MARCELO RAMÍREZ RAMÍREZ

La Universidad representa el caso  excepcional de una institución medieval que fue capaz de adaptarse  al cambio de época, volviéndose incluso un símbolo para expresar los más altos ideales del mundo moderno. Quizá esto fue  posible porque la Universidad ya era, de suyo, la expresión de lo mejor del espíritu humano; me refiero a la búsqueda del conocimiento  y la defensa de las condiciones  que lo hacen posible: la libertad  de investigación y la comunicación de la verdad descubierta sin restricciones, considerándola por su esencia misma, un patrimonio común. Esos propósitos  de la Universidad medieval, sostenidos por grandes maestros y defendidos  por los propios reyes y emperadores, se ensancharon y enriquecieron con la Universidad pública, aunque también ella tuvo hubo de dar batallas  para mantener su misión a salvo de las trabas del dogmatismo y las burocracias autoritarias. Un momento señero de esas luchas fue, en nuestro continente, el movimiento estudiantil  de la Universidad de Córdoba, Argentina, en 1924. En ese momento quedaron consagrados principios fundamentales de la Universidad pública, sin los cuales sus tareas quedarían menoscabadas en su esencia más genuina. Los elementos  utópicos serán así consustanciales a la Universidad, la cual está siempre en una relación de tensión con el orden establecido.

Las tendencias que dieron fisonomía al mundo moderno  encontraron  en la Universidad pública una aliada eficaz y ella, a su vez,  obtuvo beneficios en correspondencia. Esas tendencias fueron: a) La Ilustración con su programa de conquistar la autonomía plena del individuo, dándole las herramientas del conocimiento para erradicar la ignorancia y el fanatismo. El lema de Kant; Sapere aude, atrévete a saber, es decir, a pensar por ti mismo, expresa una meta y la más elevada  concreción  de la misma se  hará efectiva en la Universidad, donde el pensamiento, liberándose de toda traba,  se torna creativo, crítico y propositivo. b) El nuevo pensamiento económico encarnado en el liberalismo. Para éste fue indispensable establecer libertades de hecho, como la libertad de comercio y otras propicias a su proyecto,  lo que lo hizo aliado del progreso y de la ideología que vio en el remedio definitivo para los males de la humanidad. Aquí, nuevamente la Universidad ha sido un bastión para proponer y sostener los ideales de la razón; desde ella irradia el saber liberador de las conciencias. En ella se afianza el pensamiento crítico que, si inicialmente sirvió al liberalismo en su ofensiva contra los privilegios del antiguo régimen, ahora pasa a ser patrimonio de todo espíritu libre y, por ello patrimonio de la Universidad, hogar natural de ese espíritu. c)  El desarrollo del pensamiento técnico y científico. La Universidad deviene, el lugar donde dicho pensamiento alienta, al margen de criterios parciales, para orientarse por los mejores intereses de las comunidades nacionales y la comunidad internacional.

 Ciencia y Universidad pública constituyen un binomio indispensable para la actualización de un modelo de desarrollo donde la ciencia sirva a los fines esenciales del ser humano. Sólo en la Universidad la razón puede auto trascenderse mediante la crítica de sí misma, dejando de ser pura razón instrumental para reencontrarse como facultad total, teórica y práctica.   La crisis actual de la Universidad tiene su causa en gran medida, en el papel que el neoliberalismo asigna al conocimiento, al cual reduce a su función utilitaria. Si el éxito es el criterio de la verdad, se sigue fácilmente que poco o nada importan las otras verdades, las que se relacionan  con el deleite y contentamiento espiritual. La Universidad permanece entonces el único nicho donde es todavía posible la búsqueda desinteresada. Por otra parte es también la Universidad el lugar adecuado para encarar el peligro de la política cultural del espectáculo, que privilegia los goces instintivos sobre los de orden estético y espiritual. En el orden neoliberal, la creación de cultura queda sometida a las demandas de clientelas uniformizadas en sus preferencias y criterios de valoración. De aquí la necesidad de mantener a salvo los espacios donde todavía  la cultura alienta y se promueve por méritos intrínsecos para el desarrollo humano, como es el caso de la Universidad pública. La creación y difusión de la cultura, son tareas esenciales y las que justifican a la Universidad como centro orientador, desde el cual se expande un ethos que  inspira valores universales. El ideal de Justo Sierra permanece vigente: en los valores universales que mantiene vivos, promueve y transmite la Universidad, han de formarse los cuadros directivos de la nación. Si a esta misión concurren otras agencias educativas, ello no releva a la Universidad pública de sus responsabilidades, pues ella y sólo ella puede estar animada de intereses generales indispensables al avance de la comunidad nacional. Esta razón de ser de la Universidad pública es suficiente para que sea preservada y defendida en un país de carencias que tanto necesita de ella, como medio de redistribución del ingreso y, como ya señalé, orientadora de la conciencia pública.