El simple hecho de haber sido autorizado para que lo grabaran en la pena que padece en el reclusorio dizque de alta seguridad, denominado Norte, ya indica el trato privilegiado, las consideraciones y aún las presiones que es capaz de ejercer Javier Duarte de Ochoa sobre el sistema político mexicano.

El permiso para que un delincuente que está siendo procesado tenga acceso a un periodista y pueda manifestar una amenaza, como lo hizo él, al aseverar que se está mordiendo las ansias para revelar las motivaciones de su encarcelamiento, refrescar la genealogía de Miguel Ángel Yunes y ofrecer entrevista posterior, no lo dio cualquiera, mínimo debió ser el secretario de Gobernación y en su caso con la anuencia presidencial.

Su obesidad se ve extrema, lo que revela que come lo que quiere; trae un reloj con la hora de Londres, dice que duerme de día y que lee por las noches, lo que hace sospechar que está en comunicación electrónica nocturna con su mujer e hijos ¿O acaso no se han revelado en otros casos sofisticados equipos de comunicación y entretenimiento en las cárceles a disposición de criminales adinerados?

Tantas prestaciones dejan en claro que los dientes de Javier Duarte no muerden sus propios atributos, pero sí aprietan suficiente los de la máxima celebridad política del país.