver a la primera experiencia de satisfacción y probar la eternidad, y quizás volver al útero de la madre, y quizás descansar en paz.

En el instante en que iba a consumar su suicidio, alguien lo agarró fuertemente, y le hizo caer en sentido contrario, en tierra firme y segura, aturdido se levantó y miro quien había impedido consumar su suicidio, era un lugareño de Monte Blanco, un artesano llamado Cristóbal, conocido suyo. Cristóbal le dijo, Don que iba hacer, está usted bien.

Abochornado no supo qué hacer ni qué responder, apenado y sin haberle respondió se encaminó a su carro, se subió y emprendió la marcha de regreso.

Volvió por el mismo camino, volvió a toparse con las luces de los carros, con el respirar de la gente, con los anuncios luminosos, con las nostalgias de lo que nunca fue capaz de hacer, volvió a pisar piedras, excrementos y latas vacías, volvió a oler a hombre, y le agradó saber que él era ese olor, que él era ese vacío, esa falta original, ese lamento, esa contradicción, esa rabia; pero también esa risa, esa sorpresa, esas letras, esos discursos, esa alucinación, eso real que no admite discusión, ¡he aquí al hombre!, sus pensamiento suicidas fueron sustituidos por un hambre atroz, por un deseo de bañarse y meterse a su descuidada cama a dormir una siesta profunda y en paz.

Bajo del carro y resuelto caminó rumbo a su Casa Fresca y Húmeda.