Más allá de las expresiones quejumbrosas del presidente Enrique Peña Nieto, que se suman a las frases desafortunadas, erráticas y bobas con que él mismo ha alimentado el morbo del pueblo al que gobierna, su reclamo a las redes sociales, que no reconocen los supuestos logros de su gobierno, es reflejo de que tan espectaculares méritos no le alcanzan para convencer a los electores de la necesidad de continuidad en la política peñanietista. Usualmente desinhibido, como es característico de los que no se distinguen por la profundidad de su inteligencia, Enrique no ve en sí mismo lo que todos los demás vemos. Él cree, o acaso finge creer, que su mandato ha conducido a México a una etapa de progreso, prosperidad y felicidad para los habitantes de este país. Se queja de lo lapidarios que son los comentaristas de redes, pero no atiende respecto de los miles de muertos que hay, lo inaccesible de la canasta básica, el saqueo inmisericorde a los erarios públicos y, en general, la mala vida que tienen sus gobernados. El mejor termómetro para medir el reconocimiento a Peña Nieto es su candidato José Antonio Meade. Si Peña fuera querido, Meade iría en caballo de hacienda. Si Meade no sube en la preferencia, es lógico que Peña se duela.