Negar que la entidad veracruzana vive tiempos difíciles permeados por una incontrolable violencia delincuencial equivale a intentar tapar el sol con un dedo, siniestros testimonios lo demuestran porque secuestros y homicidios son parte del escenario cotidiano. No es posible calificar a priori de crímenes políticos los ejecutados contra individuos dedicados a la cosa pública, hacerlo sería irresponsable sin contar con las pruebas que soporten el argumento, pero los asesinatos de varios ex alcaldes, el más reciente el de Víctor Molina Dorantes, en Colipa, empañan aún más el diario acontecer de Veracruz; y lo peor radica en que no se sabe hasta cuándo ni hasta dónde llegarán los efectos de esta crisis del Estado Mexicano.