He preferido siempre la melancolía orientada a la esperanza, la ambición y la búsqueda a la que, desesperada, se entrega a la desolación y la inactividad.

Vincent Van Gogh

La aceleración en la que signamos las relaciones laborales y afectivas a diario, cada vez penden de un hilo mucho más delgado, mismo que ha comenzado a debilitarse diariamente.

Hoy que nos encontramos en la llamada “era de la información” es cuando a mi parecer, nos hallamos peor informados, en muchas ocasiones ni siquiera sabemos qué es lo que sucede en el territorio en el cual nos trasladamos a diario; algunos estudiosos argumentan que estamos distraídos.

Al respecto, se ha dejado de considerar al trabajo como deber ético, y se ha quedado albergado en el hondo deseo de que el ingente esfuerzo, sirva como plataforma para la visibilidad y no como un suceso que debe acabar justificando la existencia del individuo.

Menciono lo anterior, y dejo de lado escribir mi opinión a manera de resumen sobre los logros y fallas referentes el Quinto Informe de Gobierno- por ejemplo- porque quien persigue lo verdaderamente bueno no puede mostrarse indiferente ante la desgracia ajena, y precisamente hoy, escucho lamentos y falsas alegorías de una sociedad que camina pero sin foco efectivo.

Es cierto, que una sociedad desinformada y en aceleración, es complicado pedir una reacción diferente, porque el verdadero pensamiento requiere independencia. Y actualmente, el poder y el dinero- por paradójico que pueda parecer- no hacen más que restringir la libertad.

Spinoza nos revela que la esencia de la libertad no es otra cosa que la propia dignidad humana. Solo quien es capaz de prestar oído al llamamiento del hombre a ser hombre, quien en lugar de dejarse guiar por el deseo, la riqueza, la ambición, el poder y el temor consigue alcanzar lo duradero y lo verdaderamente bueno, adquirirá la libertad de espíritu y conocerá la genuina libertad

El trabajo en cualquier renglón ha perdido la cargada mítica y poética. La guerra en sus diversas acepciones, se ha convertido en una orgía de sangre, perdición y pura maldad. Quienes seguimos anhelando la heroicidad no parecemos más que quijotescos oscurantistas.

Sin embargo, quienes estamos a favor de la cultura, apostamos por la paz, y por tanto de una república democrática. Así el pueblo por su parte, anhela zambullirse en un éxtasis colectivo para liberarse de la responsabilidad individual.

Hoy parece que las tradiciones no cuentan; ya no se reconocen la eternidad ni la trascendencia. La inexorable consecuencia de una nueva supremacía de lo “correcto” es que el significado deja de existir, pues ya no es posible acceder a él. En el mejor de los casos, los significados se otorgan de forma provisional y totalmente arbitraria. La templanza y el valor, lo duradero del mundo se vuelve transitorio y desaparecen.

Hoy reina el nihilismo, el culto a la ausencia de valor. La verdad queda reducida al consumo, a una expresión empírica y deja de ser el ideal hacia el cual ha de orientarse la realidad.

Esta sordera en la “era moderna” – nos dice- Riemen, y el arte generado por ella, no debe ser limitativo de la libertad, esta condición es ante todo, espacio en el cual no debe caducar la esperanza, para que a pesar de la colisión conductual de la sociedad, hallemos espacios para estar en tranquilidad con armonía y entendimiento, a partir de estas condiciones se dará lo “otro” que particularmente llamamos: felicidad.