Dialogando

Por Abel Domínguez Camacho

Inició el espectáculo, se escuchó el grito: “lucharaaán a dos de tres caídas sin límite de tiempo”, que empiece el espectáculo tan esperado por todos y en donde todos participan como protagonista principal, en esta esquina los técnicos y en esta otra, los rudos. Los contendientes causan expectación antes y durante su salida por los pasillos; al instante el público es el que importa, la efervescencia invade el graderío, los gritos de quienes se quitan la máscara cotidiana, desde la abuela hasta los nietos, haciendo catarsis alrededor del cuadrilátero y después, volverse a poner la máscara del día a día.

Todos gritan a favor o en contra de uno y otro, allí en el cuadrilátero está representado el bien y el mal, el enfrentamiento de los rudos -los malos- contra los técnicos -os buenos-, se escucha entonces, periódicamente, el clásico grito: “ queremos ver sangre” que es común y nadie se espanta, todos saben que es solamente un espectáculo, que más allá del entrenamiento y disciplina requeridos, están frente a algo que todavía no alcanza la categoría de deporte, pero que es seguido por muchos, conocedores y no tanto. No se puede dejar de mencionar al réferi, que conoce el ritual y sus reglas y es, el único que puede acercarse a ellos en el centro del cuadrilátero, dictan los cánones.

Generalmente se suele identificar en la zona ceremonial de la lucha libre, la rivalidad del rudo vs el técnico y, en ellos, la máscara vs cabellera; en esta ocasión saltarán al ring varios contendientes que no usan máscara, al menos visible, expondrán su cabellera. De los varios destaca la rivalidad de un rudo y un técnico, ambos con un selecto grupo que los respalda desde la primera y segunda fila y, desde luego, el reducido equipo que los acompaña en cada esquina para evaluar, para curar las heridas (control de daños) y, entre otras cosas, para reconfigurar la estrategia, no olvidar, que en el graderío están los que gritan de lado y lado: queremos ver sangre.

Fuera del ring la rivalidad empezó momentos antes de que sonara la campana, los sombrerazos y las palabras altisonantes se encontraban como en una olla de presión y explotaron por todas partes, el malo es bueno y el bueno es malo para cada grupo; la catarsis desliza la versión del malo de la película para ambos, contrario a los velorios en donde los malos se vuelven buenos; empieza a circular en rumor, a través del graderío, la versión mala de los dos contendientes.

Para el inicio de la lucha, ninguno de los dos reúne atributos positivos, mucho menos que cuenten con competencias que lo hagan acreedor de una potencial victoria, de repente voltean a mirar a sus esposas para medir las posibilidades de aquellos, las gradas son testigo del movimiento hacia un lado y hacia otro, como una persiana que en automático de cierra y se abre. Desde la sillería y con escasos elementos -los que saltan entre grito y sombrerazo son de mala calidad- no se logra una buena imagen de los contendientes, pero la lucha libre es así, hay que esperar hasta la tercera caída para saber quién resultó gladiador.

¿Quién te gusta más, la esposa de El Santo o de Superbarrio?