El sueño y la esperanza son los dos calmantes

que concede la naturaleza al hombre.

Federico el Grande

No existe posicionamiento filosófico más robusto que cuando nos dicen: vive el momento; coincido con él, ya que el aprovechamiento del instante es lo más sano que nos puede suceder, como consecuencia de dejar preocuparnos por lo que sucedió, y más por lo que aún no ocurre.

Sin embargo, dentro de este pretérito y futuro, existe un condicionamiento que cohesiona elementos sumamente importantes, como lo son, las expectativas actuales sobre nuestro futuro; a partir de ello, se da un giro de 180 grados, ya que el futuro no se vuelve un destino irrenunciable, sino una posición generada por diversos patrones de conducta presentes.

Realizo este pequeño marco contextual, a partir de que mucho se habla en el diversos medios, sobre cuál será el futuro de los jóvenes que nacimos entre 1980 y el año 2000 (Millenials). Esta generación se ha convertido en el principal objeto de estudio por parte de las marcas, ya que su escala de valores es muy diferente a la de los consumidores de generaciones anteriores.

En este renglón, los estudios de diversos Think Tank, referentes -puntualmente- al futuro de esta generación, es una disyuntiva, a partir de que a pesar de ser el segmento con más ingresos netos de la historia, edifican muy poco, ya que solo: viven el momento.

Este hiperconsumo, fundado en sus pasiones y una mayor gama de productos, ha generado una dilatación en sus tendencia formativa, orillándolos a vivir con un estrés siu generis,  por ejemplo, la tasa de suicidios en México ha crecido. En tan solo una década aumentó 74% entre los jóvenes de 15 a 24 años, y es ya la tercera causa de muerte para ese grupo de edad.

Con base a un último estudio de Goldman Sachs, los Millenial valoran elementos como la gratificación instantánea, las experiencias compartidas o que las marcas innoven incluyendo las nuevas tecnologías en sus productos y servicios. Es decir, la aceleración es otra forma de substancia que altera la percepción.

Para lo anterior, cabe rescatar el siguiente interrogante: ¿Hasta dónde dominamos las nuevas tecnologías y cómo inciden en nuestro consumo? Paulo Virilio, se define a sí mismo como <<filósofo de la velocidad>>, ha llamado la atención sobre las capacidades que el ser humano pierde al depender de numerosas hipótesis mecánicas. Si la computadora falla, nosotros nos apagamos. La abundancia de datos sobre bienes produce un singular dopaje; quien navega por internet se puede volver adicto a un exceso que no logra asimilar.

Coincido con Juan Villoro, cuando menciona que es un espejismo que domina nuestra época: el futuro ha dejado de pertenecer a la zona de lo sucedido para convertirse en lo que está sucediendo. Está cada vez más cerca; a tal grado que a veces se confunde con el presente.

El tema en cuestión, se vislumbra como un conflicto económico, pero este es ante todo una crisis social, que nos obliga a considerar las bases del modelo de desarrollo en boga. Algunos estudiosos mencionan que el clima global es el de una espiral viciada por el principio de consumo a costa de la salud social.

La obsesión por un crecimiento económico que no acaba de llegar, ha dejado atrás los grandes temas: el de la justicia, la integración social y la construcción de equilibrios, de los llamados pesos y contra pesos, que son decisivos para el funcionamiento social. La bitácora de viaje de un observador global no es gozar, sino mostrar, exhibirse como un bien de consumo.

Harold Bloom, George Steiner y otros alarmados hermeneutas han diagnosticado que nuestra época padece una excesiva especialización. Hoy en día un científico se puede convertir con éxito en alguien que sabe cada vez mas de cada vez menos. Los puentes entre las disciplinas se han roto, es decir, las disciplinas se han vuelto monotemáticas y reduccionistas.

Lo anterior, ha dejado a la mayor densidad de trabajo en estado inestable, con el ahora, bajo una camisa de fuerza que lo ata a la época de la “correcta” exhibición, allanando una vida de grandes conquistas para dar paso al vivaz malestar social.

No sé cómo el ciclo social se pueda llegar a modificar, lo que sí se muestra, es una dislocación del tejido social en su sentido más amplio.